Dos leones en la Corte del Rey Felipe VI

Los primeros leones africanos que podemos encontrar si cruzamos desde Tarifa, los tenemos que buscar en el sur de Senegal.

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Ernesto Díaz
Ernesto Díaz
Es consultor medioambiental.

El próximo mes de marzo se cumplirán ciento sesenta y cinco años de la batalla de Wad-Ras, un formidable pitote en el que se enfrentaron tropas españolas al mando de O’donnell con las del Sultanato de Marruecos de Muley el-Abbás.

Wad-Ras es un pequeño cauce -la traducción viene a ser “cauce seco”- al sur de Tánger, próximo a la desembocadura en el Atlántico del río Oued Maharhar. Lo de “wad” igual os suena porque en España tenemos ese prefijo árabe por un tubo, prefijo que significa valle y que luego derivó en “guad”: Guadalquivir, Guadalajara, Guadalete, y así hasta cansarnos. Son tantos que me temo que ni siquiera Abascal, si pudiera, se pondría a cambiarlos para imitar a Trump, que acaba de imponer el cambio de nombre al golfo de México y al monte Denali en Alaska.

Vale. La cosa es que en esa llanura costera nos pusimos a repartir la del pulpo contra las levantiscas tropas africanas, y ganamos. Aunque en realidad, ganar no ganó nadie, que es lo que suele pasar en todas las batallas y guerras. Allí palmaron más de 1.500 paisanos entre los dos bandos -y a saber cuántas mujeres colateralmente- y a consecuencia de ello el sultanato capituló y España se hizo con un buen trozo de la actual Ceuta. Si queréis saber más sobre este episodio y sobre el periodo colonial español en África, leed el reciente y buenísimo “Arena en los ojos” de Laura Casielles.

“La paz de Wad-Ras”, Joaquín Domínguez Bécquer, 1870.

Además de las partidas territoriales y de una saca de pasta -400 millones de reales de indemnización, tócate los cojones-, los españoles cogimos de allí un montón de cañones capturados en el campo de batalla. Realmente, chatarra. Pero, igual que hacemos cuando vamos a la Feria de Muestras de Xixón y volvemos a casa cargados de baratijas promocionales, nos trajimos todo aquel metal desvencijado, que nunca se sabe para qué puede hacer falta.

En aquellos años de ocupación y colonialismo español en África, uno de los pasatiempos favoritos de los militares y jerifaltillos mientras no había batallas, era dedicarse a la caza. La cosa es pegar tiros. Además de gacelas, que se cazaron como moscas, hienas y chacales -entre otros muchos bichos-, se mataron leones. Sí, leones. Los legendarios leones norteafricanos que antaño se extendieron desde Egipto hasta la actual Mauritania, vivieron hasta principios del siglo XX. La última noticia de un león de Berbería matado en libertad es de Marruecos en 1922, diez años después del Tratado de Fez por el que España y Francia se repartieron formalmente un pastel marroquí al que ya se venía dando dentelladas. Hoy la subespecie está extinta. No quedó ni un león del Atlas. Los primeros leones africanos que podemos encontrar si cruzamos desde Tarifa, los tenemos que buscar en el sur de Senegal -a casi 3.000 kilómetros-, y los más parecidos genéticamente a aquellos leones del Atlas están en la India, en el último rincón con leones que queda en Asia, unos 500 ejemplares, en las selvas de Gir.

Pero volvamos a los cañones. Cinco años después de aquella trifulca de Wad-Ras, se encargó al escultor Ponciano Ponzano -el de la calle de Chamberí- esculpir los leones del Congreso de los Diputados con bronce de aquellos cañones que nos trajimos. Y aquí llega, un fuerte aplauso, la nota madreñil: los cañones fueron fundidos en Sevilla, pero en ello participaron operarios de la fábrica de Trubia.

Un grupo de diputados criticó el origen bélico del metal, alegando que no deberían representar al congreso dos figuras hechas con material de guerra -mis dieses-, pero la crítica quedó pa prau y en 1872 se alzaron los leones sobre sus peanas y santas pascuas. A propósito, sabréis que uno de los leones no tiene testículos. Se cuenta que fue porque a Ponzano no le llegó con el bronce disponible, aunque también se echa la culpa a la fundición de Sevilla, que pudo perder la pieza cojonil. Estaría guay que un día apareciesen por alguna estantería y alguien se percatara en plan “Hostia, tú, mira dónde estaban los huevos del león”.

Retomando la compostura, lo cierto es que esos dos leones -una especie que ha sufrido una durísima regresión poblacional de más del 90 por ciento en los últimos cien años- realizados con bronce procedente de nuestro periodo colonial en Marruecos, dos leones que representan la institución sobre la que reside la soberanía popular, deberían hacernos reflexionar sobre nuestro pasado reciente como sociedad y, hoy, sobre la crisis ambiental en la que nos hemos metido y en la que hemos metido al resto de vida en el planeta.

Desde hace meses, vengo trabajando distintas propuestas con el diputado de Sumar en el Congreso Rafael Cofiño para dar un significado a ese simbolismo que representan los leones de la Carrera de san Jerónimo. No se trata de pedir perdón, aunque soy de la opinión de que el perdón nunca estorba. O’donnell y la reina Isabel II, que estaban en la pomada entonces, están ambos más tiesos que la mojama, y los actuales gobernantes marroquíes nada tienen que ver con el entonces sultán Muley. Se trata de que la sociedad conozca lo que hay detrás de esos símbolos y devolvamos a África un poco de lo mucho que de allí sacamos. La iniciativa podría pasar por establecer unas becas de formación para estudiantes africanos en biodiversidad y medio ambiente con estancia en instituciones científicas españolas para cooperar en acciones de investigación que puedan reportar beneficios al medio natural africano. El Congreso de los Diputados tiene medios para ello, pero igualmente podrían implicarse desde el Ministerio de Asuntos Exteriores hasta el de Educación, y por supuesto el de Transición Ecológica, con competencias en cooperación medioambiental.

Hacer memoria histórica nos obliga a revisar qué hemos hecho, qué hicimos, en este caso, en tiempo de nuestros bisabuelos, que tampoco es que la memoria nos obligue a rebuscar en las cavernas.

Hoy, hay más leones disecados en colecciones que leones en libertad. Tenemos hasta una región histórica llamada León cuyo símbolo aparece en el escudo nacional. Por tener -ya que hablamos de memoria- tenemos incluso un rey emérito muy aficionado a cazar en África.

Seamos serios. No hagamos como ese gobernador civil que cuando Muley el-Abbás -aquel que dirigía las tropas en la batalla con la que arrancamos- visitó España en viaje de cortesía para fortalecer relaciones de paz, ofreció canapés de jamón al invitado para burlarse.. Aunque a veces no lo parezca, somos un país con mucha gente de bien, del bien de verdad. Si tenemos dos leones como símbolo del edificio más importante del país, del que sale mucho de lo bueno que hacemos como sociedad, hagamos algo por los leones.

Ernesto Díaz en Bluesky

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