Rafael Altamira, el regreso del viejo profesor

Qué bien le vendría a la humanidad y a España que con sus restos volviera el espíritu de concordia al que el viejo profesor republicano nunca renunció.

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Xuan Cándano
Xuan Cándano
San Esteban de Bocamar (1959). Periodista. Redactor en RTVE-Asturias. Fundador y exdirector de Atlántica XXII. Es autor de "No hay país".

Acto de justicia histórica. Reconocimiento a su lucha por la libertad, la cultura y la justicia. Antepuso el interés de los españoles a su propia ideología. Tan acostumbrados estamos a escuchar y leer tópicos y frases manidas en los actos oficiales que hay que destacar lo acertado y certero de todas estas para referirse a Rafael Altamira, en El Campello (Alicante), en el homenaje tras el regreso de sus restos de México, presidido por Felipe VI.

Es justicia histórica reparar la memoria de Rafael Altamira, un desconocido para la mayoría de sus compatriotas a pesar de ser una de las figuras más importantes de la vida intelectual, y también pública, de la España anterior a la Guerra Civil. Políglota, pasaba por ser el mejor orador del país, fue uno de los grandes discípulos de Giner de los Ríos en la Institución Libre de Enseñanza, un profesor extraordinario, moderno y brillante historiador, muy familiar para generaciones de alumnos que estudiaban con uno de sus libros (Historia de España y la civilización española), y jurista de talla internacional, impulsor y miembro del Tribunal de La Haya. Tuvo una enorme proyección internacional, en Europa y en América, donde dio clases y recibió reconocimientos en muchas universidades este alicantino universal considerado uno de los padres del americanismo. Pero el olvido y el silencio cayó sobre su figura tras su marcha al exilio después de la Guerra Civil por su dignidad, porque se negó a regresar a España mientras no lo hiciera también la democracia.

Rafael Altamira y su esposa Pilar Redondo en 1910 en Alicante.

En contraste con lo que ocurrió con otros destacados intelectuales republicanos liberales, como Ramón Pérez de Ayala o José Ortega y Gasset, Altamira no quiso volver a su tierra durante el franquismo, aunque la dictadura lo invitó a ello a través de Ignacio de la Concha, que fue sucesor suyo en la cátedra de Historia del Derecho de la Universidad de Oviedo.

En esa Tercera España tan recordada ahora en tiempos de polarización, y casi mitificada en casos como el de Manuel Chaves Nogales, Altamira ocupa también un lugar destacado, aunque haya sido borrado de la Historia hasta ahora, gran paradoja en el caso de un investigador y divulgador que tanto hizo por descubrir y reivindicar el pasado de su país, siempre bajo un prisma científico y riguroso.

Vino a Asturias a finales del siglo XIX, atraído por el prestigio de la que entonces era una pequeña Universidad en tamaño, pero muy grande en calidad docente

Altamira no fue un político, aunque tuvo muchas ofertas para dedicarse a ello y su nombre se barajó para presidir la II República, pero la política condicionó su vida. Vino a Asturias a finales del siglo XIX, atraído por el prestigio de la que entonces era una pequeña Universidad en tamaño, pero muy grande en calidad docente por el famoso Grupo de Oviedo del que Leopoldo Alas “Clarín” era el guía y Altamira acabó siendo el profesor de mayor fama internacional. Aquellos docentes, una verdadera vanguardia intelectual, seguidores de la Institución Libre de Enseñanza e inspirados por el krausismo, asistieron desde las aulas al crecimiento y a la conversión del movimiento obrero en la fuerza hegemónica de la sociedad asturiana. Y se marcaron un objetivo para ahuyentar los peligros de la revolución social con la que amenazaba el proletariado movilizado tras el triunfo de los bolcheviques rusos en 1917: la educación y la formación de los trabajadores, en especial de los mineros, que también eran vanguardia, pero del movimiento obrero. Así nació en España la Extensión Universitaria, que había surgido en Gran Bretaña, como el movimiento obrero. Altamira y sus compañeros de claustro empezaron a acoger a trabajadores en sus aulas y a acercar la cultura a los obreros mediante conferencias en ateneos y centros de trabajo.

El duque de Alba, Rafael Altamira y Manuel Azaña en la catedral de Reims (1916)

La experiencia no pudo ser más desalentadora ni la frustración mayor. La revolución de 1934, que supuso la destrucción de la Universidad de Oviedo y la quema de su valiosa biblioteca, supuso el fracaso de aquella tentativa, que aunaba lo social y lo educativo, y del proyecto de regeneración de Clarín, Altamira, Fermín Canella, Adolfo Álvarez Buylla, Adolfo González Posada o Aniceto Sela.

Homenaje en Alicante a Rafael Altamira.

Altamira se fue a Madrid en 1910 a hacerse cargo de la Dirección General de Educación Primaria, desde la que dignificó la profesión de los maestros y abrió escuelas en todo el país, pero no se desvinculó de Asturias, con la que siempre mantuvo una emotiva relación afectiva. Mantuvo su hermoso chalet del muelle de San Esteban, que había construido el marqués de Muros, y el rito de los largos meses de verano frente al Cantábrico con toda su familia justo hasta 1934, cuando la revolución le trajo negros presagios y temores sobre el futuro de su país.

Rafael Altamira y Giner de los Ríos subiendo por las sierras de Guadarrama (Madrid)

Dos años después comprobó que, muy a su pesar, no estaba equivocado. El golpe de Estado de los militares africanistas en julio de 1936 lo sorprendió en Riaza (Segovia), donde había adquirido una residencia de verano en un proyecto que impulsaron miembros o discípulos de la Institución Libre de Enseñanza. Uno de sus vecinos era Ramón Pérez de Ayala.

Franco le permitió atravesar España en coche en dirección a Portugal, con la condición de que no posara el pie en su tierra

Como era juez en el Tribunal de La Haya pudo salir de España en coche e instalarse en Países Bajos, aunque el avance de los nazis con el comienzo de la II Guerra Mundial lo obligaría a cambiar de residencia, siempre hacia el Sur, hasta recalar al País Vasco francés, donde su situación llegó a ser muy precaria. Francisco Franco le permitió atravesar España en coche en dirección a Portugal, con la condición de que no posara el pie en su tierra, de camino al exilio, como había hecho en Alemania el Kaiser Guillermo II a la vuelta de Lenin a Rusia en tren. Altamira cogió un barco en Lisboa. Su idea inicial era instalarse en Estados Unidos, pero, casi octogenario, acabó recalando en México. Allí siguió, vinculado a la Universidad, a la educación y la cultura, publicando libros, uno de ellos de enorme carga emocional en relación a la patria añorada, “Tierras y hombres de Asturias”.

Era tal el prestigio intelectual y la altura moral de Altamira que Indalecio Prieto, con quien compartía exilio en la capital mexicana, acudió a su casa en el barrio de Roma para obtener una especie de absolución histórica sobre la Guerra Civil española, algo que atormentaba al líder socialista ovetense, al que se vinculaba al asesinato de José Calvo Sotelo que aceleró el golpe de Estado de Franco. Prieto había sido el organizador de la operación del buque “Turquesa” que trajo a Asturias en septiembre de 1934 un alijo de armas destinado a la revolución, desembarcado precisamente en San Esteban. Un anciano Altamira, que siempre condenó al franquismo, pero también los crímenes en el bando de los perdedores, eximió a Prieto de toda responsabilidad recordando que un golpe de Estado y una dictadura que reprime los derechos humanos nunca tienen justificación, además de desligar la asonada militar de 1936 de aquella revolución que había sido sofocada con dureza y sangrienta represión por el gobierno republicano. El profesor alicantino también le dijo al dirigente socialista, en una de sus últimas clases, que del enfrentamiento cainita en España tendrían que pasar muchos años para que la Historia analizase lo ocurrido con solvencia documental y la serenidad que da la distancia, pero le adelantó que ya estaba comprobado que la sublevación militar llevaba mucho tiempo gestándose.

Prieto, como toda la colonia de exiliados, enfrentada políticamente en la diáspora, asistió en 1951 a la despedida de Altamira, un pacifista y un hombre de concordia tan respetado que su adiós reunió a quienes estaban tan divididos, pese a compartir el desgarro de la lejanía de la patria.

Rafael Altamira con el resto de jueces del Tribunal Internacional de Justicia de la Haya

Han pasado tres cuartos de siglo hasta el regreso de los restos de Rafael Altamira y su esposa Pilar Redondo, un acontecimiento que no pudo presenciar su nieta Pilar, que tanto luchó por ello y por el reconocimiento a la figura de su abuelo. Su hermana Luz representó a la familia en el acto oficial, en el que no intervino Felipe VI, que perdió una gran oportunidad, sin duda por no ofender a Donald Trump, para recordar que a juristas demócratas y pacifistas como Altamira se debe la creación del Tribunal Penal Internacional con el que quiere acabar el presidente de los Estados Unidos, propiciando así la impunidad en las violaciones de los derechos humanos, como las de su amigo Benjamín Netanyahu.

Rafael Altamira con su mujer Pilar y su hija Nela, en su casa de Bayona (Francia)

Altamira no hubiera reconocido a su pueblo de El Campello, donde nació en 1863. De aquel paraíso mediterráneo, en el que asistía a la escuela de niño al aire libre, ya queda poco, devorado por la construcción desbocada y el urbanismo salvaje. Se alegraría de volver a España en democracia, como quería, pero se sorprendería por la vuelta de la polarización política que lo obligó a tomar el camino del exilio y de los negros presagios que envuelven al mundo por el regreso del fascismo, como si no se hubiera aprendido nada de los desastres del siglo XX, de los que Altamira fue víctima por partida doble, en los años 30 y en los 40. Y del regreso de la superstición y la ignorancia, del rechazo al racionalismo que supuso un enorme avance para la humanidad. Probablemente se sintiera frustrado por ello, como cuando la instrucción no evitó la revolución, porque aquellos sabios románticos de la Institución Libre de Enseñanza, que fueron los padres de la II República, creían que con la educación universal llegarían tantos avances, en lo humano y en lo social, que la civilización nunca correría el peligro de volver a la barbarie.

Pero era un humanista, así que Altamira seguiría confiando en el ser humano y apostando por la regeneración a través de la formación y la cultura, combatiendo las mentiras y el odio que se propagan por los modernos medios tecnológicos. Qué bien le vendría a la humanidad y a España que con sus restos volviera el espíritu de concordia al que el viejo profesor republicano nunca renunció, a pesar de los desastres de las guerras y el exilio obligado, porque se sostenía en dos pilares inseparables: la sabiduría y el racionalismo.

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