Pasa la palabra, hermana

La sororidad es una virtud igualitaria y sostenerla fuera del igualitarismo se convierte en una trampa.

Recomendados

Susana Carro
Susana Carro
Es filósofa y cofundadora del colectivo OffMothers. Su último libro es "Cuando éramos diosas. Estéticas de la resistencia de género".

La diferencia se habita en cada cuerpo, la diversidad en cada psique y la desigualdad en cada género y clase. Podría decirse que la diferencia es en sí tangible mientras que la igualdad no es un hecho sino un concepto, un valor regulativo de orden político y ético. La diferencia se vive, la igualdad, para ser experimentada, requiere cimentarse y erigirse.

Precisamente porque la igualdad es una aspiración, un concepto no experimentado en su total potencial, suele expresarse a través de la vindicación; un género que ha acompañado al feminismo desde sus orígenes. Vindicación de los derechos de la mujer es el título de uno de los textos canónicos del feminismo y, doscientos años más tarde, ese aliento vindicativo pervive en la celebración del ocho de marzo.

Paseando por L´Entregu. Foto: Valentín Vega. Colorada por Nina Trujillo.

Basta ya de que las mujeres resistamos y superemos los obstáculos sin quejarnos, utilicemos esa fuerza que nos caracteriza con otro propósito: reivindicar. Nos sobran razones para ello cuando al amanecer nos encaminamos hacia ámbitos laborales en los que retribuciones y contratos están pautados por razón de género o cuando nos enfrentamos a directivos varones que dan por supuestas mayores exigencias de eficacia y menores expectativas de triunfo. Al ojear los diarios, descubrimos a hombres ocupando los espacios de poder político, las esferas de la intelectualidad y el reconocimiento público mientras las crónicas de malos tratos, las secciones de sucesos y la publicidad siguen revelando imágenes femeninas. Estos modelos de discriminación semiinstitucionalizada refuerzan las relaciones de poder asimétricas en el ámbito privado de modo que, al abrir la puerta de nuestro hogar, la mayoría de las mujeres iniciamos nuestra segunda jornada laboral atentas a la crianza, los cuidados y con una sobrecarga de responsabilidades que mellan su vida propia. Para nuestras jóvenes, las calles en la noche siguen siendo sinónimo de peligro, pero la invisibilización que reporta la madurez tampoco es salvaguarda, sino marginación. El patriarcado es una enfermedad estructural y lo obvio se muestra bajo un tempo de una violación cada ocho horas y, cada hora y media, una agresión sexual.

Los hechos cotidianos revelan que la situación de las mujeres se desarrolla en un vasto territorio en el que la igualdad se obstruye más que se promueve y es en ese terreno en el que también establecemos relaciones entre nosotras. Tomar conciencia de esa situación impuesta será precisamente lo que nos permita mirarnos, tratarnos y vincularnos desde la solidaridad de un género que hoy es, más que nunca, fluido, transitorio y en cambio.

Mozas de la parroquia de Valle en fiestas (1948). Foto: Memoria Digital de Asturias, coloreada por Nina Trujillo.

Solidaridad significa hacer sólido, permanecer unido, cohesionar y es la palabra del sufragismo, la del movimiento obrero y la del anarquismo. Pero cuando la opresión por razón de género se muestra irreductible a cualquier otra categoría, la palabra que nos llama a cerrar filas es sororidad. Término del feminismo radical y consigna que nos arroja a una lucha común que no podría librarse de modo independiente. Sororidad no es sinónimo de benevolencia, ni de amistad, ni de empatía o de compasión (aunque incluya alguno de sus aspectos). Del mismo modo que por solidaridad debemos ayudar, pero también abstenernos de ayudar, por sororidad debemos excluir del colectivo “nosotras” a quienes no compartan la premisa de la equidad. La sororidad es una virtud igualitaria y sostenerla fuera del igualitarismo se convierte en una trampa.

Vindiquemos este ocho de marzo la sororidad aliada de la simetría y la equipolencia. Vindiquemos la hermandad ajena a lo homogéneo y uniforme, vindiquemos un “nosotras” que, al nombrarse, nos devuelve la individualidad. Vindiquemos que no somos posibilidad, no somos polémica, no somos moda, ni moneda de cambio en manos de ideologías interesadas. Vindiquemos que somos el principal resorte de transformación de la sociedad y, este ocho de marzo, convoquemos a todas nuestras hermanas para gritar juntas en las calles que «el tiempo de las pequeñas batallas individuales ha pasado. Ahora vamos hasta el fin»[1].


[1] Redstockings Manifesto 1969. 

Actualidad

spot_img