Tierras raras y tesoros escondidos

El video revela una inmoralidad y una falta de escrúpulos difíciles de asimilar.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Donald Trump ha difundido un video delirante en el que, con la ayuda de la Inteligencia Artificial (¿qué otra inteligencia podría haber empleado?) presenta la Gaza del futuro, su Riviera particular, un complejo turístico de gusto nauseabundo. El video revela una inmoralidad y una falta de escrúpulos difíciles de asimilar. No es probable que ese sueño diabólico se cumpla y, si lo hace, ojalá un meteorito acabe con todos nosotros y la Tierra se tome su tiempo antes de un nuevo comienzo.

Un proyecto así se levantaría sobre miles de muertos, muchos de ellos niños, el objetivo favorito del ejército de Israel. Francesca Albanese, relatora especial de las Naciones Unidas para los Territorios Palestinos, habla de una larga tradición de décadas, con apenas un día sin matar al menos a una niña o a un niño. A partir octubre del 2023 la media ha sido de cuarenta niños al día. Hace muy poco, desde un vehículo militar y por la espalda, soldados israelíes dispararon y asesinaron a una niña de trece años en Yenín y a un niño de doce en Hebrón. Estamos tan acostumbrados a este genocidio que una noticia así no abre los informativos ni apenas nos espanta descubrirla en una página perdida de algún periódico. También cuesta encontrar algún comentario a las palabras de Daniel Levy (ex negociador de paz israelí) ante el consejo de seguridad de la ONU: “Un minuto de silencio por cada uno de los niños de la familia Bibas sería apropiado, como también lo sería un minuto de silencio por cada uno de los más de 18.000 niños palestinos asesinados en la devastación de Gaza por parte de Israel. Ese silencio duraría más de 300 horas”. Los niños a los que se refería Levy son dos hermanos israelíes, los más jóvenes de entre los secuestrados por Hamás, cuyos cuerpos han sido ahora devueltos a Israel y cuyo asesinato es infame. Las cifras de los asesinados por Israel también lo son, pero son menos quienes las recuerdan.

Hace frío en Gaza, muchos bebés están muriendo porque los palestinos han sido desplazados de sus hogares, viven en condiciones miserables y la tregua que ahora está en vigor no significa que tengan un lugar al que volver, sólo escombros; mueren bebés porque no soportan las noches de invierno en los refugios y el sistema sanitario está colapsado porque un ejército bastardo bombardea hospitales y secuestra y tortura al personal sanitario.

Todo esto pasa sin que Europa apenas pestañee. No se rompen relaciones con Israel, no se abandona la complicidad con los genocidas. La misma Albanese ha “implorado” a nuestro gobierno que deje de permitir que salgan de suelo español vuelos con material militar a Israel. Y es que, pese a las afirmaciones de que ya no existe ningún comercio de armas con ese país, de que el embargo es total, lo cierto es que la ruta Zaragoza-Tel Aviv está activa desde el comienzo del genocidio y continúa estándolo en marzo de 2025. Amnistía Internacional también ha pedido explicaciones a nuestro gobierno, que dice que no le constan esos vuelos y que “lo está mirando”. ¿Cómo puede “no constar” un tráfico de esa envergadura, de más de 60.000 piezas de armamento?, ¿cómo puede “no constar” que somos cómplices de un genocidio? Exteriores dice que no ha dado permiso, pero las armas han salido de España y han llegado a las sucias manos de un ejército criminal. Es posible incluso que sea cierto que Exteriores no haya concedido ese permiso y, simplemente, deje hacer y no quiera saber.

Y aun así, a pesar de esta situación, de esta impunidad, de los crímenes más que infames que se están cometiendo contra los palestinos, el repugnante sueño de la Riviera de Gaza parece imposible. Hay, en cambio, otro capricho que sí está a punto de conseguir Trump: las “tierras raras” de Ucrania. Al parecer, con esta expresión se alude a yacimientos de minerales que tienen un enorme valor sobre todo para las nuevas tecnologías. En concreto, son 17 elementos químicos que se llaman “raros”, no porque sean poco frecuentes, que es lo que significa etimológicamente la palabra, rarus, “poco abundante, disperso”, sino porque no suelen encontrarse en estado puro, sino mezclados con elementos radiactivos, lo que hace difícil y muy costosa su extracción.  Todos estos detalles y los nombres de los metales que, en su inmensa mayoría, nunca había oído nombrar hasta ahora, me dejan bastante fría.

Las únicas “tierras raras”, de verdad excepcionales, que alguna vez me han interesado son las que llevan siglos cubriendo tesoros de letra griega, por ejemplo, las de Herculano, que escondían, entre otras maravillas, toda una biblioteca carbonizada por la explosión del Vesubio. Son los textos de lo que se conoce como Villa de los Papiros, algunos de los cuales están siendo desenrollados ahora virtualmente gracias a científicos que emplean su propia inteligencia y la artificial para tratar con un material que no puede manejarse ni descifrarse de forma convencional. También son tierras raras las de la necrópolis de Filadelfia en Egipto, donde se han desenterrado papiros con fragmentos de obras perdidas de Eurípides. Acaban de publicarse. Uno de ellos pertenece a la tragedia Poliído. Es este el nombre de un adivino al que los reyes de Creta, Minos y Pasífae, desolados por la pérdida de su hijo Glauco cuando era todavía un niño, suplicaron que le devolviera la vida. Poliído es un “nombre parlante” que significa “el que ha visto mucho, el que sabe mucho”. Cuánto trabajo tendría este adivino en Palestina tras el paso del brutal ejército sionista, cuántas cosas terribles habría visto y sabido, cuántos niños a los que devolverles la vida.

Pero si Trump está interesado en “tierras raras”, y espero que nunca ponga su mirada en las que me gustan a mí, toda Europa es ahora mismo una “tierra rara”, en el sentido de extravagante. Una Europa que, por un lado, contempla pasmada cómo Estados Unidos y Rusia se reparten el botín de la guerra en Ucrania y, por otro, asiste impertérrita en el mejor de los casos y cómplice en el peor al genocidio en Palestina. Una Europa que ante tanta barbarie sólo es capaz de proponer más gasto militar.

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