Enemigo a las puertas

La idea de una Europa que asuma por completo su propia defensa, enfrenta no solo desafíos y profundas contradicciones políticas.

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Juan Chaves
Juan Chaves
Es asesor del grupo de Convocatoria por Asturies.

En poco más de un mes como presidente de Estados Unidos, Donald Trump ha generado tantos titulares y tan descabellados que podrían llenar varias legislaturas de cualquier mandatario anterior. La velocidad y magnitud de los acontecimientos que provoca con cada aparición hacen inviable seguirle el ritmo y mucho menos organizar una respuesta adecuada, tanto que de momento la oposición demócrata está totalmente noqueada y no parece que de momento tenga capacidad de recuperación.

En este contexto de hiperactividad mediática, vamos a intentar centrarnos en los asuntos de uno en uno, hoy vamos ver el efecto de una reciente declaración de su alter ego, Elon Musk, en X. Musk respondió al tuit de Gunther Eagleman, un conocido influencer del movimiento MAGA, quien abogaba por la salida de Estados Unidos de la ONU y la OTAN. La respuesta de Musk fue tan lacónica como contundente: “Estoy de acuerdo”.

La posibilidad de que Estados Unidos abandone la OTAN o incluso provoque su disolución no resulta sorprendente si consideramos la estrategia de política internacional de Trump y su America First. Su visión, anclada en la política estadounidense del siglo XIX y principios del XX, se caracteriza por el aislacionismo, la desconfianza hacia las alianzas tradicionales y el abandono del multilateralismo. En su lugar, Trump ha optado por acercarse a líderes autoritarios y figuras de poder que percibe como afines. Este rechazo a la diplomacia y a las organizaciones internacionales que han sostenido el orden global desde la creación de la OTAN en 1949 marca un giro tan radical en la postura estadounidense que nos sitúa en territorio inexplorado.

Independientemente de los sesgos inherentes a cada formación política sobre la OTAN, una realidad incuestionable es que desde su fundación en 1949, la OTAN ha sido el pilar de la defensa colectiva de Europa. Estados Unidos, como principal contribuyente militar y financiero, ha desempeñado el papel de policía de Europa que ha mantenido a los países europeos alejados de conflictos en su propio suelo, pero los dividendos de la paz, término acuñado por Bush padre refiriéndose a que los países europeos podrían destinar más dinero a su estado del bienestar y menos en defensa gracias a la disolución de la Unión Soviética han finalizado y Europa tendrá que fortalecer significativamente sus capacidades de respuesta conjunta y eso inevitablemente conlleva aumentos en gasto militar. Independizarse de la tutela estadounidense requerirá más Europa: más cooperación estratégica, más logística compartida y una asunción de responsabilidades que antes estaban delegadas en Washington.

Zelenski y Macron.

La idea de una Europa que asuma por completo su propia defensa, sin el respaldo de Estados Unidos, enfrenta no solo desafíos estratégicos y logísticos, sino también profundas contradicciones políticas. Hemos visto ya mensajes de líderes que piden salir de la OTAN, reducir el gasto militar y socializar los arsenales nucleares de Francia y Reino Unido. Estas propuestas, aunque efectivas en redes sociales, son insostenibles en el mundo real y en la Real Politik. En un escenario global polarizado y marcado por la erosión de los consensos políticos que han regido los últimos 80 años, la disuasión se perfila como el arma más efectiva para evitar conflictos futuros, al menos más fiable que las buenas intenciones. Europa necesita estructuras de defensa autónomas, una industria militar propia —de la que hoy carece— y, sobre todo, rapidez, porque Estados Unidos no va a esperar.

La Unión Europea tendría que acelerar iniciativas como la Cooperación Estructurada Permanente (PESCO) y el Fondo Europeo de Defensa para garantizar su capacidad de respuesta ante crisis. Sin embargo, esto requerirá un consenso político complicado, dado que las decisiones en la UE dependen de 27 países con objetivos estratégicos diversos, gobiernos de distintos colores e incluso fuerzas políticas abiertamente prorrusas. Aunque la maquinaria burocrática de la UE es lenta y pesada, hay un pequeño margen para la esperanza: históricamente, la Unión solo reacciona cuando está entre la espada y la pared. Las recientes reuniones de líderes europeos, motivadas por los exabruptos de Trump y el trato al presidente ucraniano en la reunión de la semana pasada, podrían ser el inicio de una colaboración más organizada en materia de defensa.

Alemania y Francia en momentos económicos difíciles, ven en el desarrollo de una industria militar europea una oportunidad para revitalizar sus economías

No olvidemos que la industria militar genera enormes beneficios, que actualmente recaen mayoritariamente en Estados Unidos. Países como Alemania y Francia, en momentos económicos difíciles, ven en el desarrollo de una industria militar europea una oportunidad para revitalizar sus economías. Sin embargo, la situación sigue siendo precaria. La subinversión en una defensa unitaria, la dejación de la industria militar propia y la dificultad para alinear 27 voluntades distintas complican cualquier respuesta adecuada al desafío Trumpista.

Fábrica de Armas de Trubia, Oviedo/Uviéu.

Parece que los pasos se encaminan hacia un aumento del gasto militar y una incipiente propuesta de fuerza de seguridad europea. Pero esto implicará debates internos en cada país sobre el impacto de destinar más recursos a defensa en detrimento de otras áreas del Estado del Bienestar.

Se avecinan curvas, y Europa va en un coche sin cinturón. No sabemos qué saldrá de este “All In” estadounidense, pero sí sabemos que tanto Rusia como China celebran que Donald Trump sea el presidente de Estados Unidos. Que cada uno saque sus propias conclusiones.

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