José Luis Fernández “Kois” (Madrid, 1978) es sociólogo y experto internacional en soberanía alimentaria. Ligado desde joven al movimiento vecinal madrileño, en 2010 empezó a plantar en una huerta urbana del barrio de Seco. De ahí nació un interés por la agricultura urbana que le llevó a publicar en 2014 “Raíces en el asfalto. Pasado, presente y futuro de la agricultura urbana”. Esta semana presentó en Cambalache, Oviedo/Uviéu, y La Revoltosa, Xixón, “Huertopías. Ecourbanismo, cooperación social y agricultura”, un repaso a las experiencias de agricultura urbana que están funcionando en todo el mundo.
En el acto gijonés estuvo acompañado por la plataforma Un Pulmón para El Solarón. Kois defiende las ventajas de la agricultura urbana tanto desde el punto de vista medioambiental, la reducción del consumo de energía ligado al desplazamiento de los alimentos, como urbanístico y social. El huerto como un lugar para tejer y cohesionar frente al individualismo y la sociedad no deseada.
¿La agricultura siempre fue urbana?
Las ciudades y la agricultura siempre fueron de la mano. Tú fundabas una ciudad allí donde había suelo fértil y agua. La revolución industrial fue la que rompió esa relación de simbiosis entre ciudad y agricultura, pero todavía en los años 70 ciudades como Madrid tenían barrios muy rurales, con huertas y rebaños de ovejas. En los 80 en Madrid se calculaba que existían unas 3.000 huertas urbanas, casi todas en precario. En Barcelona 3.000. Muchas las llevaban jubilados, otras gente que se había quedado en el paro con la reconversión industrial. Fueron el antecedente de los huertos de ocio que se fueron normalizando en todas las ciudades a partir de los 90. Se calcula que hay huertos de este tipo en 400 municipios españoles.
¿Qué beneficios tiene la agricultura urbana para las ciudades?
El más evidente son los alimentos, pero hay muchos más. La gente que participa en huerto urbano come mejor y más fresco. Generalmente también se asocia a otros hábitos saludables como moverse en bici. Los huertos son un espacio que cultiva sensibilidades ecologistas aunque la motivación inicial para participar en uno no fuera esa. El huerto te conecta con la naturaleza, pero también con otra gente. Es una herramienta para combatir la soledad no deseada. Se suele ir de uno en uno y salir de cinco en cinco. Empiezas hablando de plantas, pero terminas hablando de tu vida. Hay una interacción entre generaciones que no es común, y permite la incorporación de manera muy natural a las personas migrantes. También tiene unas posibilidades terapéuticas muy grandes. En los hospitales y centros de salud de EEUU y de Gran Bretaña ya está muy desarrollado tener huertas. En muchos te dan el alta con una planta. También sirve para trabajar con chavales en barrios con problemas, en las cárceles o en los campos de refugiados. Es una actividad que te obliga a ser responsable, a no dejar las cosas a medias, a tener esperanza, pensar en el largo plazo… Y si da buenos frutos te aporta autoestima.
“En el huerto empiezas hablando de plantas, pero terminas hablando de tu vida”
En el libro hay historias realmente sorprendentes sobre estos usos de la agricultura urbana
Sí, una de las más exitosas fue el uso de la agricultura urbana como estrategia de reconciliación en Sarajevo. Fue un programa que puso en marcha una ONG norteamericana para obligar a convivir a las diferentes comunidades que se habían enfrentado en la guerra. No se trataba de hacerse amigos, pero sí de fomentar un hacer común. La gente empezó saludándose con desgana, pero en el transcurso del tiempo empezaron a surgir relaciones y al final incluso casos de amistad. Hay experiencias parecidas en Irlanda de Norte.

Otro ejemplo espectacular que aparece en el libro es Detroit, de ciudad del automóvil a ciudad de la agricultura urbana
Sí, tanto Detroit como La Habana son dos ejemplos de reconversión a la agricultura urbana forzados por la necesidad. Con la crisis de la industria automovilística de Detroit se fue todo el que pudo irse. Muchos barrios entraron en decadencia, y ahí fue donde empezó todo el movimiento de la agricultura urbana, tanto por motivos de subsistencia como de renovación de zonas muy degradadas. Ahora el 15% de las verduras y hortalizas que se consumen en Detroit se producen en el propio Detroit, el 50% si le sumas las que vienen del resto del área metropolitana. Hay más de 2.000 huertos urbanos, y los agrobarrios han tenido tanto éxito que hasta gente de clase media prefiere vivir cerca de una huerta o una granja que de un campo de golf.
“Puede darse la paradoja de que la gente que luche por una zona verde y termine siendo expulsada porque lo consigue”
Eso es otra cosa que menciona el libro, el peligro de una gentrificación verde
Sí, puede darse la paradoja de que la gente que luche por una zona verde y termine siendo expulsada porque lo consigue, su barrio se revaloriza y no puede pagar el alquiler. La renaturalización puede tener ese efecto perverso en zonas ya tensionadas. Otro lado oscuro de la agricultura urbana son las granjas verticales en lugares interiores con luces led. Son tecnologías que vienen de la NASA y sus investigaciones para hacer cultivos en el espacio. Es un tipo de agricultura urbana que consume mucha energía y no transforma nada desde el punto de vista social.




Un ejemplo de agricultura urbana no ligado a la pobreza ni la necesidad son las ciudades canadienses
Las ciudades de Canadá apostaron muy fuerte en el Covid por la agricultura urbana, con estrategias que recuerdan a los “Huertos por la Victoria” de la Segunda Guerra Mundial. Hay experiencias muy interesantes como Sole Food Farms en Vancouver, que produce 30 toneladas anuales de alimentos y da empleo a 20 personas en uno de los barrios con más problemas sociales de la ciudad.
¿Ejemplos interesantes en España?
La red de huertos comunitarios de Madrid es muy potente. Hay unos 70, y ahora también se está trabajando en proyectos ya no de ocio, sino comerciales, de emprendimiento, en el borde de la M30. En Barcelona, en el tejado del mercado del Vall d´Hebron hay una experiencia muy interesante de huerto. Otro caso es el huerto de la cárcel de Córdoba, desgraciadamente muy recortado. En su mejor momento hubo presos que se llegaron a sacar la FP ahí.
¿Existe algún tipo de red?
Hay redes locales, pero no hay una red de todo el Estado. En la Europa del sur el fenómeno de la agricultura urbana es más reciente porque también la ruptura de la revolución industrial fue más tardía. En Reino Unido o Francia hay federaciones nacionales de agricultura urbana. Es un movimiento que se desarrolló antes en los países en los que primero hubo industrialización y movimiento obrero.
¿Es posible la ganadería urbana?
Hay granjas urbanas muy normalizadas en Londres y en Holanda. En Detroit también están comenzando. Para que puedan desarrollarse hace falta flexibilizar las normas urbanísticas, siempre con dos líneas rojas que son el respeto a los vecinos y al bienestar animal.
¿Qué necesita la agricultura urbana para seguir creciendo?
Un marco regulador que la potencie y no lo obstaculice. La agricultura urbana es a día de hoy posiblemente uno de los ejemplos más virtuosos de cooperación pública comunitaria. También hay que abordar la cuestión de los circuitos comerciales. La agricultura de proximidad necesita también mercados, ofrecer canales de venta directa, ponérselo fácil a las cooperativas de consumo. Se trata de relocalizar y democratizar el sistema alimentario.



























