«¿Quién será su afligido?», pregunta el cura burócrata que hace la lista de quienes desfilarán en una procesión. Los dos fugitivos de una cárcel cercana, disfrazados de sacerdotes para camuflarse en la procesión, no entienden la pregunta. La procesión es un acto para hacernos mejores y cada religioso desfila llevando de la mano a algún enfermo, algún pobre, algún parapléjico,… algún «afligido» con el que se hermana durante un rato. Cosas de la comedia. Amanda Mars hizo un reportaje sobre el anuncio de aranceles de Trump. Trump hizo el anuncio llevando de la mano a un afligido, un sindicalista de
Detroit. Se trataba de un fachapobre palurdo rugiendo que ahora reabrirían las viejas fábricas de Michigan y todo será como antes. Mars señala que justo al día siguiente hubo una oleada de despidos en la zona del afligido, al repercutir en las empresas el parón de fábricas mexicanas y canadienses por los nuevos aranceles. El rocoso fachapobre anda diciendo que hay que dar tiempo a Trump. Realmente, debe hermanar mucho eso de que te lleven de la mano en procesión.
Trump dice que gobierna por instinto, que en su primer mandato los asesores no paraban de enredarlo y confundirlo. Ahora ya dejó claro que no quiere asesores, sino bufones que pongan música, rima y mentiras a sus ocurrencias. Ya había dejado claro que no quiere una sociedad de zarandajas de convivencia, tolerancia ni nada que remotamente recuerde al buen gusto. Los cornudos aquellos del Capitolio son su imagen del mundo, las risotadas con que dijo que le besaba el culo cada presidente que lo llamaba son la lengua
nativa de su diplomacia. Y ya había dejado claro que la verdad también le besaba el culo, que la mentira valía si era lo bastante desvergonzada. Si recargas el odio y consigues una población alterada chapoteando en un caldo de prejuicios, las palabras no se aceptan encajándolas con los hechos (que es cuando son verdaderas), sino encajándolas con las púas emocionales negativas. Nadie cree que el coronavirus sea un virus chino comunista como Sánchez, pero la expresión encaja como un guante en la ruina de la epidemia
asociada con el odio a Sánchez por comunista. Posverdad, se llamó a aquello. Las patrañas de toda la vida.
Trump dice que gobierna por instinto, que en su primer mandato los asesores no paraban de enredarlo y confundirlo
Y en ello estaban Trump y sus bufones. Hay cosas que no pueden ser verdad por contradictorias. Si la mesa es redonda, no puede tener cuatro vértices. Los aranceles, dice, supondrán una bajada de impuestos porque serán un recargo a las importaciones que cobrará EEUU y a la vez, dice, mejorarán las empresas americanas porque los aranceles detendrán las importaciones: eso es una mesa redonda de cuatro vértices. Pero los bufones le pusieron delante a Trump que se disparan los intereses y la demanda de bonos del tesoro y entonces se le mueve el flequillo, porque hasta ahí sí llega. Los bonos se emiten como deuda del estado. Si sube su interés, hay que devolver más deuda y al país le cuesta más endeudarse. Si sube su interés, la gente con dinero prefiere comprar bonos que acciones y cae el valor de empresas. Si sube su interés, suben los otros intereses que los toman como referencia y la gente no puede pedir préstamos para coches y viviendas y las empresas no pueden pedir créditos para montar o ampliar el negocio. Y el interés está
subiendo y también su demanda. Y China tiene muchos de esos bonos. Hasta Trump lo entiende. Y así paró de momento los aranceles planetarios sin que nadie sepa por qué se perdió tantísimo dinero y empleos en pocos días. La diferencia entre la crisis en ciernes y las otras crisis es que esta tiene nombre propio y flequillo ridículo. Por supuesto, los bufones están haciendo su trabajo y dicen que esto era parte del plan, que su instinto hace al emperador el mejor negociador conocido.
El problema no es que no se lo crean los pobres, que a buena parte. El problema es que no se lo creen los ricos. Los que aplaudían tanta posverdad populista ahora quieren la verdad. Los que se tronchaban de risa por la confusión que creaban los bulos de su patrón ahora quieren claridad. Un día dice Trump que es el momento de comprar, por «instinto» o por corrupción, y el soplo fue apenas un suspiro porque la bolsa siguió cayendo. Ahora el dinero tiene sed de verdad, no quiere confusión ni falsedades delirantes. ¡Con lo que las financió! En comparación, la circunspección china le da aire como de notario en una fiesta de borrachos. En el imaginario popular, el papel de Fumanchú va quedando para Putin (lo que debe estar riéndose el zar). La industria del automóvil de Michigan fue triturada por la globalización y Huawei por el primer Trump. Hoy Huawei tiene un campus de investigación futurista y Trump exhibe un afligido que sueña con viejas fábricas.
Todavía hay políticos y analistas que se esfuerzan en denunciar las contradicciones de Trump, porque su fe turbocapitalista no casa con su proteccionismo anacrónico. Esos análisis son doblemente ingenuos. Al facherío no le afectan las contradicciones, no viven de la coherencia. Pero es una ingenuidad por otro motivo. En el verdadero neoliberalismo, el que compite es porque no vale para otra cosa. La libre competencia se predica para los de abajo, los que tienen que cerrar por los abusos de Amazon o similares. Para los de arriba, para Amazon y similares, se predica la libertad. Siempre fue así. Los de abajo tienen que aceptar perder por la libre competencia. Los de arriba no quieren trabas, ni ley, ni derechos: libertad. Que no haya más trabas ni más ley que las suyas. El neoliberalismo aspira inherentemente a alianzas golfas del poder político y empresarial, para que ni el mercado sea mercado, ni la democracia sea democracia, ni la libertad sean libertades. Trump solo es más bocazas, pero muestra el capitalismo rapaz sin afeites. No pierdan de vista las criptomonedas, tan queridas por Trump y Musk. No quieren autoridad sobre el
dinero. La anarquía que pretenden no es la anulación de la autoridad y el orden. Es que no haya más autoridad que la suya ni otro orden que el que los ricos impongan. No hay contradicciones.

A poco que se intensifique la sed de verdad, lo de ir de malote y canallita puede empezar a cansar y la provocación corre riesgo de pasar a ridículo. Es difícil de pronosticar ningún futuro en política en estos turbulentos tiempos, pero piensen en esta ecuación. Vox está desnuda con sus patrañas al descubierto. Por mucha banderita que saquen, son el partido de los aranceles al campo. Su patriotismo siempre fue una impostura. No solo Vox, en España las derechas no tienen patria si no la gobiernan, fuera del poder están más cerca del sabotaje que de la oposición política; y cuando la gobiernan, no tienen más
patria que las oligarquías. Pero los aranceles dejaron al desnudo que Vox es antes facha que español, sus arengas patrioteras ahora le hacen sonar a juguete roto. Por eso callan tanto últimamente. Y la otra patraña que queda al descubierto es la de su bravuconería ridícula. Ellos no solo eran patriotas, sino también guerreros. Otra impostura. Siempre fueron los lameculos de los ricos.
La docilidad mansurrona con Trump desnuda que solo pueden ser el afligido que el emperador lleve a la procesión. Así está Vox. Pongan en la ecuación que el PP no sabe cómo no parecer un juguete de Vox, no parecer antipatriotas en el asunto de los aranceles, parecer un partido de estado respaldando al Gobierno y atacar el Gobierno con toda clase de delirios. Parecen un pato mareado. Y a esa ecuación del Vox traidor y cobardón y el PP desnortado, añadan que en la Moncloa está alguien con notable olfato demoscópico y dado a los golpes de efecto. No se sorprendan si en una de estas hay elecciones. Si no las hay es por la posible sangría de escaños de la izquierda. Ni Podemos
tiene potencial de crecimiento ni el PSOE puede comerse lo que hay a su izquierda. Y las izquierdas son muy dadas las trincheras internas y a quedarse en casa con pucheros en elecciones. Ahora están fortaleciendo más el discurso que los separa de los vecinos que aporreando a una ultraderecha que no sabe cómo ladrar, porque la sed de verdad los ahoga. Veremos.



























