Reviso una y otra vez cada una de las líneas de la convocatoria que acabo de escribir. Busco la palabra justa, la sintaxis clara, el texto exacto que haga posible que nadie se confunda con la propuesta. Es el anuncio del próximo symposium que vamos a hacer en el semestre del otoño con los estudiantes del Departmento de Lenguas Modernas de mi facultad, y quiero cerciorarme de que se entiende bien. Es un tipo de escritura con la que nunca estoy del todo segura, mucho más si tengo que escribir en inglés y hacerlo para un público que ha moldeado su forma de ver el mundo desde las más diversas expresiones y experiencias lingüísticas. Les pido también a mis compañeras que la lean, pero antes de enviarles la que yo considero la última versión legible de lo que aún sigue siendo un borrador, la leo yo una vez más. Que no se me escapen tampoco los puntos ni las comas, que no haya rimas interiores que rechinen en mi oído, que lo que pienso en español se aproxime lo más posible a lo que tengo que comunicar en inglés. Lo hago siempre, ya no importa el tipo de escritura con la que esté trabajando ni la lengua que use. Releo con obstinación, corrijo, añado, quito, como quien prueba insistentemente los guisos que está preparando para alcanzar el punto justo de aceite o de sal. Lo dejo también en reposo, y lo leo al día siguiente con una mirada ligeramente renovada, mía pero ya otra. Y lo que ocurre al día siguiente es que acabo deshaciéndome muchas veces de frases enteras que me parecen tan torpes como irrelevantes. Me alegro en ese punto de que nadie haya leído todavía ese texto, como puedo alegrarme de que nadie entre en mi casa cuando aún no he abierto las ventanas para que entre aire fresco y aún no he hecho la limpieza.
Pero la idea de la limpieza y de lo irrelevante es también contextual. No siempre significa lo mismo ni nos conduce a los mismos resultados. Por eso, cuando releo la última convocatoria para el próximo symposium de los estudiantes de nuestro departamento, además de los puntos y las comas, además de la organización de las oraciones, además de la exactitud del vocabulario, me fijo como no lo he hecho antes en la viabilidad de decir con claridad absoluta lo que necesito que se entienda claramente. Y lo hago consciente del momento concreto que se está viviendo. En menos de cien días, en este país desde el que escribo, hemos tenido que ver cómo se nos va conduciendo de manera acelerada hacia un lugar de silencios, y cómo nos estamos sintiendo forzados a esconder sonidos con los que nos expresábamos hasta hace poco, orgullosas y orgullosos de poder llenar la boca con palabras que reflejaban luchas, logros, derechos… Nadie sabe ahora qué decir ni qué callar, mucho menos dónde decirlo y dónde encontrar un espacio seguro en el que las palabras no nos comprometan ni comprometan a los otros.
No es fácil ejercer ningún trabajo en estas condiciones, pero el campo de la enseñanza, y especialmente el de la enseñanza de las humanidades, se está viendo seriamente dañado cuando su misma existencia no solo se cuestiona sino que se amenaza con su desaparición. Porque aun existiendo, ¿cómo enseñar sociología, literatura, historia o lenguas, sin hablar de diversidad y sin regresar a la raíz de la discriminación y de las desigualdades? ¿Cómo explicar un tema universal en las artes como el del amor, ignorando las muy diversas manifestaciones del sentimiento amoroso? ¿Cómo contar la historia de los Estados Unidos poniendo a un lado el genocidio de los pueblos originarios de estas tierras o pasando por alto el tema de la esclavitud? ¿Y cómo no enseñar otras lenguas, esa puerta enorme que nos da acceso a lo que piensan, a lo que sienten o a lo que sueñan quienes las hablan? La verdad es que no se puede enseñar bien teniendo que hacer incisiones constantes en la gramática interna de nuestras materias y, como no se puede, aunque nos hayamos encontrado de un momento al otro sin norte, muchas profesoras y profesores de humanidades no vamos a hacerlo. Sobre todo ahora que es cuando más falta hace. Por nosotras y nosotros, y especialmente por todos esos estudiantes nuestros que llegan fatigados a las aulas, cansados de tener que estar siempre pidiendo permiso para existir y sintiéndose excluidos desde el momento mismo que amanece hasta que el minuto exacto en el que día se acaba. Y, porque si no lo hacemos quienes más nos podemos arriesgar, acabaremos enseguida convirtiéndonos en cómplices.



























