También murió Patroclo

Hay declaraciones de representantes políticos y militares de Israel diciendo que van a hacer esto que están haciendo, vaciar Gaza.

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Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Israel, su ejército criminal, está asesinando a los palestinos de pensamiento, palabra, obra y omisión, día tras día, sin descanso, sin piedad. Hace siete semanas que no permite que entre ayuda humanitaria en Gaza, pero, además de eso, sigue ejecutando a sus víctimas favoritas: niños y niñas (casi 600 sólo desde la ruptura del supuesto alto el fuego el 18 de marzo), personal sanitario (los secuestran, torturan y asesinan), refugiados acogidos en tiendas de campaña (los queman vivos), periodistas (uno a uno, una a una, a ellos y a sus familias). Es que en verdad no hay palabras: bombardean centros de distribución de harina, hospitales, iglesias, infraestructuras para el saneamiento del agua. Hay videos en los que se ve a los palestinos sacando a sus familiares enfermos de los hospitales bombardeados, empujándolos en sus frágiles camas de hospital, convalecientes, heridos. Hay imágenes de tiendas de refugiados en llamas. Hay declaraciones de representantes políticos y militares de Israel diciendo que van a hacer esto que están haciendo, vaciar Gaza, una limpieza étnica, un holocausto, nunca podremos decir que no lo sabíamos. Es un genocidio, no es una guerra y no necesitamos que ningún tribunal internacional ponga nombre a lo que estamos viendo.

Y mientras tanto, mientras todo esto sucede, aunque no sea portada de los periódicos porque no es noticia, porque pasa cada día, hace escala en Barcelona un barco implicado en la cadena de envío de armas a Israel. Después de más de 60.000 palestinos asesinados sigue sin estar claro un embargo total de armas a los genocidas. Las Naciones Unidas han denunciado 36 ataques contra Gaza desde la ruptura del supuesto alto el fuego en los que las víctimas han sido exclusivamente mujeres, niños y niñas. Médicos sin Fonteras describen Gaza como una gran fosa común y dicen algo más, dicen que no estamos ante un fracaso humanitario, sino “ante una decisión política llevada a cabo con impunidad”. Y, efectivamente, Netanyahu se pasea por Europa impunemente y barcos cargados de material militar para los asesinos se pasean también impunemente por nuestros puertos. Pero, quizá, si nos organizamos, consigamos que Israel no participe este año en Eurovisión. No, es broma, ni esto se conseguirá. La obscenidad europea no conoce límites en este asunto.

Trump y Netanyahu en la Casa Blanca | Foto: GPO | GPO
Trump y Netanyahu

Este año se ha muerto el poeta irlandés Michael Longley. Su poema más famoso se titulaba “Ceasefire”, “Alto el fuego”. Lo compuso en 1994 y se publicó en un periódico el día antes de que se anunciara el alto el fuego del IRA. El poema se inspiraba en la Ilíada, en concreto, en la impresionante escena, casi al final del poema, del encuentro entre Príamo y Aquiles. Sus versos eran casi una traducción literal del poema homérico y cualquier lector irlandés, familiarizado con la Ilíada y al tanto de la situación política de su país, sabría con qué intención lo publicaba Longley. El anciano rey troyano, sin temer ya nada, sin importarle el peligro, deseando recuperar al menos el cuerpo de su hijo Héctor, al que Aquiles, desconsolado a su vez por la muerte de Patroclo, no sólo había matado, sino que arrastraba día tras día por el polvo, se presenta suplicante en el campamento griego, en la tienda de Aquiles. Los dos héroes se encuentran, se miran, ambos están heridos por un mismo dolor, el de la pérdida de un ser al que querían más que a su vida, Aquiles a Patroclo, Príamo a Héctor, y se reconocen en ese dolor y sucede entre ellos algo que no es exactamente una reconciliación, sino un reconocimiento, una chispa de humanidad que se enciende y hace que Aquiles llore recordando a su propio padre, al que sabe que no volverá a ver, y envuelva con delicadeza el cuerpo de Héctor y se lo devuelva a Príamo. Y éste, en palabras de Longley, cae de rodillas y hace lo que hay que hacer: “beso las manos de Aquiles, el asesino de mi hijo”. Así acaba el poema. Así acaba, casi, la Ilíada, con Príamo llevando de vuelta a casa el cadáver de su hijo para rendirle los honores debidos.

Si en Palestina hubiera una guerra, podría también acaban algún día

Pero este es un final que requiere humanidad, esa de la que no hay ni la más mínima sombra en los genocidas y sus cómplices. Si en Palestina hubiera una guerra, podría también acaban algún día, podrían los palestinos enterrar a sus muertos (no olvidemos que ni siquiera esto les está permitido), pero no es una guerra, es un genocidio y una exhibición constante de crueldad. El ejército de Israel no permite el paso a la maquinaria necesaria para recuperar cuerpos bajo los escombros. Los palestinos tienen que ver cómo las víctimas aplastadas por los derrumbamientos agonizan y ni siquiera pueden recuperar sus cadáveres una vez muertos. Cada día parece más posible lo imposible, lo impensable, un final como el que Netanyahu y Trump quieren y han anunciado impunemente, Palestina como un botín que repartirse, rebosante de sangre como cualquier botín.

Y todo lo que pase después, lo que nos pase a cualquiera, en cualquier lugar, cuando Palestina ya no exista, no importará. No habrá ley ni derecho internacional que invocar, no habrá un Aquiles al que suplicar. El Aquiles que encontraremos será otro, el que, antes de ese encuentro con Príamo que le hizo recuperar su humanidad y ver más allá de su propio dolor, era un ser despiadado, sediento de venganza y de sangre. El que, al joven Licaón, hijo también de Príamo, que se abrazó a sus rodillas suplicando que no lo matara, le respondió fríamente que también Patroclo, que era mejor que él, había muerto. Tantas mujeres y tantos hombres mejores y más valientes que nosotros habrán muerto, que no nos estará permitido pedir piedad. Algún Aquiles nos recordará que también murió Patroclo.

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