Las eses suaves y el ritmo pausado de su acento contrastan con el murmullo nervioso de la plaza acercándose al mediodía. Mientras en Avilés el cielo amenaza con lluvia, Alberto Amaro Jordán, periodista mexicano de 36 años, pide un café solo y un vaso de agua. “Aquí en España se habla más alto”, comenta sonriendo, “a veces parece que están discutiendo, pero solo están charlando”. Viene de Tlaxcala, un estado pequeño donde, según él, la risa y la broma es algo que “a veces sorprende a los españoles”. Allí fundó La Prensa de Tlaxcala, siguiendo los pasos de su padre y su abuelo. Allí también, por investigar redes de trata, corrupción política y violencia institucional, comenzó a vivir con escoltas y a contar los días desde el miedo.
Hoy, acogido en Asturias junto a su esposa, su hija y su hijo por el programa de protección temporal de Amnistía Internacional para defensores de derechos humanos, conversa en una terraza del Parche con una mezcla de serenidad, resignación y lucidez. Al principio sus gestos son medidos. A medida que avanza la entrevista, el cuerpo se le suelta, habla con las manos y su voz gana expresividad mexicana. Sabe que cada palabra dicha en voz alta es un riesgo, incluso aquí: “Hay grupos de delincuencia organizada que tienen ramificaciones en Europa.”
Hace unos días, durante un acto en la Junta General del Principado por el Día Mundial de la Libertad de Prensa, relató cómo sus dos hijos necesitaron tratamiento psicológico y psiquiátrico tras el asalto a su domicilio familiar, algo que prefiere no decir en esta entrevista. Señaló además que, según su experiencia, el 45 % de la delincuencia en México “viene del propio Gobierno”.
Desde este exilio forzoso, sigue dirigiendo su pequeño periódico digital en Tlaxcala, un estado que tiene unos 300.000 habitantes más que Asturias.
La próxima semana, a pocos kilómetros, el expresidente mexicano Felipe Calderón participará en Oviedo en un encuentro internacional sobre democracia y libertad. En la misma entrevista que sigue, Amaro recuerda que durante el gobierno de Calderón fueron asesinados 47 periodistas en México y que su secretario de Seguridad, Genaro García Luna, ha sido condenado por narcotráfico en Estados Unidos. “¿Quién lideraba entonces la guerra contra el narco?”, pregunta, no con cinismo, sino con la amarga ironía de quien ha tenido que enviar un mensaje esposado desde un reloj para avisar de que estaba siendo secuestrado.
Frente a la posibilidad de callar, Alberto Amaro ha optado por contar. Contar lo que ocurre en su país. Contar por qué volver a México es inevitable. Narrar, a pesar de todo, para seguir haciendo periodismo.
“Yo dirigía un medio en Tlaxcala y lo que hacíamos era cuestionar directamente el poder. Eso, en ciertas zonas de México, es suficiente para convertirte en objetivo.”
Una profesión difícil en México
¿Cuándo comienza a recibir las primeras amenazas por tu labor como periodista?
Hace varios años. Empezaron cuando publiqué una serie de investigaciones sobre corrupción política a nivel local, sobre vínculos entre autoridades y grupos criminales. Yo dirigía un medio en Tlaxcala y lo que hacíamos era cuestionar directamente el poder. Eso, en ciertas zonas de México, es suficiente para convertirte en objetivo. Al principio cuesta entenderlo. Uno cree que está haciendo lo correcto, que informar con rigor basta, pero pronto te das cuenta de que eso tiene un coste. Las amenazas comenzaron a escalar y tras un tiempo decidí entrar en el mecanismo de protección del Gobierno mexicano, creado para periodistas y defensores de derechos humanos.
¿Cómo funciona ese sistema?
Me asignaron escoltas y estuve así durante aproximadamente cuatro años. Eran personas contratadas por el Estado para protegerme, pero la vigilancia era total. Sabían siempre dónde estaba, con quién me reunía. Y eso, aunque era por seguridad, también era una forma de control. La tensión era permanente.
¿Cómo afectaba eso a su vida cotidiana?
Era durísimo. Me acompañaban incluso al baño. Las 24 horas del día, los 365 días del año. No podía salir a correr, no podía establecer una rutina. Si repetías un trayecto o una actividad, te pedían que la cambiaras por seguridad. Y en lo social era igual: si me sentaba a tomar un café o a entrevistar a alguien, la gente se alejaba. Ver a un periodista con escoltas genera desconfianza. Algunos pensaban que era político, otros que estaba metido en algo turbio.

Miedo a la propia escolta
¿Y cómo terminó esa etapa?
Después de casi un año así, mis hijos y yo ganamos un amparo legal y el Gobierno tuvo que reforzar la protección. Pero la situación seguía siendo insostenible. Mis escoltas no solo estaban para protegerme. También debían reportar con quién me reunía, en qué lugares, a qué hora. Y muchas veces esas personas eran precisamente objetivo de mis investigaciones. Eso generaba una tensión enorme. Por un lado, necesitaba la protección. Por otro, sentía que mi trabajo periodístico estaba siendo vigilado por el mismo aparato estatal que debía garantizar mi seguridad. Con el tiempo, entendí que no podía seguir así. No podía ejercer libremente. Y fue entonces cuando surgió la posibilidad de entrar en el programa de protección de Amnistía Internacional y salir temporalmente del país.
¿Cuál ha sido la amenaza más grave que ha recibido?
Ha habido muchas. Una de las situaciones más aterradoras fue cuando empezaron a exponer públicamente mis movimientos. Ahí sentí un miedo real. Y sin duda, lo más grave fue cuando me detuvieron. Yo había denunciado a un expresidente municipal que me había amenazado de muerte delante de mis hijos. Poco después de eso, me detuvieron sin orden judicial. No me llevaron a una sede oficial, ni a una dirección de Seguridad Pública. Me trasladaron a unos departamentos, a una casa. Estuve desaparecido. Si no hubiera sido por el reloj que llevaba —esposado— no sé qué habría pasado. Con él pude enviar un mensaje a mi esposa. Gracias a eso, supieron que estaba desaparecido. No hubo registro oficial, ni comunicación del Gobierno sobre mi paradero. Fue un momento crítico. Sentí que, si no actuaba, no saldría de allí.
“No estoy aquí solo para hablar de mí. Estoy aquí para dar voz a mis compañeros. Muchos ya no pueden contar su historia porque fueron asesinados.”
Marcha hacia un exilio de un año
¿Y el programa de Amnistía cómo se articula?
En 2023 me invitaron a formar parte. Publicaron un informe centrado en tres periodistas mexicanos. El documento analizaba las graves fallas del mecanismo de protección mexicano, creado en 2012. A pesar de estar activos en ese sistema, ocho periodistas han sido asesinados desde entonces. Las medidas se aplican muchas veces sin respaldo jurídico, sin evaluaciones reales de riesgo. En mi caso, era un periodista de provincia, un periodista local. Y los casos como el mío rara vez llegan a nivel nacional.
¿A partir de ese informe su historia empieza a hacerse visible fuera de México?
Sí. El informe se publica en marzo de 2024. Y de pronto mi nombre empieza a sonar fuera. Buscaba mi nombre en Google y veía artículos en Alemania, Italia, Estados Unidos, España… El nombre de Alberto Amaro empezaba a ser reconocido.
¿Y cómo lo recibió el gobierno local?
Con incredulidad. Amnistía Internacional vino a Tlaxcala, desayunó con nosotros, vio el operativo que me acompañaba, vio que en mi casa tengo más de 36 cámaras de seguridad. Todo eso financiado por el Estado. Pero aún así se negaban a darle protección a mi esposa. Cuando vieron nuestra situación, se dieron cuenta de que las agresiones eran reales. Incluso habíamos logrado encarcelar a un expresidente municipal, el que me había amenazado frente a mis hijos. Aunque su detención fue invalidada por errores policiales, más tarde fue imputado.

¿Ese fue el punto de inflexión?
Sí. Ese y otro hecho clave: un mando policial que había estado en prisión fue contratado de nuevo por el Gobierno y llegó a una posición de poder. Informé de la situación. La respuesta fue que sí, que estaba contratado, pero que no era el jefe directo de mis escoltas. Pero sí era un mando. Yo no podía quedarme. Sentí que no había garantías.
¿El programa internacional tiene fecha de caducidad?
Sí. El de Amnistía dura solo un año. Llevo aquí seis meses y sé que en algún momento tendré que volver. Mientras tanto, hablo. Lo cuento. Aunque eso también implica riesgos, incluso desde Europa.
¿No le preocupa hablar con tanta franqueza?
No lo veo así. Me sentí más seguro al llegar a España, claro. Pero no estoy aquí solo para hablar de mí. Estoy aquí para dar voz a mis compañeros. Muchos ya no pueden contar su historia porque fueron asesinados. En México, ser periodista de provincia —como yo— significa ejercer en condiciones de absoluta desprotección. Así nos llaman ahora: periodistas locales. Somos quienes cubrimos la información en nuestra zona, sin respaldo nacional, sin eco mediático fuera de nuestro entorno. Y las agresiones que sufrimos también se quedan ahí: no trascienden. Nadie las escucha más allá del estado, del municipio. Una agresión a un periodista de provincia equivale, casi siempre, a la impunidad. Y eso, para mí, representa una responsabilidad moral. Por eso sigo hablando, aunque implique riesgos.
Entre la pasión y la autocensura
¿Y va a volver a México?
Sí. Quise cambiar las cosas desde dentro. Me di cuenta de que no se puede. Ya no creo en eso. Pero regresaré con un perfil diferente.
¿Ya no cree en el poder transformador del periodismo?
No. Ya no. Honestamente, ya no. Es contradictorio, lo sé. La autocensura es terrible, pero…
Y, sin embargo, sigue haciendo periodismo.
Sí. Sigo dirigiendo un periódico digital en Tlaxcala. Para mí es una pasión. Cuando sé que una nota va a provocar una reacción, no puedo evitar escribirla. Aunque esté en una comida familiar, ya estoy pensando cómo redactarla, qué fuentes buscar. Me sudan las manos. Escribo incluso desde el móvil. Recuerdo cuando iba a ver a mi padre al periódico, ya que él también era periodista. Las máquinas de escribir, el sonido de las teclas… Ese sonido me marcó. Ahora, cada vez que escribo una nota en el ordenador, me vuelve esa sensación. Es una pasión hermosa, aunque también muy dura.
Pero admite que regresará al periodismo en México, aunque autocensurándose…
Es terrible. Se habla poco de la autocensura. Es un tema delicado. Aquí, gracias a la visibilidad de algunos medios, podemos hablar. Pero en México, cualquier periodista que publique algo mínimamente crítico se arriesga. Nunca sabes cómo va a reaccionar el funcionario o la persona sobre la que escribes. Incluso te pueden hacer una campaña de desprestigio a través de redes sociales. Conmigo lo hicieron tratando de involucrarme en asuntos turbios. Solo para presionar, con el objetivo de que dejes de investigar y de hacer periodismo.
“Hablamos mucho de los que han muerto, pero no de los que siguen siendo perseguidos, amenazados o silenciados por la vía legal.”
Ni la guerra ni los abrazos funcionaron contra el narco
La próxima semana hay un encuentro en Oviedo de distintas personalidades para hablar de libertad y democracia. Una de ellas es el expresidente mexicano Felipe Calderón. ¿Cómo valora que Felipe Calderón hable de democracia y libertad?
Es difícil de entender. Calderón ha sido muy criticado porque su secretario de Seguridad, Genaro García Luna, fue condenado por narcotráfico en Estados Unidos. ¿Cómo podía liderar una guerra contra el narco alguien cuyo jefe de policía estaba vinculado con los cárteles? Pero luego la estrategia con Obrador ha sido diferente. La izquierda optó por lo que llamaron “abrazos, no balazos”, en contraste contra la guerra del narco que se había iniciado anteriormente, y el problema ha persistido. Los resultados están a la vista. Yo puedo hablar de lo que veo. La guerra contra el narco no funcionó, entre otras cosas porque quien debía liderar la guerra estaba vinculado al narcotráfico y acabó condenado en una corte de Estados Unidos. Además, el número de desaparecidos se incrementó. Pero la estrategia de los abrazos tampoco ha funcionado.
¿Entonces cree que es un problema sistémico más allá del eje izquierda y derecha?
Así es. El problema está ahí y viene de antes. No empezó con López Obrador. Por ejemplo, revisando cifras, han asesinado prácticamente el mismo número de periodistas durante la etapa de Calderón y la de Obrador, alrededor de 47. Pero no hay que olvidarse de los encarcelados. Ahí está el caso de Jesús Lemus, que pasó varios años en prisión por hacer periodismo crítico contra Calderón y contra Genaro García Luna —quien hoy está condenado por narcotráfico en Estados Unidos—. Hablamos mucho de los que han muerto, pero no de los que siguen siendo perseguidos, amenazados o silenciados por la vía legal. Muchos periodistas reciben demandas por daño moral solo por hacer su trabajo. Eso también es censura. Y ocurre una y otra vez, sin consecuencias para quienes la ejercen y en todas las etapas políticas. Por otro lado, soy bastante crítico con la forma en la que López Obrador y la actual presidenta, Claudai Sheinbaum, enfrentan a la prensa, con señalamientos públicos a periodistas. Tienen mucho apoyo popular porque mucha gente considera que eso es audacia comunicativa, pero bajo mi punto de vista eso no ayuda a que se ejerza el periodismo con libertad.

Dilemas para el periodismo y para el retorno
¿Y el periodismo independiente?
Seamos honestos. En México, a veces, el periodismo independiente se ha vuelto sucio. Hay quienes lo usan para buscar favores políticos. No es lo mismo ser periodista que ser vocero. Informar lo que un partido quiere que digas no es periodismo. El periodista investiga, entrevista, construye información. Ser vocero es otra cosa.
¿Cree que dentro del propio gremio también hay dinámicas que lo dañan?
Sí, totalmente. Hace poco leía un libro del periodista Jesús Lemus y decía algo que me pareció muy certero: el peor enemigo de un periodista es otro periodista. Porque muchas veces no es el Gobierno el que te desacredita, sino tus propios colegas. Hay quienes se alinean con el poder, publican lo que les dictan desde arriba. Y cuando ven a alguien que se mantiene independiente, lo desprecian, lo aíslan, lo acusan de no ser “profesional”. Y ahí se empieza a generar una jerarquía absurda: que si el reportero está por debajo de otro tipo de periodista, que si uno vale más que otro según para quién escribe. Eso, más que crítica, es sabotaje. Y lo vivimos constantemente en México. El poder no necesita callarte si ya hay otros periodistas que se encargan de desacreditarte.
“Muchos jóvenes salen con ilusión de la universidad, pensando que van a investigar, a publicar grandes historias. Pero luego llega la realidad.”
¿Y ahora que lleva seis meses en España, ¿cree que este periodismo partidista también se da aquí?
Al principio pensé que el periodismo aquí era parecido al mexicano, pero después entendí que es muy diferente, aunque algunos problemas se repiten. Recuerdo haber leído un libro del periodista español Pascual Serrano que se titulaba ¿Quién paga tu tinta? Y decía: Dime quién paga tu tinta y te diré qué publicas. Eso me marcó. Porque entendí que no es solo un problema de México. También ocurre aquí, seguramente en muchos otros lugares. Muchos jóvenes salen con ilusión de la universidad, pensando que van a investigar, a publicar grandes historias. Pero luego llega la realidad. La precariedad. La línea editorial. Las presiones. Y esa fuerza con la que empezaste se va apagando poco a poco.
¿Y se ve quedándose en España?
Es difícil. Asturias me encanta, me gusta mucho Avilés, pero los trámites migratorios son lentos. Tengo un tipo de asilo especial con este programa de Amnistía Internacional y no puedo trabajar. El permiso dura un año. Luego te asesoran sobre cómo solicitar residencia, pero ahora mismo no tengo permiso laboral. De todas formas, ahora mismo te diría que mi intención no es quedarme. Además, si me quedo en situación de asilo no podría volver a México en varios años. Y me preocupa no poder volver a ver a mi mamá. Además, mis hijos echan de menos Tlaxcala. Aquí disfrutamos la seguridad, el poder salir por la noche sin temor, pero al final todos somos de algún sitio. Y por muy difícil que sea México, uno siempre echa de menos a los suyos. Solo quisiera poder hacer periodismo en libertad.



























