Algunas reflexiones ante la huelga educativa

Un sistema educativo público de calidad es también un pilar central para el desarrollo social y económico del país.

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José Ovidio Álvarez
José Ovidio Álvarez
Licenciado en Filosofía y Máster en Estudios Sociales de la Ciencia por la Universidad de Oviedo, profesor de Filosofía en el IES Corvera y directivo de la Sociedad Cultural Gijonesa.

El sistema educativo asturiano es una olla a presión desde hace años. Ratios inasumibles que acaban haciendo imposible garantizar que las aulas sean espacios de trabajo y respeto mutuo. Alumnado con carencias, circunstancias personales adversas o necesidades especiales arrojado a clases atestadas, sin contar con profesorado suficiente o con suficientes docentes especializados. Entre otras muchas cosas, falta plantilla, faltan recursos, mientras que crecen toda suerte de chorradas burocráticas y labores esenciales sin reconocimiento. Y así año tras año, con promesas y compromisos huecos hasta que, finalmente, la sorpresiva decisión de la Consejería de suprimir la reducción de jornada lectiva en las fases finales del curso en Infantil y Primaria (que sirve para poder resolver el papeleo y las labores de planificación) acabó por colmar la medida. La increíble movilización del profesorado de Infantil y Primaria ha puesto en pie a toda la Educación asturiana, que marcha, de forma unitaria, a la huelga.

El sistema educativo es uno de los pilares del Estado Social junto con la sanidad y el sistema de pensiones. Los vientos políticos de los años 90 y 2000 trajeron una fuerte erosión de los servicios públicos, bajo el empuje de grupos de presión y ofensivas ideológicas enfocadas a la mercantilización de los derechos sociales. La crisis de 2008 y los recortes que impulsó la UE golpearon duramente al Estado Social y acentuaron déficits crónicos en el sistema educativo que hoy estamos muy lejos de haber revertido. Y ello a pesar de haberse constatado que esas políticas de “austeridad” no sólo hacen que la sociedad sea más desigual e injusta, sino que también son dañinas para el desarrollo económico.

Pero no podemos olvidarnos de un cambio sociológico respecto al saber y a la educación que es uno de los posos culturales que ha dejado el ultraliberalismo. Vivimos en una era individualista donde se desprecia el conocimiento: el espíritu crítico y el análisis social se han confundido con la conspiranoia y, como decimos en asturiano, con desbabayar; una horda de cuñados, armados con internet, se creen una voz autorizada para pontificar sobre cualquier tema desde el sofá de su casa o desde la cátedra del chigre. Y ese espíritu no deja de empapar la actitud de las administraciones hacia el sistema educativo y hacia el profesorado y sus reivindicaciones. En vez del desarrollo integral de la persona, garantizando una formación de calidad con independencia de la extracción social, tal parece que para los responsables de la Consejería de Educación y el Ministerio de Educación los centros educativos son garajes para tener aparcados a los guajes mientras sus padres trabajan, y que el derecho a la educación se reduce a ir pasando de curso y acabar obteniendo un título, con independencia de que eso se corresponda con la adquisición real de saberes y habilidades.

Una horda de cuñados, armados con internet, se creen una voz autorizada para pontificar sobre cualquier tema

La última reforma de la ley educativa obvió las condiciones materiales y las circunstancias socioeconómicas a las que se enfrentan el profesorado, el alumnado y las familias, centrándose en debates bizantinos, impulsados por gurús ajenos a la educación pública, sobre supuestas innovaciones en la metodología docente.

A mi juicio, lo que hoy reclamamos quienes nos dedicamos a la docencia en Asturies pasa por reivindicar el verdadero valor del saber y de quienes consagran su vida profesional a transmitirlo. El profesorado no está para cuidar o entretener (por más que deba tener muy presente la salud emocional y la integridad física y mental del alumnado a su cargo), es el encargado de enseñar en todas las etapas educativas, de formar y contribuir al pleno desarrollo de la personalidad.

Es la adquisición de los necesarios conocimientos y habilidades para acceder a un oficio o a estudios medios y superiores lo que convierte al sistema educativo público en un verdadero ascensor social y en un instrumento de equidad. Un sistema educativo público de calidad es también un pilar central para el desarrollo social y económico del país. Pero, por encima de todo, el saber, el acceso a una cultura general en todas sus vertientes (científica, humanística, técnica, musical, artística y en educación física) es la clave para forjar a personas críticas, racionales, autónomas y verdaderamente libres. Personas capaces de ejercer la ciudadanía en una sociedad democrática, participando con voz propia en la esfera pública y contribuyendo al bien común.

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