Para quienes aburren con la letanía de que de nada sirve protestar, movilizarse y plantar cara a los problemas, los del “ye lo que hai”, ahí están la huelga y la gran manifestación en Uviéu de los profesores asturianos en la más reciente muestra de lo contrario. Lo que no sirve para nada es la pasividad, la docilidad y el entreguismo, excepto para asemejarse a las ovejas y hacerse cómplice de abusos y arbitrariedades. La batalla que se pierde siempre es la que no se afronta.
Bastaron un paro masivo y una manifestación multitudinaria para dar un duro golpe al gobierno asturiano. Tocado, el presidente Adrián Barbón canceló su agenda oficial, se tomó un par de días de vacaciones, que dice que ya tenía previstos, y el lunes dimitió la Consejera de Educación. Lydia Espina demostró una gran torpeza y un total desconocimiento del malestar de los profesores asturianos, latente desde hace muchos años. Se sintieron humillados por comentarios inoportunos de la también responsable del PSOE en Villaviciosa, lo que encendió la mecha de la rebelión en las tarimas de las aulas. Lo de la supresión del horario restringido dos meses al año no fue más que la gota que colmó el vaso de su paciencia, agotada muchos cursos atrás. Tras la descalificación en la Xunta Xeneral de su Consejera, a Espina no le quedaba otra opción que enfilar la puerta de salida y la gran movilización del domingo supuso para ella la puntilla.
Del hastío, el cansancio y el desencanto de los profesores ya sabían los padres de los alumnos y los que tenemos muchos amigos entre el gremio
Del hastío, el cansancio y el desencanto de los profesores ya sabían los padres de los alumnos y los que tenemos muchos amigos entre el gremio, pero parece que en el gobierno asturiano no eran conscientes. Incluso estaban bien informados los lectores de prensa y de buena literatura. En los últimos años dos docentes de Xixón, colaboradores en medios y buenos amigos entre ellos, Francisco García Pérez y Milio Rodríguez Cueto, nos lo advertían en excelentes y divertidos artículos en los que apelaban al humor, siempre la mejor respuesta ante las adversidades. También lo hacía a menudo el desaparecido Luis Arias Argüelles-Meres, al que tanto se echa en falta.
Milio Rodríguez Cueto, gran escritor, sobre todo en asturiano, pero también con libros editados en castellano, publicó en 2023 con la editorial Pez de Plata “Una profesión de mierda, memorial de perplejidades docentes”, una narración tan realista como delirante del día a día en un instituto, a través de las peripecias diarias de un jefe de estudios. Francisco García Pérez aludía así al libro:
“Milio Rodríguez Cueto arroja rayos contra aquello en lo que han convertido la profesión docente – que acaso podría ser la más hermosa del mundo- los chupatintas covachuelistas políticos que han acabado con el enseñar en favor de un apacentar borregos por decreto”
La huelga de los profesores es un duro golpe contra el gobierno asturiano, ya tocado y desnortado en los últimos tiempos, y amenaza con abrirle una brecha mayor, porque otros colectivos huelen la herida y la debilidad del ejecutivo, además de arrastrar parecidas frustraciones y desagravios que los que exhiben los docentes.

Barbón llegó al gobierno con fuerza y credibilidad, con la ola del sanchismo. Es joven, empático y no carece de olfato político. Representaba un cambio generacional y de mentalidades. Había enterrado al villismo, un fantasma del que ya nadie se acuerda, aunque ejerció la hegemonía en Asturias desde la muerte de Franco hasta bien entrado el siglo XXI. Su primer mandato coincidió con la Covid y salió muy airoso, optando por una vía dura y la defensa de los servicios públicos. Una receta socialdemócrata en la que su antagonista era la neoliberal y trumpista Isabel Díaz Ayuso.
Pero con el segundo mandato, cuando llegó la hora de tomar decisiones para un cambio de rumbo, que coincidía con otro de la sociedad asturiana, superada la reconversión industrial y la dependencia de la empresa pública, el de Llaviana dejó de transitar un camino de rosas y se metió por uno de espinas. Con la dimisión de Lydia Espina su gobierno empieza a sangrar y habrá que ver si es capaz de atajar la hemorragia.
Barbón llegó al gobierno con fuerza y credibilidad, con la ola del sanchismo
Los errores comenzaron con la composición del gobierno, el reparto político con su socio de Izquierda Unida, las áreas de trabajo y las competencias, las personas elegidas. El corazón de la gestión política, lo más importante en suma, la acción de gobierno. La arquitectura de la Administración y de la gestión de lo público, lo esencial. A un presidente de Asturias hay que pedirle, como primera y esencial cualidad política, que lleve a la autonomía en la cabeza, como fue el caso de Pedro de Silva, el gran referente de Barbón. Pero en la cabeza de Barbón aparecieron muchas dudas y confusiones.
No solo es responsable de ello el presidente. No se explica que IU- que en Asturias se mueve entre ejercer de ala radical del PSOE y pretender un espacio propio a su izquierda, sin ser ni lo uno ni lo otro- se haya conformado con una sola consejería. Un organismo mastodóntico donde se juntan el urbanismo, la vivienda o la memoria histórica, un totum revolutum que más bien parece un apaño al que la coalición no parece haber sacado otro partido que la colocación de muchos de los suyos. IU parecía tener un espacio natural en Cultura, donde además contaba con Juan Ponte, uno de sus mejores activos, el joven concejal que convirtió a Mieres en un referente cultural en toda España. Pero Ponte no está en la corriente que manda en IU-Asturias y se le dio un cargo menor, la Agencia 2030.

En la parte socialista mayoritaria los desajustes son más conocidos, porque saltaron a la opinión pública. Barbón quiso unificar Derechos Sociales y Cultura, un error manifiesto que fue subsanado a las pocas horas por las protestas en los dos sectores. La Consejería de Transición Ecológica quedó en manos del lobby de los ingenieros de Minas, la élite de un sector en declive que conserva un gran poder en el gobierno asturiano, donde se juntan los intereses de los profesionales, los empresarios y los sindicatos. Ingenieros de minas, como Javier Fernández, el antecesor de Barbón, son Isaac Pola, un hombre del SOMA villista que fue viceconsejero, y las consejeras Nieves Roqueñí y Belarmina Díaz. Hace dos años en esa Consejería, entre sus altos cargos, incluyendo la Consejera, casi una docena de personas eran ingenieros de minas, un tercio del total.
Roqueñí y Díaz, que podrían estar perfectamente en un gobierno del PP como lo estuvieron en uno del PSOE, tienen relaciones familiares con otros ingenieros con empleos y negocios en el sector minero, que ya llegaron a la Xunta Xeneral y aparecerán en la Comisión de Investigación del accidente de la mina de Zarréu que tanto pánico da al gobierno asturiano, que intentó abortarla sin éxito.

Las responsabilidades políticas de esa Consejería en el Caso Zarréu, donde un empresario no precisamente con prestigio sacaba supuestamente carbón ilegalmente de la mina con total impunidad, parecen evidentes, al margen de la investigación judicial y de la parlamentaria. Roqueñí también fue la gran protagonista del Caso Cogersa, al desvelarse tras un gran incendio que la planta carecía de seguro, y Barbón le buscó una salida en El Musel.
Su llegada al puerto gijonés no pudo ser más desafortunada, aunque sin duda su estrategia obedece a la del PSOE asturiano: rompió un acuerdo previo para que El Musel aparezca como el gran conseguidor en la recuperación de la fachada marítima de Naval Gijón para que el tanto político no se lo anote la alcaldesa de Foro Carmen Moriyón. El tiro les va a salir a los socialistas por la culata. Moriyón parece la gran ganadora de este pulso absurdo, que encrespa a la ciudadanía, y el PSOE podría perder por ese despropósito las elecciones autonómicas en Xixón, que es tanto como decir en Asturias.
Tras la dimisión de Belarmina Díaz, la efímera sucesora de Roqueñí en la Consejería por el accidente de Zarréu, Barbón se vio obligado a abordar una nueva reestructuración administrativa y desapareció Transición Ecológica. En Educación lo tiene más sencillo, le bastará buscar sustituto o sustituta para Lydia Espina.
A la defensiva y con la iniciativa política perdida, la situación de Pedro Sánchez y de Adrián Barbón es parecida, como si la crisis fuera la del sanchismo, el central y el periférico. El asturiano no tiene los serios problemas del presidente español, ante casos de corrupción y escándalos como el de Ábalos y Leire Díez, pero arrastra el descrédito del Caso Zarréu y ahora la huelga en educación que amenaza con convertirse en una ola imparable que arrastre a otros sectores descontentos.
También hay una paradoja que une sus destinos. Sánchez está arrinconado y exhibe su mayor debilidad cuando sus éxitos en materia económica son indiscutibles, lo que demuestra que aquel viejo axioma de que la gente vota por sus intereses y la economía ha pasado a la historia. Asturias ha superado con éxito varias reconversiones, todas las posibles, y recupera vitalidad, población y actividad económica, a pesar de los agoreros y del catastrofismo, un lastre que se resiste a desaparecer, aunque no se corresponde con la realidad. La apuesta por la ciencia de Barbón con Borja Sánchez, su mejor consejero y el hombre clave de su gobierno, es un acierto, pero no la rentabiliza políticamente en absoluto. Asturias va bien, que diría José María Aznar, como España, pero ni los asturianos ni los españoles le prestan mayor atención a los claros, porque han fijado más su atención en las nubes.
La política, con su inestabilidad, como la atmosférica, se ha convertido en impredecible y cualquier vaticinio es temerario. Nadie sabe si resistirá Sánchez, el equilibrista al que nunca derriban de la cuerda, ni con los más violentos empujones. Tampoco Barbón, que ha demostrado cierta habilidad para salir del paso, aunque el camino se le va cerrando. Dice Pablo Batalla que se huele el fin de ciclo socialista en Asturias. Puede ser, más que nada porque el abismo está a su izquierda, el que dejaron Podemos y sus purgas, que trata de llenar Covadonga Tomé. Sería histórico, porque caería el último feudo socialista, sin descartar la entrada de la extrema derecha en el gobierno.
O sea, sería un cambio histórico pero también histérico: la histeria de los ultras, el miedo y el rechazo que provocan, es una baza para Barbón. A tiempo está de que no sea la última, porque si lo es está perdido.



























