El miércoles por la noche, los sindicatos de la educación pública asturiana se retiraban de la mesa de negociación con los representantes del gobierno y explicaban a los cientos de docentes reunidos a las puertas del EASMU los avances y los puntos muertos del proceso. El portavoz de CCOO, Borja Llorente, expuso una convincente lista de cesiones por parte del equipo negociador dirigido por la vicepresidenta del gobierno, Gimena Llamedo. A continuación pasó a resumir las demandas que el gobierno no estaba dispuesto a satisfacer. Pero no era una ruptura, sino un receso: seguirían hablando al día siguiente.
No lucía el sol porque era de noche, pero ya me entienden.
En cambio, la noche del jueves se vistió de nubarrones. Esta vez los sindicatos abandonaban la mesa de negociación en el sentido más contundente del verbo. El gobierno se negaba a seguir discutiendo la subida salarial y no contemplaba medidas que mejorasen las condiciones laborales del profesorado de Secundaria.
La subida salarial propuesta por el gobierno es insuficiente. Sin matices. Apenas alcanza la condición de cosmética. Si acaban ustedes de pasar por uno de esos mentideros donde se despelleja sin compasión a los funcionarios que no se conforman con nada, comprenderán que no me extienda sobre el tema. Bastante tengo con recordar lo que se decía de los mineros en los años noventa, como si exigir unas condiciones salariales y laborales dignas te convirtiera en una especie de buitre insolidario. Lo que entonces era una estupidez sigue siéndolo ahora.
Pero el resquemor del profesorado asturiano no se puede reducir a una insatisfacción con las nóminas, aunque insisto: las nóminas siempre reflejan el prestigio social de una profesión y el de la nuestra está claro que no cotiza en el IBEX 35. Los aplausos que se oían cuando Borja Llorente detallaba las propuestas del gobierno para Infantil y Primaria demuestran que lo que mueve esta huelga es una preocupación real por el estado de la educación pública asturiana. Por eso es mayor la frustración al comprobar que la Secundaria no parece ser una prioridad de los negociadores del gobierno. Es verdad que la chispa la prendieron los docentes de Primaria, indignados por la supresión del horario reducido de junio y septiembre, pero los de Secundaria se sumaron a la convocatoria aun cuando en un principio esa supresión no iba con ellos. Hay un malestar que atraviesa por igual todas las etapas educativas, que desborda las peculiaridades de cada una de ellas y adopta tonalidades muy similares, empezando por la más perceptible de todas: el agotamiento.
Las nóminas siempre reflejan el prestigio social de una profesión y el de la nuestra está claro que no cotiza en el IBEX 35
Lo habrán visto y leído estos días, donde quiera que se pregunte a un docente: estamos agotados. Nuestros cuerpos se han convertido en una pieza de maquinaria, forman parte de un engranaje jurídico-administrativo que parece tener voluntad propia y reaccionan como cualquier cuerpo cuando intentan quebrarlo, aplastarlo o estirarlo: recordándole al agresor que, por encima de las leyes educativas, están las leyes de Newton, y por encima de ningún principio político o pedagógico, los principios de la termodinámica.

El cuerpo docente no tiene una elasticidad infinita. Su resistencia es tan limitada como la de cualquier otro cuerpo. Su energía es finita, y si la emplea en fabricar el almidón de los dos mil informes que se le exigen se queda sin ella para dedicarla al alumnado. Sus días duran lo mismo que los de cualquier mortal, de modo que las obligaciones se acumulan fuera del horario lectivo, desbordan la jornada laboral, invaden los fines de semana y se manifiestan a altas horas de la noche en formato electrónico: maldita sea la hora en que Microsoft inventó Teams.
Todo esto lo saben en la Consejería de Educación. Esperemos que lo sepan también la vicepresidenta del gobierno y el consejero de Hacienda, ya que en esa mesa de negociación no hay consejera de Educación que valga.
Lo que quizá no sepan, y habría que explicarles, es que los claustros de los IES están divididos en dos sectores no exactamente igual de numerosos pero igual de influyentes en las aulas y en el clima de opinión de cada centro. Hay un sector importante que es remiso a las novedades introducidas por la LOMLOE, que añora unas aulas monocromáticas y recela de cualquier innovación educativa como si fuera un invento diabólico, como en su día la rueda o el pararrayos. Y hay un sector mucho más numeroso que aplaude el ideal de una escuela sin exclusiones, donde se respeten los derechos de los estudiantes y se vele por su bienestar sin pretender que encajen todos en la plantilla del niño sumiso de familia acomodada que vete tú a saber si existió alguna vez. A estos docentes no tienes que explicarles las virtudes de la inclusión, de los proyectos interdisciplinares, del trabajo colaborativo, porque llevan años practicándolo y agradecen que lo que empezó siendo una excentricidad sea ahora la norma. Pero lo que esos docentes no entienden, ni podrán entender nunca, es que toda esa transformación del sistema educativo dependa de su sola voluntad, de exprimir su horario hasta la consunción y de ver convertidas todas esas bellas aspiraciones en un montón de informes, protocolos y expedientes cuya única finalidad parece ser la de blindar a la administración frente a las hipotéticas demandas judiciales de las familias.
Lo que hemos visto en las calles estos días es a esos dos sectores mano a mano, en primer lugar porque (seamos justos) también a los nostálgicos les preocupa la educación y la dignidad de su profesión, y en segundo lugar porque las ideologías que atraviesan ese malestar de fondo y tiran del cuerpo docente en sentidos opuestos están de momento sujetas a la fuerza centrífuga de la agitación permanente. Tan verdadero es decir que todos queremos lo mismo como decir que todos y cada uno queremos cosas diferentes: nos une un malestar pero nos separa el lienzo ideológico donde lo proyectamos. Este que les habla no se cree ni por un instante que no haya habido consignas entre la extrema derecha para crispar lo más posible estas movilizaciones. Pero sería un disparate que prevaleciera esa lectura: son casi dos semanas de huelga con un seguimiento insólito en un sector tradicionalmente refractario a esa medida de presión, no es verosímil que su objetivo fuera forzar la caída del gobierno y un adelanto electoral.
Pero puede acabar así, no nos engañemos: si el gobierno no deja de leer lo que pasa en las calles con las gafas de lejos, la onda expansiva puede llevarse por delante hasta el despacho de Belarmino Tomás que tanto le gusta al presidente. Los sindicatos de clase usan lentes progresivas: lo han entendido a la perfección. Que no lo entienda el interlocutor que tiene por el mango la sartén de los presupuestos es ahora mismo el mayor peligro al que se enfrentan estas negociaciones. Y no es que la elección sea excesivamente compleja: o se apuesta por apoyar la educación pública asturiana reforzando los mismos principios que el gobierno dice defender sobre el papel, o se abandona el tablero de juego para que lo más reaccionario de cada casa lo ocupe como si le perteneciera por derecho de nacimiento. Ahora es cuando se tiene que notar que la izquierda gubernamental cree de verdad lo que predica. Con reconocimiento a la profesión docente, una buena inyección de dinero público y la valentía necesaria para evitar que nuestros institutos se vengan abajo, y no solo metafóricamente.





























