La otra bestia
Texto: Ana Rujas
Dramaturgia y dirección: José Martret y Pedro Ayose
Intérpretes: Ana Rujas, Joan Solé, Teo Planell y Alicia Aguirre (camarógrafa en directo)
Off Niemeyer, 14 de junio, Avilés
El peso de Oscar Wilde sobre Salomé es tal que ya somos incapaces de ver a la princesa idumea sin la depravación decadentista del “quiero besar tu boca, Iokanaan”, mientras levanta la cabeza del profeta que le ha sido servida en una bandeja de plata. Ana Rujas juega al comienzo de La otra bestia con ese mito introduciendo la cabeza de su cónyuge en la nevera, y al final de la función pidiendo la decapitación y la boca de los espectadores. Un malditismo esteticista que aquí se presenta reducido y atrapado en el ámbito de la insatisfacción vital, más que en la pulsión sexual y la violencia, al no encontrar sentido a las relaciones de pareja, ni a la posibilidad de engendrar un hijo. Con un lenguaje sublimado y el contexto de los años 80 del siglo pasado, Sara, una mujer casada con un arquitecto, ante la eventual ausencia de éste por motivos de trabajo, emprende una relación libre y abierta con un joven atractivo. A la vuelta del viaje del marido la estabilidad de la pareja se quiebra, dando pie a un cruce de expectativas en pugna que no acaban de ofrecer alternativa. Parodiando la especulación psicoanalítica diríamos que estamos ante un ménage a trois no resuelto. Aunque ahora la neurosis la reconocemos instalada en la sabiduría de una mujer lastrada y angustiada por una realidad que considera convencional y mezquina. “¿Se puede ser feliz siendo mediocre?” Son muchos los temas que se apuntan en la pieza, siendo el agobio existencial quien vertebra los conflictos, el amor, los celos, el planteamiento dialéctico de dos términos –racionalidad lógica reflexiva versus creatividad y libertad emocional–, la brecha generacional de valores y la rebelión de un fatalismo femenino, místico, que no acaba de hallar acomodo.
Ana Rujas está estupenda interpretando a esa Sara herida con aires de Vampirella, anhelando lo sublime y rechazando la vida acomodada de una burguesía asfixiante. Escultora de una sola pieza, busca la pasión, la salvación a través del embarazo –real o psicológico– y el perdón de los pecados. Joan Solé brilla como marido arquetípico que trata de salvar su matrimonio y se revuelve desencajado ante una realidad que no comprende. Y Teo Planell es un Adonis indie, despistado, que no sabe si puede seguir viviendo tras la ruptura. Encarna con gran solvencia el conflicto generacional y la expresión desatada de la emoción que representa.

Pero la fuerza y parte del acierto de la pieza radica en la propuesta escénica y en la concepción general del espectáculo de José Martret y Pedro Ayose. Una representación teatral que el espectador simultaneará con la versión cinematográfica de la misma, en tiempo real. A través de la escenografía de Alessio Meloni –una sala de estar, un dormitorio con paredes correderas y una súper-pantalla– convertida en un set de rodaje, y del impecable y milimétrico trabajo de Alicia Aguirre como camarógrafa, con un pulso increíble para la retransmisión ininterrumpida. Dos lenguajes ensamblados en un mismo relato, el plano general de exposición frontal fijo del teatro y las múltiples perspectivas y encuadres recortados del cine en blanco y negro, cuyo trenzado genera matices y recodificaciones para una nueva percepció



























