Un lugar en el mundo. Intemperie neoliberal y corrupción.

El PSOE caoba y el PP están buscando un groko ibérico, un gobierno de gran coalición: personajillos como Madina y Page andan en ello.

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Santos Cerdán en bolas, Sánchez en su laberinto oteando todos los vientos con su potente olfato, Page haciéndose el enterado, Madina creyéndonos amnésicos y prometiendo regeneración con Felipe González, los obispos pidiendo elecciones en actos de Abascal sin meterse en política y el PNV en su habitual papel de notario en una fiesta de borrachos. Para entender los hechos a veces necesitamos conocer otros hechos y otras veces necesitamos repetirnos principios. Así que empecemos por la gracia divina. La gracia de Dios consiste en los dones que recibimos de la divinidad sin merecimiento. Es efecto de un amor que no hay que ganarse ni merecer, gratuito y sin razón. Saliéndonos de las brumas del catolicismo, la gracia divina tiene dos versiones laicas: los derechos y el apego. Sánchez Dragó se preguntaba que por qué tiene que haber una obligación colectiva de ayudar al que no tiene o al que enferma. Dragó era de los que se sienten irreverentes, incorrectos, indómitos y rebeldes pisoteando al débil y lamiendo el culo al poderoso, pero no es eso lo que nos interesa ahora. Lo que nos interesa es lo que contestaría la mayoría de nosotros: hay que atendernos porque tenemos derecho a la salud. Tener derecho a algo es no tener que merecerlo, no tienen que operarnos de apendicitis porque nos lo hayamos ganado; lo tienen que hacer por lo mismo por lo que alguien se arrogó ser caudillo: por la gracia de Dios, porque es mi derecho, porque sí. El apego es el amor o protección que no hay que merecer. El ejemplo máximo es el amor filial, pero no solo. A pesar de ecumenismos e internacionalismos, los humanos existimos en tribus, necesitamos sentirnos parte de una colectividad, de una tribu cuya protección y aceptación no haya que ganarse. Somos primates y necesitamos el grupo. Las incorrecciones ramplonas de Dragó y compañía no son apátridas, sino clasistas. No es que sean ciudadanos del mundo, a buena parte con estos patrioteros tarados; es que quieren una sociedad desigual donde el que la pille para él y el que resbale que se joda (salvo que sea la Iglesia, la banca o los toros). Instintivamente necesitamos grupo y territorio, necesitamos un lugar en el mundo.

El neoliberalismo, desbocado desde la caída del Muro de Berlín, y pretendido con saña por todas las ultraderechas, disuelve las naciones de dos maneras. Por un lado, es un sistema que acumula riqueza donde ya hay riqueza, que impide un mínimo reparto, que elimina los servicios públicos y con ellos, de facto, los derechos que gestionan. La sensación más viva que nos hace sentir parte de un grupo es la protección. Cuando estamos a la intemperie, estamos también solos y ajenos a los demás. La desigualdad radical y creciente no solo es una injusticia que merece enfrentarse con puños apretados; es también un disolvente de referencias grupales comunes y convierte a las sociedades en masas de individuos a granel. Y, por otro lado, el neoliberalismo elimina las naciones porque las multinacionales y grandes fortunas quieren justo gente a granel, no agrupada en estados que los protegen y que ponen límites a su ansia desmedida de lucro. Las leyes nacionales son siempre un engorro. El nacionalismo de las ultraderechas es solo simbólico. Se basa en sobreactuar los símbolos nacionales hasta convertirlos en herramientas de exclusión y persecución. Pero no esperen a ningún ultra enfrentándose a la depredación de extranjeros poderosos.

En la desigualdad descarnada del neoliberalismo está la disolución de la sociedad

La injusticia social y la desesperanza nos arrebatan ese anhelo instintivo y primate de tener un lugar en el mundo. Es una herida que se inflama con la súbita llegada de la inmigración acompasada con una exclusión creciente. De repente en nuestro barrio hay gentes de otras razas y procedencias, las sidrerías van cerrando por jubilación y se abren gastrobares estirados, donde ya no puedes pedir pollo al ajillo y donde los precios te quedan altos. Y no sabrías decir a dónde querrías ir que fuera tu lugar en el mundo. La propaganda te dirá que son esos inmigrantes lo que te excluye y no importa lo delirantes que sean los bulos. Pero lo que nos arrebata la sensación de comunidad es justo lo que nos arrebata la protección, la asistencia que tengo porque sí, no porque la pague o me la gane. En la desigualdad descarnada del neoliberalismo está la disolución de la sociedad. La llegada de gente distinta solo aviva la sensación de desvertebración, pero no la crea.

Santos Cerdán.

En este ambiente, no hay código penal civilizado que prevea lo que merecen las redes de corrupción como la que ahora le toca al PSOE. La corrupción quita el techo sobre nuestras cabezas, es una humedad que pudre nuestros vínculos grupales y disuelve nuestras referencias ya carcomidas por la barbarie neoliberal. No es un daño contable, es un golpe a la nave de la democracia desde dentro, cuando ya está asediada por los bárbaros. Es difícil entender este fenómeno tan repetido, tan esperable y tan disolvente y que no haya mecanismos de control. Un fenómeno de corrupción no debe llevarnos jamás a dejar de decir alto y claro lo mismo que decíamos antes de él, desde la maldad de las derechas que tienen la doctrina de mentir, proteger al delincuente y acosar a las víctimas, hasta las convicciones básicas de la justicia social. Hay que seguir diciendo alto y claro que en los impuestos está la gracia de Dios y que sin estado solo hay intemperie. El olfato de Sánchez lo lleva a Trump. El gasto militar que exige el emperador requiere abandonar enfermos y comprometer nuestras escuelas y la pensión de nuestra vejez. Qué gracia además que exija más gasto en defensa justo quien nos amenaza. Así lo siente la sociedad y cuanto más inflame el emperador la hostilidad más legitimidad ganará Sánchez. Pero es difícil que este encontronazo inyecte en el suelo nacional la autoestima que contrarreste la desmoralización de la corrupción. Ni Sánchez ni Ortiz deben dimitir por lo que hagan activistas ultras con toga, como Peinado y Hurtado, ni por las artimañas del delincuente emparejado con Ayuso. Y no deben hacerlo porque es la democracia lo que defienden contra esos empellones de la caverna. Otra cosa es la corrupción. Sánchez, y solo él, deberá valorar dónde está la defensa de la democracia en la mancha de la corrupción que humedece su partido.

Puede que sea el primer momento en la legislatura en que la verdad cuenta. Habíamos perdido la costumbre de que los hechos significaran más que los bulos. Tengo la sensación de que el nivel de desvarío de las derechas bajó. Sí, dicen que es el peor caso de la democracia, lo que es exagerado y falso, fueron peores los delitos continuados, adornados con volquetes de putas, del PP y su impunidad por la acción militante de los jueces. Pero bajó el nivel de los insultos, tipo felón, traidor, asesino. La derecha es más locuaz en el fango, la verdad no es su lengua materna. En la política de onda corta, la izquierda tiene que tomar nota por enésima vez de su superioridad moral y de que la corrupción en su espacio se paga más cara que en el de las tragaderas sin límite de las derechas. Debe tomar nota de la anomalía heredada de la dictadura del papel de la Iglesia y de las anomalías estructurales de la justicia. Ahora el PSOE caoba y el PP están buscando un groko ibérico, un gobierno de gran coalición que haga de big crunch, de gran colapso, que reduzca el perímetro de lo aceptable a dos opciones políticas indistinguibles, con un Rey y una Iglesia con demasiadas marcas de la dictadura. Personajillos como Madina y Page andan en ello. Es un esquema que viene siendo machaconamente el final de los partidos socialdemócratas y el preludio de la extrema derecha. De zombis como Felipe González solo pueden salir políticas zombis. Por eso, en la política de onda larga, la izquierda (la que haya en el PSOE y la que está fuera de él) debe fijar bien sus prioridades. Sin un lugar en el mundo, la gente abrazará la barbarie creyendo que ahí puede estar su supervivencia. El test para saber las prioridades de las izquierdas es sencillo: ¿a quién molesta y ofende su discurso? Hagan el test y verán qué poco tienen que ver con el lugar en el mundo de la población.

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