Acaba de concluir en La Haya la primera cumbre de la OTAN desde la llegada de Donald Trump a la presidencia de Estados Unidos. El encuentro estuvo marcado por la exigencia directa del mandatario estadounidense de que todos los países miembros deben elevar su gasto militar al 5 % del PIB si quieren contar con la garantía de defensa mutua recogida en el artículo 5 del tratado atlántico. La amenaza no engaña, quien no pague, no será defendido.
A pesar de la alineación incondicional del nuevo secretario general de la OTAN, el neerlandés Mark Rutte, que accedió al cargo con la rápida bendición de Washington y envió a Trump una carta —posteriormente difundida por el propio presidente estadounidense— en la que, en nombre de Europa, exhibía un nivel de sumisión más propio de una escena de BDSM que de diplomacia internacional, no todos en el continente parecen dispuestos a acatar sin rechistar la nueva imposición.
El presidente del Reino de España, Pedro Sánchez, ha declarado que nuestro país no destinará un 5 % del PIB a defensa, y que los compromisos con la Alianza pueden cumplirse con un gasto del 2,1 %. Como era previsible, Trump reaccionó conla hostilidad que le caracteriza “España es un problema para la OTAN”
Pero, más allá del cruce de declaraciones y de la conveniencia de Sánchez en entablar una guerra dialéctica con Trump para esconder sus problemas internos, cabe hacerse una pregunta de fondo:
¿De dónde sale esa cifra del 5 %? ¿Responde a una evaluación técnica de las capacidades necesarias para responder a amenazas reales? ¿O estamos ante otra exhibición de pormishuevismo trumpista, camuflada de doctrina estratégica, que busca corregir desequilibrios comerciales a golpe de misil?
¿Por qué un 5 % del PIB?
La propuesta, canalizada por Rutte en nombre de Trump, divide el objetivo en un 3,5 % para gasto militar puro y un 1,5 % para inversiones vinculadas a seguridad estratégica, incluyendo ciberdefensa e infraestructuras críticas.

Pedro Sánchez ha replicado que España puede cumplir con sus compromisos con solo un 2,1 % del PIB, algo difícil de sostener si se considera que el gasto actual es del 1,3 % y que, aun así, España está a la cola del gasto en una OTAN que parece que concederá ese aumento al 5% siempre que el plazo sea generoso. Sin embargo, la crítica no debería centrarse tanto en si el objetivo español es ambicioso o no, sino en la falta de fundamento técnico para exigir exactamente un 5 % del PIB. ¿Por qué no un 7 % o un 10 %? ¿Dónde están los informes que relacionan capacidades defensivas reales con un porcentaje concreto del PIB?
¿Qué amenaza justifica esta escalada?
El argumento habitual es la guerra de Ucrania y la amenaza del oso ruso, pero conviene contextualizar:
- En 2024, el conjunto de los países europeos de la OTAN gastaron €296.000 millones en defensa.Rusia, en plena economía de guerra, destinó €139.000 millones, aproximadamente el 7,1 % de su PIB. Es decir: Europa ya gasta más del doble que Rusia, incluso antes de cualquier incremento.
Si se aplicara el 5 % exigido por Trump, el gasto militar europeo se dispararía a €455.000 millones anuales. Una cifra que no se justifica ni por las amenazas actuales ni por la necesidad de duplicar capacidades ya existentes.
Entonces si convenimos que el problema no es la capacidad militar en base a las potenciales amenazas, ¿a qué responde esta escalada?
Más que una cuestión de seguridad, todo apunta a una operación de política comercial y presión industrial para enriquecer la industria militar americana y de paso reducir el famoso Déficit comercial con Europa.
- El 64 % del gasto militar europeo en equipamiento va a parar a empresas estadounidenses.
- Cada año, alrededor de €160.000 millones fluyen desde los presupuestos públicos europeos a gigantes como Lockheed Martin, Raytheon o Northrop Grumman. Con un incremento al 5 %, ese flujo superaría los €270.000 millones anuales a medio plazo.
Esta transferencia masiva de recursos públicos hacia la industria armamentística (en detrimento de más inversión que refuerce el estado del bienestar) no se somete a ningún tipo de auditoría estratégica rigurosa. La Unión Europea carece de una coordinación efectiva que evite duplicidades, de una visión común de defensa que permita racionalizar los recursos y de planes serios de autonomía tecnológica que identifiquen con precisión las capacidades y necesidades militares del continente. Porque, convengamos, no tiene sentido asignar los mismos niveles de gasto naval a países con realidades geoestratégicas completamente distintas. Si Polonia, con una franja costera limitada al Báltico, concentra el ejército terrestre más potente de Europa, ¿por qué debería destinar un volumen similar de inversión marítima al que requieren países como España o Italia, cuyas costas se extienden por el Atlántico y el Mediterráneo —solo por este último en el caso italiano?
Sin un escandallo estratégico común, el aumento del gasto militar se convierte en una acumulación ineficiente de capacidades, al servicio de intereses industriales y geopolíticos ajenos, más que de la seguridad europea real.
¿Y Europa?
Frente a este chantaje geopolítico, la respuesta europea es débil y desarticulada. Nadie plantea seriamente una alternativa común y autónoma, ni una integración de capacidades que evite que cada país refuerce sus fuerzas armadas como si fuera una isla. La OTAN sigue operando como un mercado cautivo para la industria armamentística de Estados Unidos, y Europa, lejos de avanzar hacia una soberanía estratégica, subsidia con dinero público su propia dependencia de una EEUU regida por una persona amoral que no superaría un mínimo examen psicológico.
El 5 % del PIB no es una cifra técnica, es una cifra política. No responde a amenazas, sino a intereses. Su aplicación consolidaría un sistema en el que Europa cede su soberanía militar y financiera a cambio de una promesa de protección condicional, mientras desatiende sus propias prioridades sociales e industriales.
Europa debe decidir si quiere seguir siendo un protectorado militar subsidiado, o si asume de una vez por todas el papel de potencia capaz de garantizar su propia seguridad, sin tutelas, chantajes ni sumisiones innecesarias.Nos adentramos en una etapa incierta, con pulsiones autoritarias creciendo dentro y fuera de nuestras fronteras. En este contexto, Europa debe elegir, o se convierte en un bastión de los derechos humanos y el multilateralismo, o se resigna a seguir los vaivenes del dictador de turno, ya sea en Washington, Moscú o Pekín.
“Es el único país que no pagará la totalidad, quieren quedarse en el 2 %. Creo que es terrible. Ya sabes, les va muy bien, la economía va muy bien, y esa economía podría desaparecer de un plumazo si ocurriera algo malo” ha dicho Trump.
Que un presidente de Estados Unidos amenace abiertamente la economía de un socio europeo por no plegarse a una exigencia arbitraria en materia de defensa es, en sí mismo, un hecho grave, pero más grave aún es el silencio cómplice del resto de aliados, que han aceptado sin rechistar un incremento de gasto militar tan desproporcionado como carente de justificación estratégica. Qué dice esto de la soberanía europea, de su capacidad de iniciativa o de su dignidad política… es un debate que, por incómodo que resulte, ya no puede aplazarse, Europa es una colonia americana y lo peor es que no se avergüenza de ello.



























