“La puñetera verdad es que la Junta no ha querido saber nada del documental porque es de León”

Carlos Rodríguez, director de "El bosque salvaje de Pardomino", habla de invisibilización territorial, ética ecológica y resistencia audiovisual.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

Tres años de grabación, treinta cámaras trampa, más de 1.100 kilómetros recorridos a pie en un valle de apenas ocho. Ocho osos distintos registrados; una manada de lobos seguida casi como una obsesión; y un paisaje que parece fuera del tiempo con cientos de robles centenarios que ya estaban allí antes de que se construyeran las carreteras o se dibujaran las provincias en un mapa.

El bosque salvaje de Pardomino no es un documental al uso. Ni por su método —cámaras sin intervención, sin cebos, sin guión preestablecido— ni por su enfoque. Tampoco lo es su autor, Carlos Rodríguez, biólogo, cineasta y fundador de Bicho Producciones, una productora leonesa de espíritu combativo. La película ha sido rodada en uno de los espacios más valiosos —y más desconocidos— de la Cordillera Cantábrica: Pardomino, un enclave natural en el norte de León, entre Boñar y Puebla de Lillo, que apenas aparece en los mapas turísticos, pero que representa uno de los mejores ejemplos de bosque maduro que quedan en Europa.

Rodríguez defiende que sin León no habría Cordillera Cantábrica que conservar. Y lo hace desde un lugar incómodo: fuera de los focos, sin subvenciones de la Junta de Castilla y León e ignorado por la televisión pública, tal y como él denuncia. Pero, eso sí, con el respaldo creciente del público, que llena cada pase y cada coloquio donde tiene lugar una proyección del documental. Este viernes, sin ir más lejos, estuvo en los Cines Embajadores Foncalada de Oviedo/Uviéu presentando el documental dentro de la jornada “Cine, filosofía, música y lobos”, organizada por el Fondo para la Protección del Lobo Ibérico.

La suya es una apuesta por una mirada lenta, sin fuegos artificiales, donde el silencio tiene tanto peso como la imagen. Una forma de mirar que no responde al mercado, pero sí a la vida salvaje. Hablamos con él sobre naturaleza, política, lobos, gestión pública, paciencia y rabia cazurra.

León, los invisibles del relato ambiental

El documental nace tras tres años de grabación en Pardomino, un bosque casi invisible en los mapas turísticos. ¿Por qué este lugar y no otro?

Fui a parar allí porque en mi última etapa en la Universidad, trabajando en la de Oviedo, estuve haciendo cosas en Muniellos. Entonces me di cuenta del valor que tienen las reservas integrales para investigar y observar sin interferir. Lo más parecido a Muniellos en la Cordillera Cantábrica es Pardomino, y por muchas circunstancias —entre ellas, que me permitían trabajar a un buen nivel—, fue ahí donde decidí quedarme. Y ahí empezamos.

Has dicho en alguna entrevista que esta película nace de una “rabia cazurra”, al ver cómo otras producciones graban en León, pero lo presentan como si fuera Asturias o Cantabria. ¿Crees que León ha sido sistemáticamente invisibilizado también en el relato ambiental?

Sí. Y no se trata de discutir si Asturias está en mejor estado de conservación que León, eso no tiene sentido. Estamos hablando de la Cordillera Cantábrica como unidad biogeográfica. La cordillera es un paraíso, y eso es así incluso con todas las críticas que podamos hacerle a la gestión. Seguimos pudiendo —sin gastar dinero, solo con algo de esfuerzo físico— ver paisajes que están al nivel de conservación de cualquier parque nacional del mundo. Eso está ahí. Pero sí, León tiene un problema muy serio. Es un problema político de fondo: lo metieron en una comunidad con la que no tiene afinidad. Y el problema es que esa comunidad tampoco la tiene con León. Así que León está ninguneado por activa y por pasiva. Por pasiva porque no se le promociona. Y por activa porque cuando alguien lo promociona, como ha sido el caso de este documental, pasan absolutamente de todo. La puñetera verdad es que la Junta no ha querido saber nada del documental porque es de León.

Carlos Rodríguez en los Cines Embajadores de Oviedo/Uviéu. Foto: David Aguilar Sánchez

En la película, Pardomino no es solo un escenario. Es casi un personaje. ¿Qué tiene este bosque para que lo describas como algo único en toda Europa?

Lo mismo que tiene Muniellos: una masa arbórea dominada por una especie longeva que ha tenido tiempo y espacio para prosperar. El bosque de Pardomino es un bosque maduro. Aquí podríamos discutir cuánto, si está más o menos intervenido, pero a mí eso me da igual. Lo que hay es una calidad ecológica brutal, propiciada por la presencia de cientos de robles centenarios, en una densidad que no es nada común. Normalmente nos damos un paseo para ver un único árbol centenario y eso ya nos parece increíble. En Pardomino paseas entre ellos constantemente. Eso genera un entorno con una diversidad vegetal y animal que está a la altura de cualquier expectativa. Si alguien quiere ver el máximo esplendor de la Cordillera Cantábrica, Pardomino es el sitio.

Documentas ocho osos distintos, una manada de lobos, desmanes ibéricos, martas…

Y todos ellos en libertad. Lo importante aquí no son solo las especies, sino lo que hacen. El comportamiento. Porque lo que yo quería no era simplemente mostrar animales, sino contar cómo viven cuando no los estamos mirando. Lo que hemos grabado en algunos casos no se había visto nunca. El valor de todo esto no es estético, es ecológico, incluso científico.

Otra forma de mirar la naturaleza

Y todo sin interferir. ¿Cómo se logra grabar esa intimidad salvaje sin alterar nada?

Cuando empezamos con el proyecto, además de la rabia cazurra a la que me gusta referirme por lo que he dicho antes sobre la invisibilización de León, lo que yo quería era una aproximación distinta. Estos son temas de los que todo el mundo sabe más que yo, pero vi una posibilidad clara de arriesgar con las cámaras trampa automáticas. En aquel momento no eran una técnica profesional. Solo la BBC tenía acceso a equipos buenos, pero con algo de maña electrónica conseguimos modificar las cámaras que teníamos. Cambiamos lentes, ajustamos cosas… y al final apostamos por ese modelo. Nos criticaron un poco. Algunos pensaban que no íbamos a conseguir calidad suficiente, que nos íbamos a estrellar. Pero llevamos once premios internacionales, muy buena acogida de público y, bueno, ahora, después de tanto tiempo, desde una productora tan pequeñita podemos decir que teníamos algo de razón. Lo que hemos grabado no se había visto antes. Animales absolutamente tranquilos. Eso no se ve ni yendo al monte.

Apostáis por una observación paciente, sin cebos ni manipulaciones. ¿Es también una toma de postura frente a cierta manera de hacer documentales de naturaleza?

No lo llamaría “frente”, pero sí es nuestra forma. Hay películas que todos tenemos en mente, que han funcionado muy bien en salas, pero que están mucho más cerca del concepto de cine que del de observación de naturaleza. Usan cámaras buenísimas, una logística muy pesada. Eso exige tenerlo todo muy controlado para que el equipo dé resultados. Nosotros hicimos lo contrario. Cuando eres tan ligero como un tipo con mochila y treinta cámaras, puedes permitirte esperar. Tardará seis meses o tres años, pero llegará. Algún día el oso pasará por allí y cuando lo haga, lo verás haciendo lo que le dé la gana, no lo que tú le digas. Nosotros no ponemos cebos. Si olisquea un sitio, es porque ha querido. Y luego tú, como realizador, puedes tratar de entender qué hacía. Ahí está lo fuerte. Esa capacidad de asombro y de aprendizaje es brutal. Para mí, como biólogo y como cineasta, ha sido una fuente continua de descubrimiento.

¿Lo consideras una forma de resistencia audiovisual?

No, no lo veo como resistencia. Es mi estilo personal. A mí, el otro estilo, como amante de la naturaleza, me aporta muy poco. Lo entiendo, lo respeto, pero no me llega. Y te digo más: a pesar de que las pequeñas productoras como la mía no interesamos a las distribuidoras y a pesar de que TVE o la 2 directamente ni nos responden, hay algo que sí me importa: el público. El público es inmenso, es diverso, es inteligente. El público me dice que le gusta cómo le he mostrado a los animales. Lo sé porque me pasa igual. Yo también me emociono. A veces no me siento el realizador del bosque, sino un espectador más. Voy a revisar una cámara, veo una escena inesperada y se me pone un nudo en la garganta. Esa emoción es la misma que siente la gente en la sala. Por eso creo que la visión de mi productora es también la de mucha otra gente que sale al monte a mirar, sin pretensiones.

Uno de los hilos más poderosos del documental es tu relación con una manada de lobos. ¿Cómo afectó emocionalmente ese vínculo a tu forma de grabar?

Pues mal. El protagonista es el bosque y eso se ve al final de la película, pero hubo un momento en que crucé la mirada con un lobo. Y no me ignoró. Esa manada no me ignoró. Y ahí te cambia todo. Pasé a acostarme pensando en ellos cada día. Y eso no es práctico. No es rentable. Pero lo necesitaba. Necesitaba saber qué les pasaba. Y si lograba entenderlo, también podía contarlo. La gente lo agradeció, sí, pero yo he vivido momentos muy duros. La vida en el monte no es idílica. Hay animales que mueren, otros que quedan malheridos. Y eso duele. El vínculo se vuelve inevitable. Es imposible mantenerse frío cuando ves todo eso tan de cerca.

Ernesto Díaz, Silvia Cosio y Carlos Rodríguez durante la presentación. Foto: David Aguilar Sánchez

Conservar sin destruir: una educación del asombro

En varios momentos lanzas un mensaje claro: mostrar el bosque, sí, pero sin masificarlo. ¿Cómo se enseña sin destruir? ¿Dónde está el equilibrio entre conservación y acceso?

El equilibrio es facilísimo de encontrar. Lo que pasa es que es difícil de implementar. Y eso tiene que ver con que los políticos que hemos puesto no se toman en serio el medio ambiente. Nadie cree de verdad en la educación ambiental. Se les llena la boca con palabras como capacitación social o conservación, pero no se lo creen. Ahora bien, yo creo que el órgano gestor de la parte leonesa de la cordillera sí lo tiene claro. Hay gente ahí que sabe perfectamente que ese equilibrio se puede alcanzar. Cuando la gente ve lo que hay en una reserva integral como Pardomino, aprende a valorar. Y aprende también a buscar belleza en otros sitios accesibles. Porque al lado de Pardomino hay valles parecidos, con los mismos elementos naturales, donde se puede pasear sin dañar nada. Esa es la clave: ves lo que hay cuando nadie lo toca, y entiendes que eso tiene un valor enorme. Es una experiencia casi filosófica. Yo he estado en sitios fuera de España donde gente anónima, sin tener nada que ver con la gestión, te dice: “Este lugar es muy tranquilo para los animales, mejor no entres si no es imprescindible”. Y lo respetas. Porque entiendes que hay otros sitios donde sí puedes ir.

Una escena de la película.

Para la exhibición del documental habéis apostado por proyecciones acompañadas de coloquios. ¿Es algo buscado o que ha surgido?

Fue sobrevenido, pero con el tiempo nos hemos dado cuenta de que es lo mejor que nos podía haber pasado. Ya lo hicimos con Durienses, otro documental anterior que también fue ignorado por los medios oficiales. Pero las salas estaban llenas y los coloquios eran alucinantes. La gente preguntaba cosas que te dejaban sin palabras. Ahí es donde te das cuenta de que ese diálogo en directo enriquece muchísimo. El coloquio se ha convertido en una parte fundamental al proyectar el documental. La gente se queda, escucha, se reconoce en otras opiniones. Confirma que no está sola, que pensar que la naturaleza debe tener su lugar en cualquier modelo de desarrollo es lo más lógico. Que si no se lo damos, es por torpeza, ignorancia o codicia. Una reserva integral como Pardomino tiene solo 2.000 hectáreas. Es ridículo a nivel de superficie y sin embargo nos da muchísimo. Pero ahora estamos en un momento muy difícil. Las redes están dominadas por energúmenos, la gente no se atreve ni a pensar. Y en el coloquio, sí. En el coloquio ocurre algo. La gente se suelta, reflexiona, conecta.

Después de esos tres años inmerso en el bosque, ¿qué te ha enseñado Pardomino? ¿Ha cambiado algo en ti como cineasta o incluso como persona?

Sí que me ha cambiado. Lo mismo que te decía antes sobre la gente que ve el documental, lo he vivido yo en carne propia. El saber que esas 2.000 hectáreas de Pardomino —y muchas otras como Muniellos— siguen ahí, que todavía existen, me da una esperanza enorme. Siguen siendo lo más cercano que tenemos a un mundo natural intacto. Y no es un mundo perdido. Está ahí. Eso me ha hecho tener más fe. Más fe en ciertas ideas. Y la fe te da fuerza. Antes de hacer la película, por ejemplo, yo no quería hablar con cazadores ni con colectivos que sentía que estaban en las antípodas de mi visión. Ahora no. Ahora esa misma fe en que el mundo puede seguir siendo tan bonito como es, me lleva a hablar con todos. A intentarlo. Porque quiero que esto cambie. Y si hay que hablar con todo el mundo para protegerlo, se habla. Yo ahora me siento más fuerte. No sé si por ver tantos animales, por haber pasado tanto tiempo allí… pero sí, me ha hecho una persona más capaz de hacer cosas. Más resistente.

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