Gran coalición, gobierno Frankestein y anacronismo inverso

El PP quiere un gobierno de coalición como el alemán: Feijoo sería presidente, el PP tendría la mejor parte y el PSOE sería un actor secundario

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Enrique Del Teso
Enrique Del Teso
Es filólogo y profesor de la Universidad de Oviedo/Uviéu. Su último libro es "La propaganda de ultraderecha y cómo tratar con ella" (Trea, 2022).

Recuerdo cuando había que escoger las lentejas de entre arenilla y piedras. Las encuestas del CIS tienen un montón de datos a granel, perdidos también entre arenillas, que los analistas atentos expurgan para ver lo que está a la vista, pero oculto entre impurezas, como las lentejas. Así Iván Redondo vio que, sumando la preocupación ciudadana por el Gobierno, por los políticos, por los partidos y por la corrupción, se obtiene el total de la preocupación ciudadana por la clase política, llamémosla así. Resulta que ese total es el triple que la preocupación por la vivienda y el cuádruple que la preocupación por el paro. Con tres guerras aullando, la vivienda en niveles absurdos y la economía entre brumas internacionales, lo que se percibe como principal problema es la política y sus actores. Esto indica tres evidencias: los políticos no ven al pueblo, el pueblo no ve los hechos y las oligarquías sueltan a sus perros ultras para impugnar la democracia.

Ante tanto desbarajuste arrecian voces y presiones para que se forme un gobierno de gran coalición, a la alemana, entre PP y PSOE. Los dos grandes partidos deben aparcar sus diferencias y centrarse en lo fundamental, lo que se dice altura de miras por el bien común. No es una propuesta, es una presión y casi una amenaza. Fijémonos para empezar en quién exige este groko castizo. Los enardecidos exhortadores son dos grandes bloques. Creo que, aunque unos tengamos más personalidad y estilo que otros, a todos nos afecta en la conducta la mirada de los demás. Cuando tenemos mucha atención pública, mucha mirada, por muy gente de principios que seamos, inevitablemente nuestra conducta se deja navegar por la aprobación y desaprobación de según quiénes. Ocurrió de forma intensa en la transición y quizás más en los 80. Los 80 fueron la época de normalización, apertura y diversión. Muchos personajes conspicuos de los 80, al desaparecer del foco y dejar de ser afectados por la mirada de los demás, recuperaron su verdadera forma. Como encima se vieron irrelevantes en un mundo que, en su movimiento natural, los iba ignorando, su verdadero ser se fue impregnando de frustración y resentimiento sordo. Así se muestran cascarrabias y ruidosos Felipe González, Alfonso Guerra, Leguina, Savater y unos cuantos más. Hasta el pobre Corcuera creyó que le importaba a alguien que él rompiese el carné del PSOE. No fue cosa solo de políticos, repasen grupos de la movida a los que los años, acabado el divertimento del guateque, hicieron invisibles y vean el resentimiento reaccionario que mastican. Pues bien, uno de los grandes grupos que rugen por el gobierno de concentración nacional es el de estos resentidos (ya saben, González, Guerra, Savater, …) que, en su ofuscación, destilan ya más odio crudo que razonamiento.

Los 80 fueron la época de normalización, apertura y diversión.

El otro gran grupo es el ventajista, el que saca tajada, la derecha política y económica. El PP quiere un gobierno de coalición, porque hoy por hoy sería, efectivamente, como el alemán: Feijoo sería presidente, el PP tendría la mejor parte y el PSOE sería un actor secundario, apenas un colorante de un gobierno conservador. Para la derecha económica todo es beneficio. Si el PP es fuerza principal, tendríamos un gobierno conservador y un partido socialdemócrata subalterno que sería un terrón de azúcar en una taza caliente. Si el partido socialdemócrata es la fuerza principal, casi mejor, el gran pacto le obligaría a hacerse conservador y su condición de izquierdista le daría un toque como de altura de miras. No olvidemos que Margaret Thatcher dijo que su mayor éxito político fue Tony Blair. El empuje para la gran coalición, como se ve a simple vista, viene del resentimiento y del ventajismo de los que tienen todas las ventajas. No apetece, desde luego.

Arturo Pérez Reverte presentando su última novela. Foto: Youtube.

La gran coalición se plantea en un contexto turbio. El gobierno ultra de EEUU exige a Europa que ponga el huevo para aliviar su deuda. La exigencia de gasto en defensa es exigencia de que se le compren a EEUU millones de dólares en armas. Y en Europa entra el virus de la identidad. Meloni dice que venimos de Grecia y Roma y del judeo–cristianismo. A Reverte le duelen las manos de aplaudir, de tan culto que le sonó eso. Ni siquiera echó de menos para el caso de España, el tercer afluente, el árabe. Fueron ocho siglos y solo hay que echar un ojo al DRAE. No caen en un idioma más de cuatro mil palabras de origen árabe porque sí. Pero, como toda historia es contemporánea, y justo ahora estamos siendo invadidos por los árabes, dicen, pues dejémoslo en la cosa greco–latina y judeo–cristiana. Se invocan los orígenes para insinuar una fantasmagórica esencia europea y para fijar qué está dentro y qué está fuera practicando un anacronismo inverso. Es anacronismo decir que la Constitución de Cádiz es machista, porque niega el voto a las mujeres. Para la época, fue una constitución progresista, la igualdad de la mujer no se había planteado. Es anacronismo inverso elogiar la Constitución de Cádiz y, sobre su magisterio, exigir la retirada del voto a la mujer. Si malo es proyectar valores actuales sobre el pasado, peor es tomar valores del pasado para el presenta. De eso va lo de nuestra esencia greco–latina y judeo–cristiana. Establecido que esa es nuestra esencia, y visto que en esos orígenes no hay avales para el aborto, la transexualidad o la subida de impuestos a la banca, se considerarán no debatibles tales cosas, porque serían ajenas a lo europeo. Anacronismo inverso: invocan a Grecia y Roma como nuestro origen, pero para disecar a Europa en valores de hace dos mil años, de una versión de Grecia, Roma y el cristianismo a su vez disecada. Sobre esa base, serían ajenos a Europa credos religiosos, ateísmo, razas y costumbres que ellos digan que no son europeas. Estamos viendo en Torre Pacheco el activismo que quiere a esa Europa esencial, en la que no caben rojos, maricones, ni africanos: Europa greco–latina y judeo–cristiana, siendo greco–latino y judeo–cristiano lo que ellos digan. Ahí podemos aprender que la solidaridad con minorías no es buenismo, sino legítimo egoísmo. Una vez se aceptan falanges para atormentar a minorías, se usan para cualquier otra cosa. Ahí tienen a los desokupas, tolerados para combatir el inexistente problema de okupaciones y ya ven cómo se expanden a mamporrear a negros y a rojos. No es solo altruismo y buenismo. Cuando se atropellan derechos a minorías, se busca un roto que luego pueda rasgar la sábana de libertades de todos los demás, es la larva del autoritarismo y la violencia organizada. Claro que en Torre Pacheco sí pudimos ver buenismo en vena: el que las autoridades practican con la ultraderecha. Solo les fata cantarles una nana. La ley de partidos por la que se ilegalizó a Herri Batasuna en 2003, aún en vigor, dice en su exposición de motivos: «El objetivo es garantizar el funcionamiento del sistema democrático y las libertades esenciales de los ciudadanos, impidiendo que un partido político pueda, de forma reiterada y grave, atentar contra ese régimen democrático de libertades, justificar el racismo y la xenofobia o apoyar políticamente la violencia y las actividades de bandas terroristas». ¿No es buenismo no investigar a Vox?

Así que en este contexto es evidente que sí necesitamos una gran coalición de gobierno, con fuertes renuncias de cada parte y siempre con la mirada en la democracia, las libertades y la justicia social, con barreras a extremismos amenazantes por el bien de todos. Y ahí lo tenemos, está en el ecuador de la legislatura. Una gran coalición de fuerzas periféricas, incluso independentistas, y estatales para proteger las libertades de extremismos raciales, xenófobos y autoritarios. Es una gran coalición que detiene a quienes quieren quitarnos la Seguridad Social y la atención médica, no soportan que haya enseñanza pública y quieren quitar los impuestos a los ricos y los derechos a los demás. Nuestro groko para arrimar el hombro por el grueso de la sociedad. ¿Saben en qué se diferencia un gobierno de gran coalición de un gobierno Frankenstein? Yo tampoco.

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