Cuando me dijeron que las maletas habían quedado en el aeropuerto de Barcelona, lo primero que pensé fue que ahora sí iban a quitarme la fabada que mi madre me había dado. Había viajado con este presentimiento todo el camino, pensando que el equipaje no iba a resistir aquel viaje de vuelta con dos escalas contrarreloj e intentando hacerme a la idea de que alguna de las dos maletas no iba a llegar. Tampoco estaba segura de que yo fuera capaz de cumplir un itinerario que ya sobre el papel resultaba trabajoso, aunque hace tiempo que he dejado de ponerme nerviosa, o no tan nerviosa, cuando me toca hacer conexiones y los aviones se retrasan. Al final, siempre se acaba llegando, y los contratiempos de los que tenemos el privilegio de viajar para conocer otros lugares o visitar a nuestras familias en otro país no son problemas.
Y este era un contratiempo, así que mientras escrutaba la cinta de recogida de equipaje, confiando en que las maletas todavía podrían salir, el cansancio acumulado a lo largo de las diecinueve horas que habían pasado desde las siete de la mañana de España cuando el taxista pasó a recogerme en Grullos hasta las diez de la noche de Nueva York cuando llegué a esta ciudad empezaba a molestarme más que ninguna otra cosa. Lo que quería era estar pronto en casa, darme una ducha y echarme a dormir. A fin de cuentas, había llegado en paz y eso, como diría mi abuela, era lo más importante. Si las maletas aparecían o no, y si la fabada y demás golosinas que había empacado superaban la inspección de aduanas ya veríamos.

Pero como la realidad de acostarme aún era fantasía, no pude evitar la tentación de revisar mentalmente todo lo que podrían quitarme en seguridad al día siguiente cuando yo no pudiera declarar que no traía especies invasivas ni sustancias tóxicas que pusieran en peligro la agricultura de los Estados Unidos, como si el glifosato con que Bayer alimenta las tierras de medio mundo no estuviera infestando los suelos, los recursos naturales y las vidas de una parte significativa del planeta.
Además de la fabada que mi madre me había comprado a principios de verano en El Fontán, con el compango incluido, podrían quitarme, si lo consideraban potencialmente dañino, los garbanzos, las mermeladas de naranja que ella y Amada habían estado haciendo por el invierno, las fabas sin compango que yo había comprado en el mercado de Grao, el pimentón de la Vera y los dos sobres con simiente de pimientos del Padrón que quería regalarme a una de mis cuñadas de San Antonio. En el caso posible de que las maletas ni siquiera llegaran –en las historias de viaje esta es otra posible– lo que más iba a sentir eran los libros, y lo que más iba a fastidiarme era tener que ir de compras para reemplazar el calzado, los vestidos y toda la ropa interior que allí llevaba.
Pero las maletas llegaron intactas a los dos días. No había en ninguna de ellas ni un arañazo, ni un rasguño, ni un indicio físico de que hubieran sido sometidas a ningún tipo de inspección en el control de aduanas de los Estados Unidos de América. Todo seguía en el lugar en el que yo lo había colocado, con el mismo orden, el mismo arreglo y la misma disposición que había decidido en su momento que tuviera.
“En junio del 2023, cuando llegaba al aeropuerto de Ranón para iniciar mi estancia de verano en Asturias, coincidí en la recogida de equipaje procedente de vuelos internacionales con una mujer dominicana”
Respiré aliviada, con una dosis adicional de alegría, pensando inmediatamente en la suerte que siempre había tenido cada vez que las maletas quedaban atrás. También en los privilegios porque, aunque tal vez este no fuera el caso, de todos los años que llevo trayendo a Estados Unidos productos que no se supone que traigas, solamente nos los quitaron en dos ocasiones que venían en la maleta que arrastraba mi marido, cuya fisionomía se ajusta a esa lectura racial que acaba determinando con demasiada frecuencia quién puede cruzar fronteras con absoluta tranquilidad y quién tiene que sentirse inseguro cada vez que se mueve. Sin importar tampoco la dirección en que se mueva.
En junio del 2023, cuando llegaba al aeropuerto de Ranón para iniciar mi estancia de verano en Asturias, coincidí en la recogida de equipaje procedente de vuelos internacionales con una mujer dominicana. A pesar de lo temprano que era, y de las muchas horas de viaje y y vuelos que tenía que traer encima, a aquella mujer se la veía feliz, exultante, con la energía exagerada que le produce a uno el haber pasado un tiempo en la tierra en que creció y haber podido respirar ese aire irrepetible que te ensancha los pulmones.

Traía una maleta negra y el equipaje de mano. Yo traía la misma maleta de color amarillo con la que he viajado los últimos veinte años y una maleta de cabina que me habían dejado facturar sin coste adicional en Nueva York. Estaba delante suyo en el control de aduanas y, cuando el policía me preguntó si tenía algo que declarar le dije que no. Seguí caminando y anticipé con esa emoción que se renovaba cada verano, las caras de mi padre y de mi padre esperándome al otro lado de las mamparas con una emoción idéntica a la mía, pero el cambio de tono del policía que segundos antes me había dado la bienvenida y me había dicho que pasara, hizo que quisiera detenerme a escuchar.
Con una insistencia que se había ahorrado conmigo, el policía le preguntó a la mujer dominicana, cuando ella le dijo que no tenía que declarar ninguna cosa, si traía semillas o frutas, y al preguntarle, el policía enumeró la lista de las frutas que él se imaginaba que podría traer cualquier persona recién llegada de la República Dominicana, y que coincidía con la lista de frutas que había enumerado poco antes cuando le hizo la misma pregunta a un hombre senegalés que había pasado delante mío, como si República Dominicana y Senegal se encontraran en un punto idéntico del mapa y en un lugar y otro solo hubiera cocos, aguacates y mangos.
“El funcionario de aduanas tuvo que sentirse terriblemente satisfecho ejerciendo su autoridad, cumpliendo lo que quizás él entienda que son sus responsabilidades profesionales.”
Cuando la mujer dominicana, con la alegría desafiante del principio dibujada en el rostro le dijo que no, lo mismo que había hecho el hombre senegalés, el policía repitió la pregunta y enumeró por segunda vez la lista de frutos tropicales. Lo hizo una vez más y la mujer dominicana, conservando aún aquella alegría genuina que el interrogatorio no había conseguido quitarle, le dijo que traía canela. Si uno busca en internet la lista de productos que está prohibido transportar entre los países que restringen el libre transporte de productos, la canela no aparece en esa lista. Un policía de aduanas debe saberlo mejor que cualquier ciudadano, pero bastó que la mujer dijera eso para pedirle que lo acompañara y ponerse a diseccionar una maleta en la que estoy segura que llevaba más emociones que cosas.
El funcionario de aduanas tuvo que sentirse terriblemente satisfecho ejerciendo su autoridad, cumpliendo lo que quizás él entienda que son sus responsabilidades profesionales y, sobre todo, haciendo uso de su correspondiente cuota de racismo. Ignoro cuánta canela podría haber traído aquella mujer de su país, y confío en que no se la hayan quitado, pero repartidas por toda mi maleta –la de color amarillo que es la más grande– yo llevaba por lo menos cinco o seis botes de canela mexicana para mi madre y las vecinas.



























