La monotonía del mal

El horror cotidiano en Palestina se prolonga entre hambre, sed y bombardeos, mientras la comunidad internacional mira hacia otro lado.

Recomendados

Marta González
Marta González
Traductora y profesora de Filología Griega en la Universidad de Málaga. Asturiana a distancia.

Habla Simone Weil en La gravedad y la gracia de la monotonía del mal. Dice así: “El mal imaginario es romántico, variado; el mal real es sombrío, monótono, desértico, aburrido. El bien imaginario es aburrido; el bien real es siempre nuevo, maravilloso, embriagador”. Por eso, continúa, las novelas son aburridas o inmorales. Cuánta razón tenía.

Es fácil de entender, al menos para mí, que adoro la monotonía y la rutina y la valoro infinitamente quizá porque los dioses me la conceden racionada. Mi amiga Paqui, que tan a menudo escribe aquí mismo en NORTES sobre maletas y aeropuertos, sabe de lo que hablo. El bien puede ser aburrido cuando se imagina, pero es lo más opuesto al aburrimiento cuando se hace real. Es un paraíso y un privilegio.

El mal real, en cambio, nos cuesta entenderlo si no lo sufrimos. Le abrimos con gusto la puerta al mal imaginario en películas, series, novelas, ensayos. Pero el mal real, cuando es el Mal, puede que sea inimaginable y eso explique que podamos vivir sabiendo que existe a condición de que hagamos como que no existe. El mal real sucede ahora en Gaza, y lo sabemos, pero no vivimos como si lo supiéramos, no podríamos vivir si de verdad lo supiéramos.

Manifestación en Oviedo contra la guerra en Gaza FOTO: Kike Gallart

Sabemos que hay un genocidio en curso que ya no tiene marcha atrás, que un estado colonialista y criminal, Israel, ha arrasado minuciosamente la tierra palestina, ha ocupado y sigue ocupando sus ruinas, que algún día reconstruirá y disfrutará, que ha asesinado a miles de sus habitantes y que está dejando morir de hambre y dolor a cientos de niñas y niños. No ha lanzado una bomba atómica que nos dejara atónitos y sin capacidad de reacción.

El genocidio perpetrado por los sionistas ha sido anunciado y permitido. EE.UU. y Europa lo consintieron y siguen alimentando a la bestia, comprando y vendiendo armas a los asesinos mientras, de vez en cuando, debaten si, quizá, Israel está incumpliendo alguna ley y si, quizá, en unos meses, estaría bien debatir si reconocer el estado de Palestina o no. Sin prisa, mientras los niños agonizan de hambre. Esos representantes nuestros saben que está teniendo lugar un genocidio, aunque no lo digan, y saben que son cómplices. Algunos callaron cuando podían hacer algo y hablan ahora para limpiarse un poco cara y manos, como Borrell. Lo saben, pero quieren vivir como si no lo supieran, como si nunca lo hubieran sabido.

“El estado genocida de Israel no puede evitar que imaginemos ese mal, aunque conocerlo en su realidad se nos escape.”

¿Y nosotras, ciudadanas de a pie? Saberlo de verdad sería hacer un esfuerzo por imaginar ese mal real, y perdón por la contradicción que supone hablar de imaginar la realidad, ahí está el problema. ¿Cómo imaginar ese mal sombrío y monótono del que hablaba Weil, ese mal infernal? Despertar con hambre, pasar un día entero con hambre y con sed, sin agua limpia para lavarse, oír cómo lloran los niños, los enfermos, asistir a la muerte de otro familiar más, de una amiga, de un vecino, saber que es inútil buscar ayuda, que no hay alimentos ni medicinas, que las bestias han inutilizado los hospitales, que ir en busca de un poco de harina puede costar la vida, oír disparos, seguir escuchando lloros, seguir sintiendo el calor, la suciedad, la sed, el hambre, el dolor. Y no ha pasado ni un minuto. Después tiene que pasar otro minuto, una hora, otro día, el día entero y su noche. Y volver a despertar en el mismo infierno. Por eso creemos que sabemos, pero en realidad no sabemos.

El estado genocida de Israel no puede evitar que imaginemos ese mal, aunque conocerlo en su realidad se nos escape. No puede evitarlo, aunque elimine uno tras otro a quienes lo están documentando. Este pasado domingo el ejército de Israel asesinó a Anas Al-Sharif, uno de los periodistas más valientes de Gaza, premiado por Amnistía Internacional, y a cuatro de sus compañeros, Anas Mohammed Qreiqeh, Ibrahim Zaher, Mohammed Noufal y Moamen Aliw. Francesca Albanese, relatora especial de las Naciones Unidas para los Territorios Palestinos, ya había denunciado el peligro que suponían las falsas acusaciones de terrorismo contra Anas Al-Sharif.

Para la historia de la vergüenza quedará la manera en la que informaron algunos periódicos (entre nosotros no podía faltar ABC) recogiendo las insinuaciones de que este periodista era miembro de Hamás. Tan perdido está el norte que, indirectamente, se justifica sin pudor un asesinato: si de verdad hubiera sido miembro de Hamás, ¿están estos medios defendiendo su ejecución?

Una mujer gazatí en medio de las ruinas. Foto: Organización Mundial de la Salud

Ninguno de nosotros puede imaginar ni remotamente el mal real que se vive en Palestina. Un mal monótono en el sentido de que se mantiene día tras día sin que llegue un cambio, una luz, una muestra de humanidad que ponga fin al infierno.

En algún pasaje de algún libro de Konrad Lorenz, que me llevaría mucho tiempo localizar ahora, recuerdo haber leído cómo entre los primates el hábito de buscar para descansar las ramas más altas de los árboles tenía una justificación obvia, la de dormir seguros sin que ningún depredador acabara con su sueño y su vida. Esa predilección por las ramas altas, cuya ocupación era señal de alto estatus, sigue presente en la actualidad, señalaba Lorenz burlonamente, cuando el factor de supervivencia ya no la justifica.

Cada día vemos cómo les gusta a las autoridades saludar desde lo alto, colocarse en estrados, tarimas, en las filas más altas de estadios y teatros, en la cima del podio. Seguro que cuando lo hacen no sienten cómo se activa en ellos la herencia primate. Desde allí arriba Ursula von der Leyen le dijo hace unos días a un manifestante que interrumpió su sermón para denunciar el genocidio, que diera gracias de poder expresarse libremente, que en Rusia sería detenido por ello, y lo dijo sin despeinarse (si fue la laca o la desvergüenza no lo sé) mientras se llevaban detenido al que protestaba. Desde arriba caen bombas sobre mujeres, niños, ancianos, heridos que malviven a ras de tierra. Desde arriba nos mienten y nos dicen que ya no se comercia con Israel.

Desde abajo sabemos que no es cierto y tratamos, aunque nos cueste, de imaginar el Mal y no dejar que pase en silencio. Desde abajo y desde Nortes seguiremos denunciando el genocidio. Gracias, Diego.

Actualidad

spot_img