Empezamos el curso con la gente más dispuesta a apoyar la pérdida de sus derechos y a escuchar la ética más elemental como santurronería cargante de catequista. Carlo M. Cipolla tiene un célebre tratado sobre las leyes de la estupidez, basado en el beneficio y perjuicio de las conductas para uno mismo y para los demás. Los incautos, o pringados, son quienes benefician a los demás y se perjudican a sí mismos. Los inteligentes son los que se benefician a sí mismos y a los demás. Los malvados son los que se benefician a sí mismos perjudicando a los demás. Y los estúpidos, los más peligrosos, serían los que perjudican a los demás perjudicándose a sí mismos. Hay matices en todo. Hay malvados que sacan mucho beneficio con muy poco perjuicio para los demás. Son pícaros, casi inteligentes. Y hay malvados que hacen daños enormes para beneficios pequeños. Son capaces, por ejemplo, de asesinar en masa en Gaza para tener espacio para hoteles.
La izquierda tiende a discursos incautos. En el clima, en inmigración, en diversidad, o en protección de la población, solo habla de manera altruista. La solidaridad es esencial en la izquierda, pero cuando no se acompaña de legítimo interés propio, de legítima reivindicación, los discursos parecen de sabidillos universitarios y, como diría Víctor Guillot, sin rock and roll, sin electricidad, ni movilizan ni dan autoestima. Con una pizca de egoísmo dejamos de ser pringados para hacernos inteligentes y eso cambia muchas cosas.
La ultraderecha, en cambio, nos quiere estúpidos. Su mensaje es «jodamos a progres y a las feministas de pacotilla, echemos a los moros, quedémonos sin médico, a la mierda la jubilación». Nos quieren así de estúpidos. Nadie cree que vaya a tener más médicos con Vox y nadie cree que vaya a vivir mejor sin médico. Pero sienten liberador morder a quienes los ultras llaman subvencionados, vividores del género o del clima, profes adoctrinadores y cosas parecidas, aunque en las dentelladas se les vaya la protección social, los derechos laborales y las libertades. Es la estupidez. Y es dialécticamente difícil de enfrentar, porque el estúpido desafía todas las líneas de razonamiento. Cómo desmontar el argumento de no quiero la puta sanidad gratuita, a ver si de una puta vez echamos a las feministas y a los moros. Por eso decía F. Schiller en uno de sus dramas «contra la estupidez hasta los mismos dioses luchan en vano». De hecho, no se debe normalizar el diálogo con fachas. En una conversación con un ultra solo hay dos posibilidades y ninguna más: o se va rabiado el facha o te vas rabiado tú. En el esquema de Cipolla, esto quiere decir que en una discusión con un ultra solo puedes ser un malvado o un pringado. O sabes escocerlo o sales escocido. Si no eres capaz de ser malvado, simplemente no discutas con un facha. No hay que olvidar que estás ante un estúpido que deja inermes a los mismos dioses.

Así que la izquierda nos quiere incautos y los fachas nos quieren estúpidos. La sociedad pretendida por la ultraderecha perjudica a la mayoría y por eso solo si su propaganda logra una conducta estúpida en masa pueden ascender. Por supuesto, hay categorías ajenas al esquema de Cipolla. Viendo, por ejemplo, al tal José María Figaredo, de Vox, uno no es capaz de ver beneficio propio ni perjuicio para nadie en su existencia. Figaredo nos hace pensar en uno de los tipos de tontos de Pachi Poncela, en su memorable Te llamaré X, el del tonto de los cojones de toda la vida. Consulté en una IA la idea de tonto de los cojones, para confirmar el criterio de Poncela. Y la IA, que debió pillar la profundidad de la consulta, me ofrece contrastar el tonto de los cojones (sic) con el gilipollas. Por supuesto accedí y me informa de que el gilipollas añade a la tontería profunda cierta altanería o prepotencia. Y uno piensa entonces en Alfonso Guerra, Cebrián, Antonio Caño, Savater, Leguina y otros espectros. Figaredo no es prepotente, se limita a ser tonto irrecuperable. Pero la tribu mencionada, efectivamente, es una tribu de gilipollas (incluyan si quieren a Juanma Castaño, pero no a Felipe González, que es un malvado en activo). Cuantos más tontos de los cojones y gilipollas haya, más materia prima hay para fabricar estúpidos.
El problema para llenar el país de tontería y gilipollez es el conocimiento. Por eso los ultras necesitan el negacionismo. El conocimiento es una red de energía que uno absorbe conectándose, por ejemplo leyendo un libro, yendo a clase, oyendo una conferencia o viendo un documental. Por esa red sabemos lo que sabemos, por mí mismo nunca vi la esfericidad de la Tierra ni que la gravitación de una masa muy grande afecte a la luz. Lo sé por leer y escuchar. El negacionismo quiere que te sientas crítico y rebelde desconfiando de la red, es decir, que prescindas del conocimiento, que iguales a un historiador con Nacho Cano. Y así te vas haciendo un tonto de los cojones y, si te pones gallito, un gilipollas, y estás listo para ser el estúpido que hace falta para que el fascismo crezca. Con la tontería profunda florece la industria del relato, completamente ajena a los hechos. La sociedad civil vive conectada a una alucinación, tipo Matrix, donde ETA existe y nos gobierna, donde un país con bajísima criminalidad sufre bandas de inmigrantes delincuentes y donde el casi inexistente delito de okupación invade horas diarias de televisión. Las alucinaciones nos dejan en suspensión y todos queremos suelo, espacio propio, autoestima.
Con la tontería profunda florece la industria del relato, completamente ajena a los hechos
Y ahí fracasa la izquierda con su discurso de pringados. Y ahí (recuerden, en la gilipollez) la propaganda ultra florece. Por irracional que sea vincular tu sueldo bajo y tu alquiler inalcanzable con tanto inmigrante, tanto LGTBI y tanta feminista, como si el privilegiado fueras tú, emocionalmente la furia del mensaje encaja con tu furia y se te señala tu espacio amenazado, ese suelo que necesitas. Y te da autoestima. Esos tarados de Castell de Ferro, los mindundis que iban a la playa a salvar España de los inmigrantes, todos estos racistillas de baratillo que oímos en los chigres, son más que tontos de los cojones, y ya pasaron de gilipollas a estúpidos, porque apareció algo dentro de ellos: autoestima. Te explican que eres español y sientes como si tuvieras un brazalete de encargado que te da autoridad para vocear y señalar qué extranjeros trabajan y cuáles están pillando subvenciones, quiénes son buenos y quiénes delincuentes y hasta te sientes vigilante y juez de los buenos, de tan blanco y español que eres. Y dices alto y claro quiénes son las verdaderas feministas y cuáles las feminazis. ¿Se acuerdan de Rubiales, después de sacar las dos manos de la entrepierna?
Los que están detrás de la propaganda ultra saben lo que hacen. En Juego de Tronos, Meñique parece un estúpido asesinando a Joffrey, con los beneficios que conseguía él de los Lannister. Pero la irracionalidad del acto aumenta la confusión y él medra en la confusión. Solo parece estúpido. La pantalla ultra rebosa de gilipollas y tontos irrecuperables. Pero el fondo no lo es, ponen a gilipollas a ladrar, nos quieren estúpidos, pero los estrategas no lo son. En el caos, los derechos, las libertades y la democracia parecen lloriqueos asustados. Así la gente apetece un líder y dejarse de monsergas de libertades. Por ahí llega la dictadura. Habíamos aparcado a propósito una de las categorías de Cipolla, la de los inteligentes. En los sistemas autoritarios, todo depende del talante del que manda. Si te toca un Calígula, como Trump, igual tu ejército bombardea la capital y, si te toca un filósofo, de repente se llena todo de escuelas y galerías de arte. En la democracia la inteligencia garantizada está en el sistema: en los contrapoderes, en el voto popular y en los amortiguadores institucionales que median entre el voto y el gobierno. El sistema así aguanta bien a un incompetente, un corrupto o un tonto de los cojones al mando. La propaganda ultra quiere que odiemos los amortiguadores y suspiremos por un amado líder directo que nos dé suelo y autoestima. Y esto se puede combatir, pero no desde una izquierda meciéndose entre la estupidez cainita, los egos de gilipollas y las simplezas de pringado.



























