El jueves 19 de septiembre, en el marco del festival DIVA (DiversAvilés), Antonio Centeno presentó en la Casa de la Cultura de Avilés Yes, We Fuck, el documental que codirigió junto a Raúl de la Morena. La película, estrenada en 2015 y premiada en el Porn Film Festival de Berlín como mejor documental, abrió debate en un encuentro posterior con el público, moderado por Inma Ruiz de Lezana.
Centeno (Barcelona, 1971) es matemático y exprofesor de secundaria, activista por la vida independiente y la asistencia personal y sexual, miembro del Foro de Vida Independiente y responsable de la plataforma Asistencia Sexual. Su trayectoria se ha centrado en reivindicar los derechos de las personas con diversidad funcional, y su trabajo audiovisual ha sido una de las herramientas más poderosas para ello.
Romper el mito de la dependencia: sexo y diversidad funcional sin eufemismos
Tú procedes del activismo por la vida independiente y la asistencia personal. ¿Cuándo viste que el cine, y además con imágenes explícitas, era la herramienta adecuada para llevar esa lucha al debate público?
Hubo un punto de inflexión en 2006, cuando se suponía que habíamos ganado la batalla legislativa: en España aparece la Ley de Dependencia, que reconoce la asistencia personal y el derecho a la vida independiente, y ese mismo año la Convención de la ONU también reconoce ese derecho y el deber de los Estados de proporcionar asistencia personal. Parecía que ya estaba todo, pero pasaban los años y nada cambiaba: la gente seguía en los domicilios familiares, sin apoyos, a cargo de la familia, o, si esta no podía, en una institución.
Nos dimos cuenta de que no era un problema tanto legislativo ni económico —había estudios que mostraban la mayor eficiencia de la vida independiente frente a la reclusión familiar o institucional—, sino cultural: cómo se nos mira y se nos sitúa en el mundo. Se nos seguía pensando como niños y, por tanto, “ya estábamos bien” a cargo de las familias. Romper esa mirada infantilizadora pasaba, de manera muy potente, por visibilizar que somos seres sexuados, cuerpos deseables y con deseo. Con esa idea arrancamos el proyecto. Luego se fue complejizando con historias concretas y con alianzas con lo queer y los feminismos. Esa confluencia —“los raros de Barcelona”— no estaba prevista y enriqueció el documental.
El film usa sexo explícito para desactivar la infantilización. ¿Qué resistencias y qué emancipaciones has observado en estos años?
El documental cumple una década. Para bien, sigue siendo una herramienta útil para abrir debates; para mal, no ha quedado tan desfasado como debería, señal de que las cosas no han avanzado lo suficiente.
Sí sirvió para lo que queríamos: colocar la sexualidad y la diversidad funcional en la agenda, tanto en la academia como en los medios. Falta el salto a políticas públicas: experiencias piloto que permitan aprender cómo organizar estos apoyos, garantizar el acceso universal y asegurar las mejores condiciones para quienes trabajan y para quienes los reciben.
“Somos seres sexuados, cuerpos deseables y con deseo”
Si tuvieras que explicar la arquitectura de las seis historias, ¿qué llaves abre cada una y qué tabú quiebra?
No quisimos ser exhaustivos ni pedagógicos; buscamos que cada historia rompiera prejuicios. Una aborda la asistencia sexual, prácticamente desconocida hace diez años. Otra trata sobre personas con diversidad intelectual y es la única sin sexo explícito: muestra cómo la opresión es aún más fuerte ahí; incluso en familias dispuestas a abordar el tema se ve el contraste entre lo que dicen las propias personas y lo que dicen sus familias.
Cada historia rompe un cliché y visibiliza alianzas —por ejemplo, entre lo queer y lo “tullido”—. No dan un mapa completo, pero sí puntos de ruptura que invitan a repensar sexualidad y diversidad funcional, y aportan claves para construir una sexualidad más interesante y vivible para todo el mundo.
Posporno, feminismos y deseo: alianzas que ensanchan el “nosotros”
Al comienzo hablaste de alianzas. El film dialoga con el posporno y con alianzas queer/crip. ¿Qué aportó esa confluencia al lenguaje visual y político de la película?
Fue fundamental. A través de Andrea García-Santesmases llegamos al libro de Diana J. Torres, Pornoterrorista, con un capítulo sobre “Niños e incapaces”. Conectamos con Diana y ella nos derivó a PostOp, colectivo que trabajaba en posporno. Encontramos discursos muy afines que, sin embargo, habían estado separados en la práctica política.
Esa red ensanchó el “nosotros”: desde la diversidad funcional, pero también desde los feminismos, el transfeminismo, lo queer y el trabajo sexual. Compartíamos la necesidad de reivindicar formas distintas —igualmente valiosas y humanas— de vivir la sexualidad. Fue un enriquecimiento mutuo.
Para que haya asistencia sexual en clave de derecho y de trabajo reconocido, ¿qué marco legal y cultural necesitaríamos en España para que no quede en la sombra?
La primera barrera es cultural: que las propias personas con necesidades de apoyo sepamos que existe, que tenemos derecho y que es nuestra forma de hacer las cosas. Ese universo simbólico requiere herramientas como Yes, We Fuck y otras muchas que aún faltan. En lo legislativo, hace falta un marco legal, sí, pero empezaría de forma realista con proyectos piloto a pequeña escala. La experiencia práctica permitiría luego elaborar una ley que reconozca la figura, con dignidad laboral para quien la ejerce y máximas garantías para quien la recibe.

¿Qué diferencia clave harías entre asistencia personal y asistencia sexual en la práctica pública?
La base es la misma: respondemos a que una minoría de personas construimos nuestra autonomía haciendo las cosas con las manos de otra persona y con nuestras propias decisiones. Lo que cambia son las tareas. Cuando tienen que ver con autoerotismo, acceso sexual al propio cuerpo, exploración, autoconocimiento y autoplacer, hablamos de asistencia sexual; el resto corresponde a la asistencia personal.
La propuesta suele enfrentarse a objeciones feministas y abolicionistas del trabajo sexual. ¿Dónde ves un terreno común?
Todos estamos de acuerdo en combatir la explotación en cualquier trabajo. La respuesta no es prohibir, sino regular e inspeccionar, como en el resto de trabajos.
Con posiciones que niegan la existencia del trabajo sexual no hay margen, porque se niega lo que dicen quienes trabajan y quienes reciben los apoyos. Con quienes reconocen esa realidad y buscan regular para garantizar buenas condiciones, sí hay terreno común. Quizá la asistencia sexual pueda servir como vía de aproximación.
En esa línea, ¿cómo sería un protocolo mínimo, ético y de cuidados?
El consentimiento está en el centro. Antes de la asistencia debe haber conocimiento mutuo, acuerdos claros sobre cómo será el apoyo y cómo se prestará. Ahora cada cual lo hace como puede porque no hay regulación. De ahí la necesidad de proyectos piloto: aprender desde la práctica, sistematizar y afinar protocolos.
Al rodar la película, ¿cómo trabajasteis el consentimiento, los límites y el poder? ¿Hubo figuras de intimacy coordination?
Hace diez años esa figura no existía como tal. No fue necesaria porque quienes participaron no eran actores, sino personas comprometidas con la necesidad de visibilizar sexualidad y diversidad funcional, que hablaban en primera persona. En la historia sobre asistencia sexual, tanto Sole Arnau —mujer con tetraplejia— como la persona que la asistía —que ya había sido su asistente personal— sabían perfectamente de qué queríamos hablar. La historia arranca con su diálogo sobre cómo será el encuentro. El consentimiento estuvo en el centro también del proceso de filmación.
Diez años de Yes, We Fuck: reacciones, aprendizajes y la democracia del deseo
La película pasó por circuitos culturales y sexopolíticos y ganó en Berlín en 2015. ¿Qué conversaciones abrió dentro y fuera de España? ¿Recuerdas una reacción del público que te cambiara por dentro?
Se movió sobre todo por circuitos de cultura alternativa, más que por los de diversidad funcional. Interpeló a gente interesada en una idea más rica de la sexualidad.
Lo más emocionante fue ver a muchas personas sin diversidad funcional afectadas en lo personal: acceso al propio cuerpo, autoplacer, consentimiento… Venían a contarlo tras las proyecciones. Yes, We Fuck toca cuestiones no resueltas para el conjunto de la población.
Si hoy pudieras programar una doble sesión con Yes, We Fuck, ¿qué obra o conversación pondrías al lado para empujar el debate?
Vivir y otras ficciones, la película de ficción que hicimos con Jo Sol y presentamos en la Sección Oficial de San Sebastián en 2016. Uno de sus ejes principales es la asistencia sexual. Junto al documental, sería una doble sesión estupenda.
Para terminar: si tuvieras que condensar en una idea lo que Yes, We Fuck dice sobre democracia y deseo, ¿cuál sería?
Que se vive como se folla y se folla como se vive. Hay una conexión entre vida independiente y sexualidad.
Si no tienes una vida propia, difícilmente tendrás una vida sexual rica y saludable; y si no tienes libertad sexual para acceder a tu cuerpo y relacionarte desde tus decisiones, tu vida independiente es una libertad condicionada. Ahí está la clave.mente tendrás una vida sexual rica y saludable; y si no tienes libertad sexual para acceder a tu cuerpo y relacionarte desde tus decisiones, tu vida independiente es una libertad condicionada. Ahí está la clave.



























