La oficina desde la que escribo y preparo mis clases tiene unas hermosas vistas al río Hudson, ya casi en su desembocadura hacia el Atlántico. Al otro lado del río está Hoboken, un pequeño pueblo de New Jersey donde se cuenta que se inventó el béisbol y nació Frank Sinatra, y donde viví cinco años recién llegada a este país. La vista, ya digo, es preciosa, y es la misma que tengo en mi apartamento de Manhattan, situado al norte de la isla, muy cerca del Bronx. Desde mi casa se ven los Palisades de New Jersey, un acantilado que va jugando con las hojas de los árboles para anunciar las distintas estaciones del año y que nos da la oportunidad de imaginar cómo eran estas tierras cuando las invandieron los europeos. Más que el río, y más que la serenidad indiscutible que el agua produce, me distraigo contemplando ese escenario vegetal que me permite seguir conectada a los ritmos profundos del planeta, alterados por la devastadora inconsciencia de los seres humanos que, como plaga, lo habitan. Después de veinticinco años mirándolos –me mudé aquí en enero de 2001– puedo anticipar hasta cierto punto, y a pesar de mi escasa memoria visual, cuáles van a ser los primeros árboles que transformen el verde de las hojas de las que se desprenderán en escasas semanas en un fugaz espectáculo de ocres; cuántos me asombrarán un año más con ese rojo intenso, o ese amarillo deslumbrante que no llegué a ver nunca en los otoños de Grullos, y cuáles serán los últimos en despojarse totalmente de las hojas y permitir que la luz escasa del invierno nos ilumine mejor.
Me siento dichosa de vivir en esta especie de refugio natural en una ciudad que nadie imagina sin la presencia sofocante de los rascacielos, y agradezco la suerte que tuve de haber podido llegar aquí antes de que la especulación salvaje de la vivienda fuera desplazando a todas las personas que no tuvieran unos salarios cuyas cifras se me hace imposible imaginar. Pasa en Nueva York, y sabemos que está pasando en todos aquellos espacios en los que el que tiene menos está obligado a irse si al que tiene más, mucho más, se le antoja ese rincón en el que naciste, donde te criaron o criaste a tus hijas, ese lugar en el que, como dijo la poeta cubana Lourdes Casal, adquiriste tus primeras certidumbres. O, simplemente, el único lugar en el que un día encontraste un apartamento, un piso, un hueco cualquiera que, con lo poco o mucho que ganabas, pudiste alquilar o comprar.
Sé que vivo en una zona de Manhattan a la que socioeconómicamente ya no pertenezco, pero también sé que formo parte de la ocupación de las tierras originales de los lunaape (lenape), obligados a abandonarlas cuando la codicia insaciable de los europeos acabó expulsándolos. A medida que los lenape iban trazando una ruta forzada hasta Oklahoma y Canadá, donde acabaron instalándose, la huella del pueblo que nombró estas tierras se fue borrando. Quedan topónimos como prueba de su presencia –Manhattan, Rockaway, Canarsie, Hackensack– porque pocos invasores pueden destruir completamente los nombres que los precedieron, dice Ross Perlin en su libro Language City, pero la última vez que se debió hablar lenape en esta ciudad donde hoy se escuchan más de 700 lenguas fue, según Perlin, a principios del siglo XIX, tal vez un poco más tarde en secciones remotas de Long Island, de las tierras altas del Hudson o en Pine Barrens, en New Jersey.
Sé que vivo en una zona de Manhattan a la que socioeconómicamente ya no pertenezco, pero también sé que formo parte de la ocupación de las tierras originales de los lunaape
A finales de la década pasada, Karen Hunter, descendiente de los lenape que se refugiaron en el suroeste de Ontario, llegó a Manhattan para enseñar su lengua en el sexto piso de un edificio de la calle 18 donde se encuentra la Alianza de Lenguas en Riesgo de Desaparición (Endangered Language Alliance, ELA por sus siglas en inglés). Karen fue la primera mujer lenape que intentó devolverle a la ciudad lingüísticamente más diversa del mundo su lengua original y seguiría haciéndolo una vez al mes hasta su muerte prematura e inesperada poco después de la pandemia. Cuenta Ross Perlin que en una ocasión, cuando aparcaba su minivan cerca de las oficinas de ELA, después de haber conducido doce horas desde su reserva en Ontario, le pusieron una multa por haberse estacionado en una zona de vehículos comerciales, y Karen bromeó con la idea de ir a los juzgados a cuestionar el hecho de que la hubieran penalizado por dejar su auto en un rincón insignificante de su tierra ancestral.
Hay un cierto orgullo entre los habitantes neyorquinos de haber creado una ciudad que la diferencia positivamente del resto de muchos de los estados de los Estados Unidos, pero no hay apenas recuerdo de la masacre, el genocidio y la limpieza étnica que sufrieron los habitantes originales de estas tierras para que nosotros pudiéramos vivir aquí ahora. Su historia permanece conscientemente en el olvido, y se nos invita a ocupar sin mayores problemas de conciencia estos territorios no hace tanto robados. En las escuelas se sigue incluso celebrando el Día de Colón, y la estatua de este navegante que se levanta en un lugar estratégico de la ciudad que lo honra también con su nombre –Colombus Circle– estuvo protegida por la policía hace años cuando las estatuas de los conquistadores estaban siendo derribadas en algunas universidades del país. El esquema del relato es poco original. En el Zócalo de la Ciudad de México, los españoles enterraron el Templo Mayor que habían construido los mexicas y utilizaron las piedras de su centro ceremonial para construir la catedral que está al lado. Cholula es una bellísima ciudad del estado de Puebla que se precia de tener 365 iglesias, una por cada uno de los días del calendario gregoriano, pero la más impresionante de todas es la de Santuario de Nuestra Señora de los Remedios, levantada sobre la cima oculta y profanada de la Gran Pirámide de Cholula. A lo largo de todas las Américas, los indígenas que han sobrevivido al genocidio, pero que viven en condiciones subalternas y como pidiendo permiso para habitar sus propios pueblos, tienen que seguir luchando para que grandes corporaciones mundiales del petróleo o la minería, o proyectos extractivos multinacionales de todo tipo no destruyan más sus hogares, su ecosistema, su cultura, sus espacios más íntimos y sagrados.
Cuando dos innombrables como Netanyahu y Donald Trump fantasean con la idea de crear un resort de lujo en las tierras devastadas de Gaza y construir un país totalmente nuevo sobre las cenizas de los palestinos, es difícil ceder a la impotencia y no pensar que, si se empeñan, y a pesar de la creciente y consistente resistencia civil a nivel mundial, acabarán haciéndolo. Es triste reconocer que este delirio tiene en realidad muy poco de fantasía, convencidos como están de su derecho a hacer cuanto deseen, pero más miedo da pensar que si esto sucede tal como están anunciando, es muy probable que en menos de una década deje de hablarse de este genocidio, y que un día no muy lejano haya alguien que esté desayunando tranquilamente en la terraza del hotel de ese resort que dicen que van a crear, mientras contempla las hermosas vistas del mar Mediterráneo. Resulta insoportable imaginarlo y provoca espanto anticipar que futuras generaciones a las que les toque vivir en esas tierras llenas de cicatrices, lo hagan con la misma tranquilidad, sin remordimiento alguno y como si nunca nada hubiera ocurrido. Igual que yo escribo y corrijo las tareas de mis estudiantes mientras descanso la vista en las aguas del Hudson que empiezan a agitarse en su curso inminente hacia el Atlántico, y doy fe del comienzo del otoño cuando la nueva estación empieza a teñir de colores las hojas de los arces, los abedules, los carbayos, las hayas y las moreras del acantilado de New Jersey.



























