“Soy autora de autoestima cultural”

Mercedes Peón participa este fin de semana en Llanes en el encuentro RuRealidades hablando de la cultura como motor de cambio en Galicia.

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Olga Blázquez
Olga Blázquez
Es montañera y escritora.

El encuentro RuRealidades del 5 de octubre de 2025 es el segundo que se convoca después del que tuvo lugar en junio de este mismo año con el objetivo de cartografiar la encrucijada entre el mundo de la cultura y el mundo de lo rural en Asturies. Para esta segunda cita de otoño, que, al igual que la precedente, tendrá lugar en la villa de Llanes, lo que se busca es «tejer puentes entre los territorios gallego-asturianos y dar pasos hacia la conformación de una red que conecte proyectos y comunidades a través de la cultura». Entre las participantes del bloque temático que tendrá lugar entre las 12.30h y las 14.00h, titulado «La cultura como motor de cambio en Galicia», encontramos a Mercedes Peón, exponente destacada del panorama musical galego cuya trayectoria artística atraviesa desde lo musical con compromiso situado y sabor a folk propiamente dicho hasta lo performático y lo experimental más vanguardista. Aprovechando su presencia en Asturies, le planteamos algunas preguntas.

Para empezar, y teniendo en cuenta tu participación en el encuentro RuRealidades, ¿cómo vislumbras ese entretejimiento y esa articulación entre los dos territorios, Galiza y Asturies, a través de lo rural, lo cultural, lo musical?

Toda asociación conlleva una intención común, un frente de comunicación, yo lo veo desde lo micro, desde las micro-cosmovisiones de cada lugar, el reconocimiento de las pérdidas de lo colectivo, la mancomunidad: se puede aprender de todo ello, de la vida antes de la modernidad. El conocimiento de lenguajes diferentes en todos los campos, la puesta en común y el entretejimiento de relaciones son indispensables para posibilitar esos cambios que habría que definir en compañía con el objetivo de decidir desde dónde abordarlos y en cuáles participar.

¿Qué prejuicios existen sobre lo rural y cómo pueden lidiar los cuerpos con esos prejuicios a través de proyectos culturales y artísticos como el tuyo?

Podemos enumerar muchos, pero estas dos fantasías pueden ayudarnos a centrar la mirada y crear cierta tensión con nuestros prejuicios: la primera es que todo machismo viene del pasado, y por tanto, de la aldea, y por tanto, de la tradición; la segunda es que el binarismo de género es la herencia del pasado, de nuevo, de la aldea-tradición. Yo planteo otras subjetividades a través de la experiencia del cuerpo, un cuerpo en-carnado en lo radicalmente original, para, desde ahí, desmontar ciertas conveniencias de la modernidad. Sabernos agentes culturales todes es también una forma de cambio y de resistencia. Todas las personas que habitamos el rural, si conociéramos las músicas, los bailes, las formas de vida que existían antes de la acumulación de capital y observáramos sin prejuicios nuestro entorno y sus señales, tendríamos unas herramientas y cosmovisiones que nos permitirían —y nos permiten— ver el mundo desde la creatividad; y a partir de ese lugar radical, podríamos construir un mundo más equilibrado y ecológico.

“Sabernos agentes culturales todes es también una forma de cambio y de resistencia”

Mediante el ensamblaje y la cohabitación en tu trabajo de materiales que en apariencia parecen tan dispares como una pandereta y un espacio industrial, logras producir musicalmente esa complejidad que le es propia al mundo en general y a cada mundo en particular. ¿Cómo se cultiva esa curiosidad musical y artística por indagar en las relaciones entre las cosas?

Qué difícil de contestar. La vida me ha llevado por esos senderos de curiosidad, y es cierto que la música la entiendo como cualquier sonido: el mar, una piedra chocando con metal, la armonía de un piano, la voz como percusión o una polirritmia como la base de un tema monocorde. Lo dispar seguramente viene por la necesidad de entender: quiero entender los lugares que ocupamos, las emociones, etcétera; y expandirme siendo capaz de hacerlo en trance, conseguir espacios sonoros que me coloquen inmediatamente en un estado presente. Y, al mismo tiempo, quiero hacer todo eso desde un lugar político. Propones en tu pregunta la cuestión de la complejidad, y en ese sentido, la música deja abordar en un mismo instante capas sonoras que complejizan y tienen vida y sentido propio una por una.

Foto: Maider Jiménez

Iba a utilizar la palabra canción para hacerte la siguiente pregunta, pero no sé si es la apropiada, así que usaré otra: en tu pieza musical y sonora «Deixaas», por poner un ejemplo entre los otros muchos que pueblan tu trabajo, se produce la confluencia material de voz, sonido, música, lenguaje —estando todos estos conceptos emparentados, interrelacionados—: ¿qué supone la investigación en este terreno en el que el lenguaje termina siendo música y la música se concreta y se prolonga en el sonido percutido del metal de la arquitectura?

Que pregunta tan emocionante… Y, nuevamente, difícil. Esa pieza sonora comenzó con un trabajo polirrítmico, desde el trance de los ternarios. Trabajé en ella tres años, creando texturas, trayendo palabras, frases que imprimieran contexto, ritmos vocales, electrónica acercándose a lo acústico, bajo eléctrico melódico, guitarra eléctrica distorsionada; después tocó añadir el comienzo, donde empieza todo: una clave rítmica de una aldea y la letra con toda la intención dirigida hacia el colectivo de folcloristas… «Si lo sabemos, ¿qué haremos?» [refiriéndose a una parte de la letra de «Deixaas»]. Por supuesto, «Deixaas», déjalas: dejar de usar lo que les viene bien ahora que es el nosotras. Nosotras en Navantia, percutiendo en la arquitectura naval, arrastrando metales… «Deixaas» dice déjalas y ya di alas, y todo ello en un contexto de producción compleja, donde convive todo.

Cuando en ocasiones has expresado que el lugar desde el que haces música es uno no hegemónico, ¿a qué te refieres con «no hegemónico»? ¿Existe el peligro, desde el arte contemporáneo, de convertir la etiqueta «no-hegemónico» en una categoría hegemónica?

Ja, ja, ja, todo es comercializable, sí, podría ser cierto. Pero también creo que el arte contemporáneo es clasista: puede valorase mucho algo y, al mismo tiempo, puede la artista vivir al margen de las grandes exposiciones, y su obra no ser comprada, y, por tanto, producirse un malvivir. Últimamente, cuando me defino, digo de mi misma que soy autora de autoestima cultural.

Sí que es cierto que como compositora musical tengo un peso internacionalmente, lo que quiere decir que, aunque no haya usado la lengua hegemónica de España, y aunque no haya usado los referentes hegemónicos españoles —como el flamenco, etcétera—, el mundo musical me ha agasajado con un lugar de respeto.

¿Qué papel juega la hibridación en tu trabajo?

Es la libertad. Tal vez una formación peculiar haya dejado lugares mágicos y muy personales a mi alcance, y si a eso lo llamamos hibridación, entonces confesaré que esta juega un papel muy importante. Es posible que por ello me propongan hacer bandas sonoras, por esa visión de lo musical y lo espacial que tengo.

Y, para finalizar, ¿cuáles son tus inquietudes actuales? ¿Hacia dónde se mueve actualmente tu curiosidad artística?

Lo escénico está siempre ahí. De hecho, estoy girando con una banda de dieciocho músicas en escena, es muy emocionante. Y también ando con una pieza escénica híbrida: Osmose, que se podría decir que es un ensayo de pensamiento. En el terreno de la danza, sigo con Mercedes máis eu, junto a Janet Novás. Y ahora mismo estoy trabajando en dos proyectos cinematográficos.

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