A finales del verano de 2025, la editorial Capitán Swing publicó el nuevo libro de Pablo Batalla Cueto titulado “La bandera en la cumbre”, el cual busca realizar una historia política del montañismo. De este modo, Batalla Cueto huye de ese bienquedismo cursi que pretende imponer la separación entre deporte y política. Digamos que el punto de partida del libro, que se presenta el martes en la Librería Matadero Uno con NORTES y el miércoles con la Sociedad Cultural Gijonesa en la Escuela de Comercio, es la afirmación tajante de que el montañismo, se quiera o no, siempre ha estado vinculado a la política. Una vez establecida esta base, el autor se dedica a describir la relación particular entre el montañismo y diferentes corrientes políticas: comunismo, anarquismo, feminismo, pacifismo, conservadurismo…
A pesar de que la persona que realiza una entrevista suele permanecer más o menos en la sombra, en esta ocasión me voy a saltar la norma: esta entrevista va a contener muchas preguntas que ya han surgido entre Pablo y yo —algunas de ellas, durante las presentaciones del propio libro—. No somos absolutos desconocidos el uno para la otra, puesto que, a raíz de la publicación de su anterior ensayo —“La virtud en la montaña”, 2019, Ediciones Trea—, ya surgió una conversación llena a partes iguales de respeto y de desacuerdo. A pesar de que compartimos en líneas generales y a grandes rasgos una perspectiva, discrepamos en muchos puntos clave que tienen que ver tanto con lo político como con la forma de conceptualizar la historia del montañismo. Esta entrevista pretende, entre otras cosas, dejar esbozados por escrito algunos de los hilos fundamentales de este debate que continúa abierto:
Lo primero será empezar por el título de tu libro. ¿Por qué has escogido la bandera como símbolo para hablar de lo político en el seno del montañismo? ¿Agota la bandera las posibilidades de lo político? ¿No es la bandera un reduccionismo de lo político entendido solo como visibilizacionismo, como representación, como identitarismo? ¿Existen otras formas de lo político entrelazadas con el montañismo?
No, claro que no las agota. Esa referencia a las banderas en el título es una simplificación. En el libro aparece mucha política hecha en las montañas que no llevaba bandera alguna, e ideologías como el ecologismo que no tienen una bandera clara. Hay, también, política hecha inconscientemente y en un sentido contrario al de la ideología que declaraba el que la hacía. Siempre pongo el mismo ejemplo: esos clubes de Chile que organizan manifestaciones y acciones varias en contra de la existencia en el país de montañas privadas, propiedad de particulares o empresas. Augusto Pinochet y los Chicago Boys convirtieron Chile en la Cuba neoliberal, y hay montañas y hasta glaciares privados; algunos cerros fronterizos son reserva natural por el lado argentino y privados por el chileno. Los clubes se movilizan contra eso, forzando el acceso a esos lugares, saltando sus vallas, etcétera. Son gente de clase como mínimo media y más bien alta; gente, por lo tanto, más bien de derechas; gente que bien puede justificar la dictadura de Pinochet, pero que cuando hace esto está haciendo política socialista: reclama que lo privado sea público; que hay cosas que no se pueden privatizar; que hay grandes alamedas que tienen que abrirse. Toda esta complejidad aparece en el libro, pero un buen título tiene que resumirte el ensayo que titula de un solo golpe, y eso es difícil y siempre va a pasar, en una medida u otra, por una simplificación. Me costó decidir el título, tenía varios en la cabeza. Siempre me cuesta: no soy bueno titulando, creo. Te confieso que ningún título de ningún libro mío me satisface demasiado, salvo quizás Yo podría haber sido Fidel Castro, que por otra parte no fue idea mía, sino del editor. En este caso, lo de la bandera también me parecía una manera de llamar la atención sobre un hueco, un vacío en el mercado editorial de libros de historia del montañismo. Nos encontramos muchos libros que revisan esa historia desde la óptica romántica o desde la deportiva, pero es realmente difícil encontrarlos que la miren desde el punto de vista político; que se fijen, de todo lo que ha llevado en la mochila el montañero o la montañera desde hace doscientos cincuenta años, en la bandera arrugada que muchos han llevado también en uno de los bolsillos. Yo no conozco ninguna historia general del alpinismo que haga eso; solo alguna que aborda momentos concretos: alpinismo e imperialismo británico, alpinismo y nacionalismo, alpinismo y comunismo, como el estupendo Los alpinistas de Stalin, de Cédric Gras…
¿Cuál es el efecto y el sentido político de hacer ondear una bandera de Palestina, ahora, en la cumbre de una montaña?
Visibilizar esa causa, aunque es verdad que es difícil visibilizar nada o conseguir impacto para una imagen en una época como esta, atiborrada de imágenes que pasan por delante de nuestros ojos a toda velocidad todo el rato. En el libro aparecen montañeros y montañeras ondeando la bandera palestina, otros que ondean la de Israel e incluso una expedición pacifista, financiada por un millonario estadounidense, en la que montañeros israelíes y palestinos ondearon las dos banderas cosidas en la cima del Everest. Cada una de esas imágenes no tiene ningún efecto por sí sola, pero yo entiendo que la acumulación sí que funciona. Mucha gente ondeando banderas palestinas en todo el mundo mientras hacen toda clase de cosas; que entres en el timeline de tu red social y te encuentres los colores de Palestina varias veces y de varias maneras, sí puede transmitir un mensaje, y transmitírselo a Israel: el de que el mundo no compra la hasbará, la propaganda israelí, ni se deja afectar por el chantaje emocional de que si te opones a lo que Israel perpetra, eres un antisemita. El compromiso con Palestina se puede visibilizar de otras maneras, sin banderas, pero las banderas tienen esa simplicidad y esa contundencia de colores chillones que hacen de ellas la mejor manera de expresar rápidamente una simpatía política. Yo no soy muy de banderas, no llevo banderas en mi mochila, ni siquiera aquellas con las que más me identifico. Con todo el respeto al que lo hace, hay algo ahí que me parece pueril, tosco. Pero tengo la ucraniana y la palestina puestas en mi nick de Twitter, porque era la manera más simple de transmitir un mensaje que me parece crucial, que en este caso no es el apoyo a Ucrania o el apoyo a Palestina por sí solas, sino la idea de que el verdadero internacionalismo es simpatizar con los dos pueblos, oprimidos por dos imperialismos distintos pero igual de execrables, en un momento en el que mucha gente en la izquierda solo se opone a uno, y simpatiza más o menos explícitamente con el otro. Las banderas, ya digo, tienen ese poder de simplificar, de resumir, de compendiar, de decirte algo en un solo golpe de vista.
A lo largo de las páginas del libro, repites en algunas ocasiones la idea de que la mera presencia de una mujer en la cumbre de una montaña ya es de por sí algo significativo. Entiendo que lo que quieres decir es que ese gesto, esa imagen, ya es en sí misma, y en cierta medida, emancipadora. Creo que dicha afirmación es bastante problemática. Si sabemos que existen estrategias políticas de instrumentalización del feminismo, como el purplewashing; si sabemos que desde los feminismos decoloniales, negros, queer, anticapitalistas se ha criticado la praxis política de los feminismos blancos, burgueses, occidentales por su insensibilidad hacia las múltiples otredades, ¿cómo mantener esa afirmación que haces en tu libro?
Es algo significativo en el momento en el que en la historia ha habido mucha gente, y hoy sigue habiéndola, que no quiere mujeres en la montaña en absoluto, como no las quiere en ningún sitio que no sea la cocina de su casa. Feminismo es algo más, tiene que ser algo más, que la existencia de Ana Patricia Botín; que instalar mujeres allá donde antes había solo hombres, pero dejar intacto todo el sistema patriarcal de jerarquías. Y el feminismo montañero tiene que ser algo más que la existencia de mujeres en las cumbres, hablando el mismo lenguaje de la conquista y de los soldados que Reinhold Messner dice que el montañismo utiliza con demasiada frecuencia. Yo cito en el libro —no en el capítulo sobre feminismo, sino en el del montañismo decolonial y antirracista— una reflexión tuya que me pareció espléndida, sobre que las mujeres alpinistas debéis hacer algo más que feminizar esa cosmovisión de los pioneros, los héroes, los mesías, los salvadores… Pero todo gran viaje empieza con un paso, y esa transformación profunda del mundo que el feminismo —como cualquier movimiento de emancipación— tiene que significar empieza por ahí: por el mínimo cambio de que allá donde antes solo estaba Reinhold Messner, también puedan estar Junko Tabei o Tamara Lunger. Una mujer en una cima, sin falta de nada más, ya es algo significativo, sí. Como lo es una mujer banquera o un judío en una cima, o una persona racializada en una cima. Rudimentariamente significativo, la cantidad mínima de significación. Pero la tiene.

Como consecuencia de la necesidad de condensar la información relacionada con cada ideología que presentas en tu libro, algunos capítulos simplifican la complejidad que le es intrínseca a cada corriente política. Así, por ejemplo, en el capítulo dedicado a la decolonialidad, no diferencias históricamente entre pensamiento postcolonial y pensamiento decolonial, y tiendes a considerar que lo decolonial sucede cuando un cuerpo subalternizado pasa a ocupar una posición de poder. Sin que sea necesario nada más. No problematizas el hecho de que ocupar una posición de poder pueda suponer la reproducción de la matriz colonial de poder o de la episteme colonial —temas de los que el pensamiento decolonial se ocupa, pero que tú no abordas—. ¿Cómo nos propondrías leer tu libro sabiendo que cuenta con limitaciones como la mencionada?
Cada capítulo, cada ideología, daría para un grueso libro por sí misma, claro. El libro ya no es que sean doscientos cincuenta años de historia del montañismo malapretujados en trescientas páginas; son los doscientos cincuenta años de cada ideología, con toda la complejidad enorme que cualquier ideología tiene. Podemos incluso preguntarnos si realmente existen las ideologías. Al final son convenciones, lindes que se ponen en un sitio, pero se podrían poner en otro; pero necesitamos lindes. La historia no se puede cortar en rebanadas, decía un historiador francés, creo que Duby. Pero la cortamos en rebanadas porque necesitamos cortar por algún sitio esa hogaza de miles de años que, si no, sería incomestible, inabordable. En el libro he procurado transmitir la complejidad de cada ideología, pero también simplificarla, porque a veces hay que complejizar, y a veces hay que simplificar. No sé si lo he conseguido bien, mal o regular, pero he buscado un equilibrio entre las dos cosas. Para que no suceda un poco aquello de Borges, de aquellos tipos que querían dibujar un mapa del mundo tan exacto que, al final, hicieron un mapa de escala 1:1, tan grande como el propio mundo, y entonces ya no era un mapa. Por otra parte, también me gusta que mis libros sean un montón de puertas abiertas a otros. Cito mucho en ellos y a veces parece un alarde de erudición, pero lo concibo al revés, como un acto de humildad; un esfuerzo por conseguir que el que quiera complejizar cualquier tema del que yo hable alguna vez encuentre ese montón de pistas para hacerlo. También tengo que confesar mis debilidades: yo no conozco igual de bien cada una de las dieciocho ideologías que aparecen en el libro, y en concreto no conozco bien la riqueza de corrientes de lo anticolonial. De todas maneras, vuelvo a la respuesta anterior: que ahora haya nepalíes y pakistaníes liderando empresas de aventura —y haciéndolo todo más barato y mejor, y teniendo éxito por eso— donde antes había solo occidentales, y los nepalíes y pakistaníes no podían ser más que los mayordomos, los proletarios de esas empresas, ya tiene un valor decolonial de por sí. El mínimo, el más pequeño, pero lo tiene, porque se viene de doscientos cincuenta años de esfuerzos denodados por que el rostro del alpinismo sea brutalmente blanco, o como mucho chino y japonés. A día de hoy, sigue ocurriendo que haya en torno a un veinte por ciento de personas negras en el mundo, pero solo sean el uno por ciento de las que han subido el Everest. Y entonces, cada rostro negro que se hace un selfi en el Everest tiene un valor, aunque sea el de un millonario negro, que haya pagado cien mil dólares por que le suban ahí arriba, atiborrándolo del oxígeno que a lo mejor escasea en los hospitales de Katmandú cuando llega el covid-19. También procuré que el libro fuera una reivindicación de la interseccionalidad; de la necesidad de que cualquier movimiento de emancipación combine miradas distintas de la realidad en lugar de quedarse solo con una. Si miramos el mundo solo desde el prisma de la clase, nos emocionarán mucho aquellos grupos de montaña socialistas, anarquistas y comunistas que a finales del siglo XIX y principios del XX subían a las montañas gritando «Bergfrei!», montañas libres, a horrorizados conservadores que querían que la montaña siguiera siendo coto privado de burgueses y aristócratas, y echaban pestes de que se empezara a compadrear demasiado con los guías y a dejarles dormir en las camas de los clientes cuando había alguna libre, y que subían artificialmente el precio de los refugios para evitar que los obreros pudieran permitírselos. Pero no nos fijaremos en que esos grupos eran casi exclusivamente masculinos; hombres a los que sus mujeres les preparaban la mochila. Y al revés, si miramos el mundo solo desde el prisma del género, nos emocionarán las historias de las primeras alpinistas, pero no nos fijaremos en que solían ser mujeres de clase alta que podían ser tremendamente clasistas, imperialistas, maltratar a sus porteadores… Con lo anticolonial, lo mismo.
“En el año 1900 el papa León XIII lanzó un programa de instalación de cruces, vírgenes, santos y cristos en las cumbres emblemáticas de Italia”
¿Por qué has incluido tres religiones —judaísmo, cristianismo e islam— en un libro sobre política y montañismo? ¿Es una religión una apuesta política? ¿En qué sentido?
En el año 1900, el papa León XIII lanzó un programa de instalación de cruces, vírgenes, santos y cristos en las cumbres emblemáticas de Italia. Se trataba de recristianizar el paisaje y de cristianizar el alpinismo de cara al nuevo siglo que empezaba. Era un mensaje político: seguimos aquí y este va a ser el siglo de nuestro regreso, después de un siglo de secularización. Esa llamada coincide con el lanzamiento del sindicalismo católico: otra cristianización de algo que la Iglesia había rechazado inicialmente, porque la Iglesia sabe que cuando no puedes con tus enemigos lo mejor es unirse a ellos, y por eso lleva dos mil años aquí. Había un debate en el cristianismo sobre si subir montañas era una actividad virtuosa o pecaminosa, en la medida en la que tiene algo de suicida: poner en riesgo tu vida por un afán de gloria personal, sin ninguna utilidad real para el colectivo. En el islam también ha habido y sigue habiendo este debate, y en internet te encuentras páginas web de consulta de dudas a clérigos donde a veces alguien pregunta esto: ¿puedo subir montañas? Los clérigos suelen responder que solo si se cumplen ciertas condiciones: que tu excursión persiga ganar fieles para la causa o tenga un propósito caritativo. Y por eso todas las expediciones musulmanas declaran un propósito benéfico: construir un hospital en Bangladés, ayudar a las víctimas del terremoto tal, etcétera. O son una expedición al Everest de la que hablo en el libro, y en la que Farouq Al Zouman entonó desde la cumbre el canto del muecín, como para convertir el Everest, por un día, en el minarete más alto del mundo. Todo esto es política también, obviamente. En un mundo en el que hay cristianos y ateos, o musulmanes y ateos, afirmar esa creencia, llevarla a las montañas, dejar en sus cumbres una huella que otros querrían quitar y a veces quitan… Es política. El otro día hablé en mi presentación del libro en Sabadell de los belenes de cumbres, una tradición muy asturiana, que también existe en otros lugares. En Asturias es habitual que los clubes organicen una excursión en Navidad a un pico que hayan escogido y dejen en la cumbre un belenín. Uno de los asistentes a lo de Sabadell me dijo que, cada vez que se encuentra uno, lo coge, lo baja y lo tira a la basura, porque la montaña tiene que ser de todos. Me apenó un poco, la verdad, porque, aunque soy ateo y entiendo ese razonamiento laicista y en realidad lo comparta, a mí los belenes me gustan, y me gusta encontrármelos en la cumbre. En cualquier caso, todo eso es política. Quitar el belén es política y, entonces, ponerlo también lo es. La política aparece en el momento en el que hay dos opiniones contrapuestas sobre algo que afecta a la polis, al espacio público, ya sea construir una autopista o colocar un belén en una cumbre. Un poco lo mismo que cuando alguien dice que es apolítico. Ser apolítico es una postura política; concretamente, una a favor del orden establecido. Lo cual es muy legítimo, pero es político en el momento en el que hay una parte de la sociedad que quisiera que el orden establecido fuera otro.
¿En qué medida piensas que has logrado el objetivo de hacer una historia política del montañismo?
En la medida en que pongamos el énfasis en el artículo una. Mi libro recoge historias montañeras ocurridas en los últimos doscientos cincuenta años, e incluso más atrás (Petrarca en el Ventoux, etcétera). Historias que en conjunto permiten apreciar una evolución; la evolución de una práctica, que es el montañismo; ver cómo se practicaba y con qué cosas en la cabeza hace doscientos cincuenta años, hace cien y hace uno. Lo hago, como comentábamos antes, con simplificaciones, con cajones de sastre, con huecos… Y de una manera muy heterodoxa y personal, hablando de Reinhold Messner y de Junko Tabei, pero también de mis amigos: Ernesto Díaz, que es ecologista y organiza unas rutas interpretativas preciosas por el Mampodre; Noelia Ordieres, que es directiva del grupo montañero femenino La Muyerada… Incluso una anécdota personal, de la vez que hice el Camino Inca, en Perú, y me encontré con una suerte de lección anticolonial. No es ni remotamente el libro definitivo sobre el tema; ninguno podría serlo, pero este menos. Simplemente es una historia y una invitación a escribir y a leer otras.

¿Qué tipo de acontecimiento es tu libro? ¿Qué crees que produce o genera? ¿Qué hace pasar?
Mucha gente me comenta que el enfoque les sorprende; que nunca había pensado en el alpinismo como una actividad política o que pueda serlo. Nos pasa en general con el deporte: «¡hay que sacar la política del deporte!», estas cosas que se dicen, como si el deporte no fuera la cosa más política que hay. Pero nos pasa sobre todo con el alpinismo, con esa idea de las montañas como un espacio en el que evadirte de la polis y por lo tanto de la política; un cielo terrenal en el que ser ángeles por un momento. Terray decía que los montañeros no son ángeles, aunque piensen que lo son; que suben ahí arriba manchados de todo lo que son abajo. Y yo sueno presuntuoso cuando digo que escribí un libro que quería leer y no encontraba, ni en castellano ni en otros idiomas, pero es que no lo encontraba. En las presentaciones y entrevistas, me estoy encontrando mucha gente que me dice lo mismo: que no conocía un libro así, que nunca se había encontrado con este enfoque político.
¿Crees que existe actualmente una ultraderechización del montañismo? Y si es así, ¿en qué crees que consiste dicha ultraderechización?
Sí, sin duda. Como todo; todo se está ultraderechizando, y el montañismo también. De maneras explícitas o sutiles. Las explícitas son esos campamentos neonazis que se organizan en el Guadarrama, por ejemplo, con la peña en uniforme haciendo entrenamiento militar y cuadrándose y demás. Pero hay otras. Miradas, formas de mirar la montaña y el montañismo. Ese alpinismo de la velocidad hoy en boga, que lo que busca es subir y bajar la montaña lo más rápido posible, e incluso bajar en wingsuit o esquiando para arañar segundos al cronómetro, no deja de ser un poquito fascista, porque la velocidad y la mística de la velocidad son una cosa muy fascista. Aquello de Marinetti: más bello un coche de carreras que la Victoria de Samotracia. También es un poquito fascista toda esa fascinación por los programas de supervivencia extrema; El último superviviente y así. Yo no sé si Bear Grylls es fascista; creo que es hijo de un político conservador, pero no sé si es fascista. Pero su producto, su programa, sí que lo es un poco. Al menos apela fácil a esa sensibilidad socialdarwinista que es la base del fascismo, y que hoy vuelve a resurgir con fuerza; al anhelo de algunos de que regresen la violencia, la brutalidad, las emociones fuertes y la ley del más fuerte después de una larga época de tranquilidad. Y luego hay ese otro afluente del fascismo que es cierto naturismo pocho; cierto discurso de reconexión mística con la naturaleza que a mí siempre me pone muy en guardia, porque deriva muy fácilmente en antivacunismo y otras conspiranoias varias, que a su vez llevan al fascismo con mucha facilidad. El de lo natural es un discurso que gana adeptos con mucha facilidad y que hay que problematizar, porque puede ser envoltorio de cosas horribles. Cuando intentan venderme algo diciéndome que solo lleva ingredientes naturales, siempre pienso lo mismo: naturales son las bacterias, también. Natural es la listeriosis, naturales son los tumores y morirse de gripe a los veinticinco años. A mí dame un producto que esté rico y que sea sano, pero que esté pasteurizado y lleve toda la química aprobada por la ciencia médica que haga falta para que sea seguro comerlo. Y vacúname; la vacuna es uno de los tres o cuatro mejores inventos de la historia de la humanidad, junto con el manejo del fuego, la escritura, la rueda y poco más. Y mándame un helicóptero a rescatarme a la montaña si me desgracio, y tenme los caminos limpios y señalizados, y no me llenes los Picos de Europa de teleféricos, ni me los llenes de refugios, pero ponme seis o siete bien repartidos. El progreso también tiene sus zonas tenebrosas, por supuesto; no pido ser devotos del dios Progreso y de la diosa Razón; yo soy devoto de Benjamin, el filósofo que nos enseñó a fijarnos en las contradicciones del progreso y del progresismo. Pero hay que ser muy beligerantes y muy vehementes contra aquellos que idealizan lo natural, lo tradicional, etcétera. Y, por supuesto, en la montaña te los encuentras con facilidad, igual que en 1930 te encontrabas a muchos que soltaban la misma cháchara y acabaron afiliados al NSDAP: la Alemania natural y amante de los bosques frente a los Asphaltmenschen judíos, etcétera, etcétera.



























