La historia sin fin

El espacio transformador es hoy tan necesario y diverso como frágil: necesita sumar más actores.

Recomendados

Xabel Vegas
Xabel Vegas
Es diputado y portavoz de Convocatoria por Asturies.

A principios de los años 90, el politólogo norteamericano Francis Fukuyama profetizó el fin de la historia. Sostenía que, con la desintegración del bloque del Este, la batalla entre las ideologías del XIX, entre socialismo y capitalismo, había llegado a su fin. La democracia liberal, junto con la economía de mercado, sería algo así como el sistema político definitivo. Las disputas ideológicas habrían de ser sustituidas por debates en torno a la gestión. De ese modo la historia, tal y como la habíamos conocido hasta ahora, habría llegado a su fin.

Las tesis de Fukuyama duraron menos de una década. Los atentados contra el World Trade Center y el Pentágono en 2001 firmaron su certificado de defunción. La civilización occidental, lejos de ser una balsa de aceite democrática, se había convertido en un mundo marcado por la incertidumbre y los sobresaltos.

La década de los noventa fue, en todo caso, la de una cierta victoria progresista en el terreno de los valores. El feminismo, el movimiento LGTBIQ+, el ecologismo, el antimilitarismo y la radicalidad democrática penetraron en las conciencias de la juventud de la época. Su expresión más sonora fue el movimiento antiglobalización, que en España sería el antecedente de lo que fue el 15M.

Es imprescindible hacer un ejercicio de autocrítica: aquel triunfo en el terreno de las conciencias no fue bien gestionado por el universo progresista. Surgió entonces un cierto autoritarismo moral que impuso una corrección política asfixiante. Aquella torpeza deterioró las relaciones entre la izquierda transformadora y las mayorías sociales. Y pronto se convirtió en la ventana de oportunidad para el surgimiento del neofascismo. Obviamente hubo otros elementos que contribuyeron a ello, particularmente la crisis financiera de 2008 y sus consecuencias especialmente duras para las generaciones más jóvenes. Pero nuestra responsabilidad no puede ser eludida: la actitud estricta, inflexible y en ocasiones intransigente de una parte de la izquierda contribuyó al auge de esa nueva derecha radical que hoy amenaza a las sociedades abiertas.   

Es imprescindible hacer un ejercicio de autocrítica: aquel triunfo en el terreno de las conciencias no fue bien gestionado por el universo progresista.

Los movimientos iliberales se extienden hoy como una mancha de aceite en el océano de las democracias. Y lo más grave es que en esa batalla cultural están arrastrando a buena parte del centro-derecha de nuestro país. Tras Aznar, lo poco que quedaba de los valores humanistas de la democracia cristiana en el Partido Popular ha desaparecido definitivamente. Y ha sido sustituido por un populismo neoconservador en abierta competencia con Vox por hegemonizar el espacio ultra. El otrora aparentemente moderado Alberto Núñez Feijóo ha mostrado su auténtico rostro radical. Pero se trata de un gesto que en cualquier caso parece insuficiente para detener el crecimiento electoral de Vox y las ambiciones de Isabel Díaz Ayuso. Donde necesitábamos una derecha más cercana a los planteamientos de la CDU alemana, nos encontramos a un Partido Popular cada vez más parecido al Partido Republicano de Donald Trump. Y ese es el mayor riesgo para nuestra convivencia.  

Queipo, Ayuso y Feijóo. Foto: PP.

Ese proceso, que afecta al conjunto de Europa y de España, tiene también su reflejo en Asturies, donde el Partido Popular parece seguir esa misma senda de radicalización. Álvaro Queipo apareció hace dos años con un aire renovador y moderado para liderar el centro-derecha asturiano tras la espantada de Diego Canga. Un aire que muy pronto se vició. Situar a Luis Venta-Cueli como portavoz adjunto en la Junta General ya fue toda una declaración de intenciones. Un auténtico bulldog, con formas parlamentarias más propias de Vox, recordado por enviar cartas anónimas amenazantes a sus rivales dentro del partido.

Queipo ha resultado ser un lobo con piel de cordero: el discurso del PP asturiano se radicaliza preocupantemente en asuntos tan sensibles como la inmigración. Su presunto asturianismo se ha diluido como un azucarillo a las primeras de cambio. Su obstinada oposición a la oficialidá de la llingua asturiana y de su propia lengua materna, el eonaviego, no deja lugar a dudas. Su único programa para Asturies ha consistido en bajar impuestos a las clases más acomodadas y apostar por la privatización de los servicios públicos. Y como colofón de su deriva ayusista, Álvaro Queipo ha sido incapaz de condenar el genocidio de la población palestina a manos del gobierno israelí. El PP asturiano siente en la nuca el aliento de Vox, que crece en las zonas rurales y entre la juventud. Y eso le arrastra al lado opuesto al de la moderación. Si al comienzo de la legislatura Álvaro Queipo se presentó como una suerte de Churchill asturiano, ha resultado ser el Chamberlain de Castropol, con su discurso de apaciguamiento frente al genocidio que está marcando la oscuridad de nuestros días.

Ante ese panorama y ante la realidad histórica que nos está tocando vivir, en la izquierda transformadora tenemos una enorme tarea que asumir: construir un relato progresista que sea amable, acogedor, radicalmente demócrata, capaz de seducir a las mayorías sociales y alejado de cualquier tentación autoritaria y moralista. Un relato que no se base únicamente en frenar a la extrema derecha y sus discursos de odio sino que avance en derechos, en libertades y en bienestar.  

La extrema derecha ha logrado hábilmente situar tres ideas-fuerza en el centro de su batalla cultural: la lucha contra la inmigración, la construcción de un patriotismo excluyente y el combate contra el feminismo. En las dos primeras, la izquierda ha renunciado a tener un relato propio. Resulta urgente construir un discurso sobre el fenómeno migratorio, de orientación radicalmente antixenófoba, antiracista y anticlasista, que nos permita combatir los discursos de odio de Vox hacia el extranjero. Particularmente hacia el extranjero más vulnerable. Pero ese discurso no puede ser meramente reactivo. Tiene que ser propositivo y debe formular políticas públicas aterrizadas en la realidad. Y eso pasa por abandonar ese multiculturalismo meramente retórico. Frente a la celebración de la diversidad como mera coexistencia, es imprescindible defender los valores de la convivencia, el diálogo entre culturas y el mestizaje. Resulta necesario avanzar en una perspectiva intercultural que asuma que el fenómeno migratorio debe transformar las mentalidades no sólo de quien es acogido sino también de quien acoge. Una perspectiva que huya tanto del multiculturalismo relativista anglosajón como del asimilacionismo etnocéntrico francés. Una perspectiva, en definitiva, que sepa afrontar los conflictos y que no huya de ellos diluyéndolos en discursos bienintencionados pero en demasiadas ocasiones vacíos de contenido operativo.

Francis Fukuyama

También hemos renunciado a construir una idea de España desde el progresismo, probablemente por el temor de apelar a significantes franquistas. Pero es necesario cimentar una nueva españolidad, que no españolismo, de vocación democrática, plurinacional y europeísta. Una identidad colectiva que no descanse en los símbolos sino en los valores de la diversidad, la igualdad, el federalismo, la tolerancia, la solidaridad, el progresismo…

En el terreno de la igualdad de género, en cambio, sí se ha librado una verdadera batalla. Una batalla en la que el feminismo ha logrado enormes conquistas en el terreno de los derechos y también de las conciencias. Ha sido sin lugar a dudas la revolución más profunda que ha vivido la humanidad en la era contemporánea. Pero aquellas conquistas también han tenido efectos secundarios inesperados e indeseables, particularmente entre los varones adolescentes. La brecha entre una juventud masculina en la que el ideario de Vox triunfa aparentemente de forma inexorable y unas mujeres jóvenes vinculadas con los valores feministas es cada vez más grande. Atendiendo a este preocupante escenario, nos hace falta construir un feminismo que apele también a los hombres, ofreciéndoles unas masculinidades positivas y aterrizadas en la realidad. Un feminismo que no sea percibido como moralista o inquisitorial y que formule un horizonte atractivo también para los hombres. Un feminismo compatible con la pluralidad de identidades sexuales y de género que cada vez son más importantes en el imaginario de las y los jóvenes.

En el PSOE las políticas de extranjería de Marlaska lastran cualquier posibilidad de un discurso verdaderamente progresista y coherente sobre el fenómeno migratorio

Esos tres elementos -inmigración, identidad colectiva e igualdad de género- son las principales tareas discursivas e ideológicas que tenemos por delante. Y para ello la izquierda transformadora posee algunas ventajas con respecto a la vieja socialdemocracia. En el PSOE las políticas de extranjería de Marlaska lastran cualquier posibilidad de un discurso verdaderamente progresista y coherente sobre el fenómeno migratorio. Además no ha acabado de desprenderse completamente de la herencia jacobina del felipismo en lo que respecta a la construcción de una identidad española plurinacional y federalista. Y en materia de igualdad de género, en demasiadas ocasiones el PSOE practica un feminismo en negativo que pone en cuestión las identidades LGTBIQ+.

La izquierda transformadora tiene la tarea de empujar al conjunto del bloque progresista para que las políticas sean de avance y no solo de resistencia frente a la ultraderecha. La presencia de Sumar en el gobierno central y de Convocatoria por Asturies en el ejecutivo asturiano ha demostrado que ese papel es crucial. El motor diesel del PSOE no es suficiente para pisar el acelerador del reformismo progresista y de la radicalidad democrática. Ha sido Sumar quien ha logrado que España sea una excepción en Europa y Convocatoria quien ha conseguido que Asturies sea una excepción en España.

Movilización por Palestina. Foto: Pablo Lorenzana

Con todo, el espacio transformador es hoy tan necesario y diverso como frágil. Necesita sumar más actores, con la única condición de ser conscientes del momento histórico excepcional que estamos viviendo y del riesgo de involución al que asistimos, que exige voluntad transformadora y vocación de gobierno. Y ante esa situación de excepción toca aparcar nuestras individualidades y cualquier tentación de protagonismo. Toca construir un ecosistema sólido tanto en lo orgánico como en lo ideológico. Un ecosistema que necesita ser fuerte allá donde sea posible sumar diputados y diputadas para el bloque progresista. Y allá donde tal cosa no sea posible, será imprescindible buscar fórmulas y alianzas que maximicen las fuerzas que ponen freno a los gobiernos de la derecha y la ultraderecha. La fórmula que sirve para la España urbana quizás no sea la más adecuada para la España vaciada. Y del mismo modo, la fórmula adecuada para el centro urbano e industrial de Asturies tal vez no sea la más apropiada para el oriente y el occidente.

A pesar de Fukuyama, la historia no ha llegado a su fin. Muy al contrario, parece estar acelerándose y repitiéndose. Algunos episodios que estamos viviendo recuerdan alarmantemente a los que vivió Europa hace un siglo. La izquierda transformadora tiene una responsabilidad histórica que es proporcional a la amenaza que sufre nuestra democracia por parte del neofascismo. Y debemos estar a la altura. Toca pensar el mundo que le queremos dejar a las generaciones que están por venir. La historia continúa, y ahora debemos impedir que la escriban los heraldos del odio.

Actualidad

spot_img