No nos engañemos de Irlanda conocemos el folklore, como quien habla de España por los toros, la sangría y las sevillanas. Irlanda para el común de las mortales es el paraíso fiscal de las multinacionales, el país de los tréboles y los pubs, de la Guinness, los gangsters y la religión. Pero la verdad es que, más allá de eso, sabemos poco. Tan poco que muchos siguen aún hoy asociando Irlanda con Braveheart, cuando en realidad era escocés. Ese es más o menos el nivel medio de conocimiento sobre un país que combina Silicon Valley con Peaky Blinders (que efectivamente tampoco se desarrolla en Irlanda sino en Birmingham).
Pero los irlandeses tienen una sana costumbre que últimamente parece estar más en peligro que nunca, celebrar elecciones. Tras las celebradas el 24 de octubre, la nueva presidenta de Irlanda ( en gaélico décima Uachtarán na hÉireann) ha resultado ser Catherine Connolly, candidata independiente y de izquierdas, apoyada de forma tácita por el Sinn Féin, que renunció a presentar aspirante propio para no dividir el voto progresista. Quien quiera, que tome nota.

Pero antes de entrar en el meollo conviene, eso sí, repasar quién es quién en la política irlandesa, porque no, sus principales partidos no son Amazon, Google o Tesla, sino el Fine Gael una especie de Ciudadanos con pedigrí liberal y europeísta, el Fianna Fáil, una versión amable del Partido Popular, con la que gobierna desde 2020 en una gran coalición ( sueño húmedo del 90 % de la prensa española, pero pintado de verde), ambos indistinguibles en lo social y económico.
En la izquierda está el Sinn Féin, el gran partido de izquierdas irlandés, con alma republicana y todavía perseguido por la sombra del IRA, el Labour Party, algo así como el PSOE irlandés pero sin el Perro, es decir una Coca Cola sin gas ni posibilidades de gobernar, Los Verdes, y El Pueblo Antes que los Beneficios, una formación trotskista a la izquierda de las otras dos. La unión de estas formaciones ha sido clave para la victoria de Connolly.
Hechas las presentaciones, hablemos de la ganadora de las elecciones, Catherine Connolly ha ganado con el 63,4 % de los votos, imponiéndose con holgura a Heather Humphreys, candidata del conservador Fine Gael, que quedó en torno al 29 %. Con una participación que apenas superó el 45 %, y que dice mucho de la actual situación política irlandesa, atravesada por graves problemas sociales como el de la vivienda, a pesar que pensemos que algo exclusivo de España. Y es que detrás de los tréboles y las cifras macro deslumbrantes hay una sociedad que presume de tener uno de los PIB per cápita más altos del mundo, unos 100.000 €, pero cuyo ingreso real por persona, si se eliminan las distorsiones que provocan las multinacionales, ronda los 55.000 €. La explicación está en su modelo económico, Irlanda es sede europea o internacional de gigantes como Apple, Google, Meta, Pfizer, Microsoft, Intel, Johnson & Johnson o TikTok, atraídos por su baja fiscalidad y su contabilidad creativa. Un modelo que convierte a Dublín en un paraíso corporativo, pero cuyos beneficios no gotean hacia la economía real.
El resultado, un país rico con gente que no se siente rica. Recordemos que en 2015 una simple reorganización contable de Apple disparó oficialmente el PIB un 26 % en un solo año, un fenómeno que Paul Krugman bautizó como “leprechaun economics”, la economía del duende, y, como en todo cuento de hadas, el oro del caldero no siempre pertenece a quien lo custodia.
Esa es la Irlanda que se encuentra Connolly, abogada y diputada por Galway que ha construído su trayectoria política alejada de las estructuras partidistas tradicionales. Su discurso combina un pragmatismo progresista, similar al “Carmenismo” de 2015, defensa firme de los servicios públicos, la neutralidad internacional y la transparencia institucional. Ha sido una crítica constante de la OTAN y de la subordinación europea a Estados Unidos, y ha anunciado su intención de visitar Palestina como presidenta en señal de apoyo personal a su población tras el “genocidio” perpetrado por Israel. Tampoco es partidaria del rearme europeo, y ha llegado a comparar el gasto militar de la Alemania actual con el de los años treinta.
Para entender la magnitud del resultado hay que conocer el marco en el que se produce. Irlanda es una república parlamentaria con un sistema electoral basado en la representación proporcional mediante voto único transferible (PR-STV), un modelo diseñado para favorecer el pluralismo y la representación local, el poder real recae en el Taoiseach (primer ministro) cargo que desempeña Micheál Martin, del Fianna Fáil y elegido por la cámara baja (el Dáil Éireann).

El presidente de la República, aunque elegido por sufragio universal, ejerce sobre todo funciones ceremoniales y protocolarias, sanciona leyes, representa al país en el exterior y puede remitir textos legales al Tribunal Supremo en caso de duda constitucional, sin embargo, la influencia simbólica del presidente es enorme. En un país pequeño y políticamente estable, la presidencia funciona como una especie de Pepito Grillo nacional, capaz de moldear el debate público. Así lo hizo su antecesor, Michael D. Higgins, poeta y sociólogo con aspecto de abuelo de cuento, y conocido por estos lares por sus apariciones oficiales con sus perros, presidente desde 2011 y cuya defensa de los derechos sociales y del republicanismo cívico marcó un estilo de liderazgo muy apreciado.
Connolly es un figura que conecta con una corriente de fondo que cada vez tiene más fuerza, la de los desencantados con los partidos tradicionales. El éxito de su campaña ha estado en capitalizar el hartazgo ante un sistema donde los grandes partidos (Fianna Fáil y Fine Gael) llevan un siglo alternándose en el poder.



























