La tienda de Fina

Fragmento de la novela "En mar abierto" de Eduardo Romero dedicado a Fina Clemente, recientemente fallecida.

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Eduardo Romero
Eduardo Romero
Escritor y corrector editorial.

Fragmento de la novela En mar abierto (Pepitas, 2021) leído por el autor en el homenaje que la asociación vecinal Oviedo Redondo organizó en 2017 a Fina y Elvia Clemente, recientemente fallecidas.

Es la calle de la ciudad donde más proliferan los bares de copas. Aún permanecen abiertos un par de los históricos, esos que conservan una cierta personalidad, reconocible por quienes acuden en busca de un estilo de música y un tipo de ambiente. Pero todos los que han abierto en los últimos diez o quince años están cortados por el mismo patrón: las mismas luces de colores, la misma música, los cuerpos de las camareras puestos en juego para competir por la clientela, histriónicas parejas de comerciales repartiendo ofertas de copas baratas entre la gente que circula por delante, el segurata en la puerta para seleccionar a quienes se aprestan a cruzar la entrada.

Quien camine de día por esa misma calle se sorprenderá al encontrarse con una especie de resto antropológico del barrio

Quien camine de día por esa misma calle se sorprenderá al encontrarse con una especie de resto antropológico del barrio: una pequeña tienda de ultramarinos. Tiene un par de metros de escaparate, por el que se pueden observar los cajones de fruta y el mostrador de los quesos y los embutidos, pero la tienda, muy estrecha, tiene sobre todo mucho fondo. El único espacio hacia fuera del mostrador, que divide la tienda en dos estrechas y alargadas mitades, es un pasillo por el que a veces la clientela se tropieza con sacos de patatas y cajas de cebollas apiladas unas sobre otras. En la estantería superior, inalcanzable salvo con una larga escalera, se exponen botellas de vino. Parece que llevan años acumulando polvo allá arriba, sin que nadie las toque. Algunas son de marcas extravagantes.

Foto: Pablo Lorenzana

Las cajas de fruta y verdura, una vez vaciadas, se ponen boca abajo para servir de asiento a algunas mujeres que echan un rato allí, charlando con la dueña. De ella diríamos que tiene unos sesenta y cinco años, pero en realidad tiene veinte años más.

Una de las mujeres que se sienta hoy en una de esas cajas es la vieja de la fiesta de disfraces. Fina le ha preparado y regalado un bocadillo y, mientras observa cómo se lo come, la arenga para que deje de beber. La vieja mastica tenazmente el pan y el salchichón con la pobre dentadura que le queda y escucha el rapapolvo con resignación. Fina se mueve de un lado a otro de la tienda seleccionando lo que otra mujer le va cantando: una docena de huevos, dos latas de atún, un cuarto de jamón de york, medio kilo de manzanas, uno de peras, tres plátanos, papel higiénico del suave, unos estropajos —estos últimos no se los canta, sino que los coge la propia clienta, pues están en las estanterías de su lado—. Fina agrupa toda la compra sobre el mostrador y hace a mano, con letra redonda, elegante, la suma de las cifras que ha ido apuntando con un lápiz en un trozo de papel cuadriculado. Al terminar la suma, descuenta mentalmente tres euros del resultado final, escribe la cifra en tamaño un poco más grande en la parte inferior del papelucho y esa es la cantidad que le pide a la señora. Introduce de regalo en la bolsa de tela que ha traído la clienta una caja de «galletas de la abuela», así pone en la tapa. La señora agradece el detalle, paga a Fina y coge su bolsa, pero no se marcha. Se hace un hueco en el pasillo y también se acomoda sobre una de las cajas. En el tiempo que permanece sentada, Fina sale a la puerta al menos dos veces a entregar bocadillos a yonquis del barrio que se arriman por allí.

A Fina le han ofrecido mil veces que venda la tienda, el negocio que abrió su abuelo hace ciento once años. Ella lleva más de setenta despachando. Nunca venderé la tienda para que la cierren y abran otro bar, dice a todo el que penetra en su pequeño mundo. Y eso que cada vez tiene menos clientela. La mayoría del vecindario se ha tenido que mudar a la periferia —a medida que tiraban o restauraban las casas y construían de nuevo, en los años de bonanza, para las clases emergentes— o, directamente, se ha muerto. Hace unos años ha abierto, a escasos trescientos metros de la tienda, una gran superficie comercial a la que acuden riadas de gente que sale cargada de bolsas de plástico repletas de envases de comida […].

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