Filósofa heterodoxa, politóloga y ensayista, la asturiana Alicia Valdés (1992), autora de Política del malestar, participa este fin de semana en el festival Pan y Roses, que se celebra en el Kuivi Almacenes de Oviedo/Uviéu como espacio de pensamiento, literatura y acción social. En la mesa redonda “¿En qué momento todo se puso tan oscuro?”, este domingo a las 19h, Valdés compartirá reflexión junto a Laure Vega, Pablo Batalla y Héctor González, en un encuentro atravesado por la actualidad internacional y la sombra del veto israelí al escritor palestino Basim Khandaqji.
Valdés propone una mirada política que incorpora el deseo, el inconsciente y los afectos como motores de la acción y la historia. Hablamos con ella sobre pensamiento, oscuridad, capitalismo, deseo y las formas de resistencia posibles en un tiempo donde el futuro parece cancelado.
¿Cómo llegó a combinar el psicoanálisis con la filosofía y la política en su trabajo?
Yo estudié Ciencias Políticas y después me especialicé en filosofía política. Cuando empecé el doctorado quería trabajar el comportamiento y las identidades políticas, pero sentía que las teorías que manejaba se quedaban cortas. Eran paradigmas muy basados en la razón, en ese sujeto cartesiano e ilustrado que ya no explica lo que nos pasa. Esos enfoques decían que la realidad era una excepción constante o que lo que no encajaba era “irracional”. Así llegué al psicoanálisis, que ya conocía personalmente, y decidí integrarlo como herramienta de análisis político.
En Política del malestar usted plantea que muchas decisiones políticas tienen que ver con deseos, malestares, y no solo con racionalidad o condiciones materiales. ¿Podría explicarlo brevemente?
Sí. Si solo analizamos la política desde lo racional, entendemos que una acción es lógica si se adapta a nuestras condiciones materiales, y que actuar “contra el propio interés” es irracional. Pero hay otros elementos: el deseo, el inconsciente, los afectos. Desde el psicoanálisis y desde el feminismo se abre el análisis a lo no racional. Así podemos entender fenómenos que de otro modo parecerían absurdos, como el auge de la extrema derecha.
El presente oscuro y los deseos domesticados
El título de la mesa en la que participa es “¿En qué momento todo se puso tan oscuro?”. Desde su mirada filosófica, ¿qué se ha oscurecido realmente: la política, el deseo colectivo o la esperanza?
Creo que lo primero que hay que decir es que los tiempos llevan siendo muy oscuros para mucha gente desde hace mucho. Lo que ocurre ahora es una contracción de los marcos del capitalismo: crisis que antes afectaban solo a ciertos grupos empiezan a afectar también a otros. La crisis de la vivienda, por ejemplo, ha alcanzado a sectores de clase media o con estudios. Al ampliarse el rango de quienes sufren, parece que la oscuridad crece. A mi generación nos hicieron una promesa que luego se rompió, y las nuevas generaciones ni siquiera han tenido promesa. En filosofía se habla de la “cancelación del futuro”: la sensación de que lo que viene es un abismo. Eso es lo verdaderamente distinto.
“A mi generación nos hicieron una promesa que luego se rompió, y las nuevas generaciones ni siquiera han tenido promesa”
Vivimos un tiempo de polarización y de agotamiento de horizontes. ¿Ha cambiado nuestra manera de desear o de creer en lo común?
El término “polarización” me resulta problemático. No hay dos polos equivalentes: existe una extrema derecha, pero el antifascismo o la defensa de los derechos humanos no son un “extremo”. Ese discurso de la polarización iguala cosas que no son comparables. En cuanto a los horizontes, creo que durante mucho tiempo se ha hablado desde la promesa de un futuro utópico, de algo que “llegará algún día”. Pero ya existen alternativas en el presente. Hay que aprender a verlas, valorarlas. Sí que ha cambiado nuestra manera de desear: vivimos en un capitalismo que convierte el deseo en mercancía. Nos vende la ilusión de que el deseo puede culminarse —que basta con consumir algo para ser felices—. Desde el psicoanálisis entendemos el deseo no como meta, sino como motor de acción. Si el deseo se culminara, dejaríamos de movernos. Una vida sin deseo sería una vida detenida.
Entre el genocidio y la impotencia
En este festival la actualidad internacional está muy presente. ¿Qué puede revelar una mirada filosófica o simbólica sobre el conflicto en Oriente Medio y el malestar global que habitamos?
No me gusta hablar de “conflicto”, porque es un genocidio, y además un genocidio que estamos viendo en tiempo real, “scrolleando”. No soy experta en esa región, y me cuesta hacer disertaciones filosóficas sobre algo tan brutal, pero hay algo claro: estamos viviendo una distopía. La impunidad es absoluta. También me llama la atención cómo se usa este genocidio en clave nacional, como arma política dentro de los parlamentos. Y, al mismo tiempo, me emociona ver la respuesta en las calles, la rabia y la capacidad de hermanarnos con el pueblo palestino. Pero no sé qué palabras bastan ante algo así.
Cuando el poder silencia o impide la palabra, como en el caso de Basim Khandaqji, ¿qué nos dice eso sobre el deseo de dominación y sobre la fragilidad de la libertad de expresión?
No sé exactamente qué ha pasado en su caso, pero lo que se ve es quién tiene poder y quién no. Las redes sociales nos lo muestran a diario: los algoritmos potencian discursos violentos, de extrema derecha, mientras quienes dicen “ya no se puede decir nada” ocupan programas de prime time. El filósofo Achille Mbembe habla de necropolítica, del poder de decidir quién puede vivir y quién debe morir. No solo en el sentido biológico, sino también simbólico: cuando se priva de libertad, de movimiento o de palabra. Vivimos en un sistema vinculado a la muerte, que gestiona la muerte y distribuye la vida según jerarquías. Nos gobierna Tánatos.
Pensar como forma de acción
Su trabajo invita a mirar lo que no se nombra tanto en política: la subjetividad, el deseo, el cuerpo. ¿Cómo puede esa mirada transformar la forma de organizarnos y de imaginar lo común?
Creo que existen alternativas que no son las que nos dijeron que debían ser. A menudo seguimos pensando con categorías del siglo XIX y XX, esperando las condiciones “perfectas” para el cambio. Yo creo en la acción directa, en el ahora. Hay una idea que llamo el no todo: no todo se puede transformar de golpe, pero hay pequeñas formas de resistencia que ya crean vidas más vivibles. Una asamblea feminista no va a acabar con el patriarcado global, pero puede hacer que hoy haya vidas más dignas. Un vegano no detendrá la matanza industrial, pero su gesto importa. Nombrar esas prácticas es vital para no caer en la desmovilización.
¿Cómo puede la filosofía convertirse en una práctica política o de resistencia real en estos tiempos?
Para empezar, basta ya de hacer de la filosofía algo elitista e inaccesible. Si la filosofía no se aplica, no sirve. Si el pensamiento no moviliza, no es crítico. Mantener una actitud filosófica es una forma de enfrentarse al mundo, pero debe ser accesible, no encerrada en jerga ni academias. Pensar también es actuar.
¿Cuál cree que es la pregunta más urgente que deberíamos hacernos hoy para recuperar la imaginación política?
Hace poco estrené un ensayo sonoro llamado Imaginación política, porque creo que uno de nuestros problemas es la incapacidad de imaginar cosas bellas: ni siquiera sabemos lo que deseamos. A veces la pregunta más política es la más sencilla: ¿cómo sería un día ideal para usted? A partir de ahí —de imaginar un día amable, posible— podemos empezar a pensar otro mundo.



























