La Vega, un trozo de la historia obrera de Oviedo

Antiguos aprendices del 75 visitan la fábrica con motivo del medio siglo de una promoción marcada por la Transición democrática.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Entre el olor a hierro, el ruido del torno y el eco de las sirenas que marcaban el ritmo del trabajo, se formó una generación que hoy recuerda con orgullo sus años de aprendizaje en la Fábrica de La Vega. Eran los jóvenes de la promoción de 1972-1975, muchachos de barrios obreros de Oviedo/Uviéu, bastantes de ellos hijos o familiares de trabajadores de la histórica factoría armera, que, con apenas catorce o quince años, ingresaron en uno de los centros de formación industrial más emblemáticos de la industria asturiana. Este miércoles un grupo de ellos se reunió en las antiguas instalaciones para recordar el medio siglo de aquella promoción, a la que le tocó vivir la Transición democrática, el esplendor y crisis de la industria militar española, y los grandes cambios en una fábrica que pasó con el cambio de siglo del Instituto Nacional de Industria a la privatización e integración en la multinacional General Dynamics.

La Fábrica de Armas de La Vega, fundada en 1855 en lo que entonces eran las afueras de Oviedo/Uviéu, fue durante décadas un referente de la industria asturiana y un auténtico laboratorio de talento técnico y profesional. Los aprendices combinaban formación teórica con prácticas en los talleres. Los cursos duraban tres años e incluían materias como mecánica, ajuste, soldadura, electricidad o dibujo técnico. Cada aprendiz debía pasar por las distintas secciones de la fábrica, desde el taller de mantenimiento hasta las zonas de montaje. Era una formación de mucha calidad que preparaba a trabajadores muy cualificados y versátiles.

La Fábrica de Armas de La Vega fue durante décadas un referente de la industria asturiana y un auténtico laboratorio de talento técnico

Javier Ordás recuerda que cada aprendiz recibía además de manera gratuita libros y un estuche, ropa de trabajo y deporte, algo que no era nada común en el precario sistema educativo de la España franquista: “Tuvimos algunos profesores muy buenos como Matias Fernández, que nos daba salud e higiene en el trabajo y tenía ideas muy progresistas que chocaban con los militares. Le llamaban El loco“.

Visita de los antifuos aprendices. Foto: Pablo Lorenzana

Era una educación integral, casi artesanal, en la que la destreza manual se acompañaba de un fuerte sentido de pertenencia. Muchos de los jóvenes que salieron de La Vega continuaron su carrera dentro de la propia empresa, otros dieron el salto a otras industrias, donde se valoraba mucho a los aprendices formados en la fábrica ovetense.

“Solo el primero de la promoción tenía el trabajo asegurado en la fábrica, pero en aquella época hubo mucha carga de trabajo y casi todo el mundo que quiso acabó trabajando en La Vega” explica Ordás, que fue ajustador antes de dejar la fábrica y montar su propio negocio de fotografía.

Una fábrica paternalista y militarizada

La promoción de 1972-1975 llegó en un momento de transición. Eran los últimos años del franquismo y los primeros vientos de cambio comenzaban a soplar en el país. En la fábrica se hablaba de trabajo, de fútbol, de la vida en general, pero también de política en voz baja.

La Vega en los años 70.

Tras la guerra muchos de los trabajadores de izquierdas habían muerto, partido al exilio o habían sido represaliados y despedidos. Para volver a ponerla en marcha la fábrica se había llenado de otros obreros, algunos afectos al régimen, a los que se recompensaba con un buen trabajo, otros personas sin antecedentes políticos, campesinos procedentes de las migraciones rurales a la ciudad. Esta composición social y política, unida al carácter militar de la factoría, dificultaba el trabajo sindical en una fábrica en la que además las condiciones eran bastante mejores que en la mayoría de las industrias asturianas.

Ordás, que entonces era militante del PCE, explica que a pesar de la mezcla de “paternalismo” y control militar que existía en La Vega, un pequeño grupo de “rojos” empezaría a reconocerse dentro y fuera de los talleres, empezando a reunirse para poner en marcha Comisiones Obreras en una fábrica que entonces empleaba a centenares de trabajadores. Finalmente, y aunque con retraso, en 1976, todavía de manera ilegal, el sindicalismo democrático comenzaba a funcionar en la factoría.

Con respecto al futuro de La Vega Ordás señala que hay disparidad de criterios. Mientras algunos ex trabajadores no quieren saber nada de ella y no han querido volver a pisarla, otros como él o su compañero de promoción, Víctor Triviño, se han implicado a fondo en el movimiento ciudadano por su conservación. Ordás en todo caso se muestra esperanzado con un progresivo cambio de actitud en la sociedad en general y entre sus propios ex compañeros más escépticos: “Hay gente que antes no daba ningún valor al patrimonio industrial y que ahora empieza a ver todas las posibilidades que tienen las naves y toda la fábrica”.

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