“Un escritor nunca sabe si alguien le leerá alguna vez, es como escribir en una habitación a oscuras”

La escritora asturiana Alicia Andrés Ramos acaba de conquistar el Premio Fundación Monteleón de Novela Breve 2025 con la novela "Arden los estanques".

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Elena Velez
Elena Velez
Es periodista.

La escritora asturiana Alicia Andrés Ramos (Avilés, 1977) acaba de conquistar el Premio Fundación Monteleón de Novela Breve 2025, con la novela “Arden los estanques”. Un galardón al que aspiraban 582 manuscritos de más de 40 países y que recibió esta semana en León. En su nueva obra, que se presentará en Madrid el 19 de noviembre y en Xixón el 18 de diciembre, la música y el deseo se mezclan en una historia protagonizada por una alumna de piano y su profesora, en Tokio y el sur de Francia como escenarios principales.

¿Hubo algún detonante que le empujara a escribir Arden los estanques?

El detonante fue un concierto de piano en un espacio de Madrid, el Olivar de Castillejo, al que asistí hace un montón de años. Era un concierto de Liszt que interpretaba una especialista en este compositor. La conjunción de la música con la naturaleza y la imagen de los árboles en la noche, despertó en mí algo que ya tenía desde hace bastante tiempo en la cabeza. El lugar era maravilloso, como anclado en el tiempo y por el que pasó toda la Generación del 27: Lorca, Alberti, Dámaso Alonso… El lugar se mantiene hoy en día, afortunadamente libre de especulación. Lo fundó el jurista y pedagogo, José Castillejo, que también fue un benefactor de la Cultura. Es una finca con una casita en la que Castillejo pasaba los veranos con su familia. Se abre pocas veces, sobre todo en verano para hacer conciertos de música clásica.

Alicia Andrés Ramos

 ¿Cómo se le ocurrió usar la música como lenguaje y estructura narrativa?

Cuando era pequeña, en el piso de arriba vivía un pianista que en aquel momento estaba estudiando. Por eso, mi infancia transcurrió constantemente con el sonido del piano de fondo. Supongo que algo de la idea de estructura de este libro parte de ahí. También tengo varios referentes, como el libro Alexis o el tratado inútil del combate, de la escritora Marguerite Yourcenar. Es una obra que me marcó profundamente. Trata de un pianista, que es un hombre homosexual, que encuentra la manera de poder confesar lo que siente a través de sus conciertos. Cuando toca, percibe que está revelando todo lo que la sociedad le obliga a callar. La idea de que existen otros lenguajes de expresión emocional que no se basan en la palabra, sino, por ejemplo, en la música, me pareció que tenía gran potencial.

¿Escuchaba música al escribir? Y si esa así, ¿qué temas?

Totalmente. Escribí el libro por completo escuchando música. Aunque en la novela cito muchas piezas de música clásica, yo no escuchaba eso. Realmente escuchaba a la pianista canadiense Alexandra Stréliski. Es una pianista que tiene unas composiciones maravillosas y un estilo en que el silencio es muy importante. Así, en la novela, son importantes las notas y los espacios que hay entre ellas. Como en la música de Satie. Cuando releo un poquito la novela, como he hecho estos días, estoy casi escuchando esa música.

¿Su novela sirve de aprendizaje emocional?

Me interesaba profundizar sobre la manera en que el arte es una forma de hacer visible lo invisible y cómo se puede crear un lenguaje de transmisión. No solamente de una disciplina, sino de la emoción. Creo que el vínculo entre el arte y la emoción surge y se construye a través de la música. En la novela lo sitúo en una época determinada de la vida, entre la infancia y la adolescencia. En ese momento en el que abandonas el mundo imaginario y vas adentrándote en lo real. El personaje de la maestra de piano es en realidad un mentor que te ayuda a atravesar ese puente de una manera más o menos traumática

 ¿Diría que el erotismo está presente de manera poco convencional en la novela?

Planteo un descubrir del deseo, de la sensualidad y del erotismo que no solamente está en los cuerpos, sino que creo que también está en el paisaje. La naturaleza siempre ha sido muy importante en todo lo que he escrito. El verano es puro deseo por el calor y la fruta madura al borde de malograrse. Lo mismo ocurre con el jardín o el bosque. Todo eso sugiere caricias, descubrimiento de la piel y, en definitiva, un deseo que nace entre la alumna y la maestra.

¿Por qué la novela está ambientada en Tokio y en el sur de Francia?

Porque es una obra que está hecha como la memoria, a través de fragmentos de mi vida y de la vida de otras personas. En esta novela hay elementos del sur de Francia e incluso de Barcelona que tienen que ver con personas que han formado parte de mi vida y que han pasado momentos de su infancia allí. Por otro lado, me apasiona Japón. Llevo muchos años investigando el haiku (poema breve de origen japonés que consta de tres versos con una métrica tradicional de 5, 7 y 5 sílabas, sin rima). También me interesan los Baños de bosque o Shirin-Yoku. Y, en general la cultura, la literatura y la filosofía japonesa. Me parecía que no era solo una estética, sino que tenía mucho que ver con la filosofía del vacío, la austeridad y lo sugerido y no contado que respira la novela. Por eso, la cultura oriental en este libro funciona como eje central, tanto en su construcción como en cómo está contada.

¿Qué ha supuesto ganar el premio de la Fundación Monte León?

Estoy muy contenta. Un premio siempre es un foco de luz. En este caso conlleva la edición en una editorial que me encanta, Eolas. Además, permite que la novela tenga una difusión.  Luego ya depende de cómo sea recibida y de cómo se difunda para que pueda tener un recorrido más largo. Un escritor nunca sabe si alguien le leerá alguna vez, es como escribir en una habitación a oscuras. Es un oficio solitario de paciencia. Por eso, escribes para ti, para un lector o lectora sin rostro. Es como escribir en una habitación a oscuras.

¿Se siente más escritora, periodista o mediadora cultural?

La verdad es que está todo un poco relacionado. Mi vocación siempre ha sido la literatura y luego está mi formación, el periodismo. De hecho, trabajé en varias revistas de música. Finalmente, llegué a la mediación cultural un poco desde la literatura y el periodismo. Me pareció que había algo muy creativo en el hecho de conseguir crear conceptos culturales y aunar diferentes artes para compartir esos tesoros que había ido descubriendo a lo largo de mi vida. En todos los proyectos que hago, que fundamentalmente son en Asturias, trato de que todas las artes estén presentes: la literatura, la música, las artes escénicas e incluso la ciencia.

¿Hay alguna nueva melodía (proyecto) rondándole la cabeza?

Trabajo desde hace algo más de un año en un proyecto que trata de recuperar la memoria de un río y la memoria familiar de una manera entrelazada. Es un río que desapareció en los años 80 en la tierra de mis antepasados. Quiero contar todo lo que eso genera. La pérdida general, la pérdida de personas de nuestro entorno, el duelo del río y el duelo personal.

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