Los que somos lectores habituales del billetín de Pedro de Silva en el periódico que hoy nos acoge sabemos que es como la célebre caja de bombones de la madre de Forrest Gump: nunca sabes lo que te va a tocar. Lo digo con admiración, porque a mí me gustan mucho, como lector de columnas y ensayos, los tribunos impredecibles. Hay muchos que escriben una y otra vez el mismo artículo. Pedro, como saben, no escribe dos iguales.
Me refiero, en primer lugar, al género. Uno nunca sabe si ese día va a encontrarse con un comentario político, con una microrreseña de un libro, con una reflexión filosófica o con una pequeña prosa poética; uno de esos casi haikus largos en los que el Pedro más lírico —que es también, con frecuencia, el más gijonés— nos pinta con dos trazos maestros una estampa de surferos en la Lloca, o de niños jugando en la playa de San Lorenzo, o de pájaros en bandada, surcando el cielo.
Me refiero, ya digo, a eso: al género. Pero también a lo heterogéneo e impredecible de sus columnas más políticas. Porque incluso cuando escribe sobre política, Pedro tampoco es demasiado predecible. Y uno tampoco sabe si lo que va a razonarle ese día es que el porcentaje de presupuesto dedicado a la solidaridad internacional debería ser, no el 0,7 o el 1 por ciento, sino el 10. O que los españoles siempre han votado bien, al mejor, también cuando lo hicieron por Aznar o Rajoy. O si va a encontrarse a Pedro alabando al Rajoy del rescate. O a Pedro haciendo un elogio de los revolucionarios del 34. O a Pedro comentador que el Imperio español fue civilizador y el inglés, depredador.
Hay cierto columnista muy famoso que sostiene que él no tiene ideología, sino biblioteca. Presume de impredictibilidad a pesar de ser enormemente predecible y repetitivo. Con Pedro pasa al revés. Es realmente impredecible y tiene biblioteca —le dedicó un billetín reciente al engorro de tenerla, de ordenarla, de buscarle sitio—, pero creo que jamás diría que no tiene ideología.
Esa ideología es la socialdemocracia; y Pedro, un socialdemócrata canónico. No un conservador disfrazado de socialdemócrata, ni un neoliberal, ni un peronista vestido de socialdemócrata. Conocemos muchos ejemplos de todo esto. Y es difícil ser socialdemócrata, porque la socialdemocracia es un equilibrio difícil, una gavilla de combinaciones que pueden ser bastante contraintuitivas. Se trata, por ejemplo, de ser una persona preocupada por la justicia social, pero no menos que por el orden. Y no el orden utópico del Bertolt Brecht que decía que llamar a derribar el orden existente parece espantoso, pero el orden existente no es ningún orden. Sino el orden existente. Que el orden existente cambie, evolucione, si es injusto, pero lo haga, valga la redundancia, ordenadamente, con arreglo a sus propios mecanismos, aunque sea para que esos mecanismos se desactiven a sí mismos.
Se trata, también, de creer sinceramente en el libremercado como generador de prosperidad, pero tanto como en sus bridas, en sus obstáculos, en la necesidad de ponerle muchos. De creer en las élites, pero odiar el elitismo. De creer en la lucha de clases, pero también en la colaboración interclases. De tener el pesimismo antropológico del conservador —y Pedro cuenta en este libro que dos de los intelectuales que más lo marcaron son Jünger y Unamuno: el sentimiento trágico de la vida—, pero no perder la ambición transformadora del insurrecto. De creer que el género humano no es perfecto y no lo va a ser jamás, pero sí muy perfectible. Que nunca viviremos en el Edén, pero sí podemos, porque hemos podido, levantar una sociedad que le parecería el Edén, no ya al hombre del Sidrón, sino a nuestros abuelos.
Parafraseado al antes mencionado Mariano Rajoy, it’s very difficult todo esto. Y se complica todavía más si añadimos que ser un socialdemócrata digno de tal nombre no consiste solo en tener creencias, sino en ser practicante de ellas. En interiorizarlas, y luego exteriorizarlas, en forma de una determinada manera de ser y de relacionarse con los demás. Ver siempre lo bueno o la posibilidad de lo bueno en los demás. Estar uno muy a gusto y ser muy educado con el rey o un magnate, pero exactamente igual de a gusto y de educado que con un picador del pozu María Luisa o un enlace del maquis. El «talante» de Zapatero.
En este libro aparecen —Pedro nos las presenta— las personas más ricas, y por lo tanto más poderosas, de Asturias, pero una anciana socialista de una aldea de la cuenca del Nalón que, el 23-F, corrió a buscar una metralleta que tenía escondida para, si subían a buscarla, barrer la ladera con ella. Y nos encontramos a Pedro hablando igual de bien, con el mismo respeto y la misma gratitud como asturiano, del rico que instaló una empresa en Asturias o hizo obras de mecenazgo cultural que de la anciana y su metralleta.

A veces las derechas claman contra la «ingeniería social» que atribuyen a la izquierda, pensando que nos acusan de algo terrible. Yo creo que un Jovellanos y un jovellanista como Pedro estará de acuerdo conmigo en que la ingeniería social no solo es posible, sino que es deseable. Hay ingenierías e ingenierías y las hay megalomaníacas, pero también prudentes, contenidas. Que son ingenierías al fin y al cabo. La sociedad que hoy habitamos, en lo mejor que tiene, fue soñada en la historia por mucha gente y algunos se propusieron ser sus ingenieros. Y un buen socialdemócrata dirá (haciéndonos arrugar la nariz a los que no somos socialdemócratas) que la conseguimos gracias a los reyes buenos y los buenos ricos, pero (haciendo, en este caso, arrugar la nariz a los conservadores) tanto como gracias al revolucionario del 34, el maquis del 41 y el huelguista del 62, que obligaron —ya fuera de cuerpo presente o en forma de fantasmas— al rey y al rico a ser buenos. A renunciar a algunos de sus poderes y a alguna de su riqueza; a parte del botín atado y bien atado del 39. Cualquier gran obra pública de ingeniería (el túnel del Negrón, por ejemplo) se hace con planos y capataces. Pero también con obreros y cartuchos de dinamita.
Las combinaciones de la socialdemocracia son contraintuitivas, pero no por ello incoherentes. Hay mucha coherencia en Pedro de Silva. A veces uno tiene la tentación, a la vista de esa impredictibilidad, de calificarlo de «heterodoxo», pero si uno lo piensa bien se da cuenta de que sería casi un insulto. Lo que pasa con Pedro es que es ortodoxo de una ortodoxia con tan pocos feligreses verdaderos que acaba pareciendo heterodoxia. La ortodoxia de mezclar a Kant y a Marx. O por hacer la conexión asturiana o madreña connection que este periódico busca siempre, a Gaspar Melchor de Jovellanos y a Belarmino Tomás.
Hay una anécdota que no sale en el libro, pero que a mí me han contado alguna vez, que me parece que condensa espléndidamente todo esto. Pedro, recién nombrado presidente, llega a Presidencia y ve al policía que custodia la puerta. El policía no le hace el saludo militar. Y Pedro se queda parado delante de él hasta que se lo hace. No era, en absoluto, un arrebato de megalomanía, sino un acto de orgullosa humildad o humilde orgullo socialdemócrata: soy el presidente electo y democrático de todos los asturianos y, aunque a mí personalmente me da igual que me saludes o no, y hasta me incomoda un poco que lo hagas, les debes a todos ellos, a través de mí, el saludo que antes le hacías a los sátrapas de la dictadura.
No viví para votar a Pedro de Silva y seguramente no lo hubiera votado a él, sino a Francisco Javier Suárez.
Esto sucedió antes de que yo naciera, porque, cuando yo nací, el presidente de Asturias era Pedro de Silva, y le quedaban solo cuatro años para dejar de serlo. Formo parte de otra generación y también formo parte de otro campo político. No viví para votar a Pedro de Silva y seguramente no lo hubiera votado a él, sino a Francisco Javier Suárez. Pero me parece interesante hablarles de qué acabó significando Pedro de Silva para mi generación y para mi campo político. Es una pregunta con dos respuestas aparentemente contradictorias. Es la generación y el campo político que hicieron el 15-M y todo lo que salió del 15-M. Y lo hicimos partiendo de una crítica muy dura de lo que bautizamos como «régimen del 78». Y por lo tanto, de las personas que lo crearon y levantaron. De gente como Pedro.
Pero luego pasó una cosa curiosa, que quizás a ustedes les pasara más desapercibida. Cuando llegó el momento de las que bautizamos como «Ciudades del Cambio», la posibilidad de tocar poder (poder municipal directo o parte del poder autonómico y a la postre del estatal), esa nueva izquierda acusada, no sin motivo, de adanista, se puso a buscar referentes del pasado. Referentes de la protesta, la disidencia y la oposición, como Gerardo Iglesias o Anita Sirgo, pero también del poder.

Había que pescar en el caladero del recuerdo de voto socialista y entonces se aparcó un poquito el adanismo. Había que decirle a esa gente que se había decepcionado del PSOE —pero a la que le dolían los denuestos inmisericordes al que había sido su partido— cosas que le gustara oír y que apelaran, no a la creación de algo completamente nuevo, ni al arrasamiento total de lo viejo, sino al rescate y reactivación del mejor pasado. Y entonces los Comuns barceloneses empezaron a ensalzar a Pasqual Maragall, el Podemos de Castilla y León empezó a acordarse de Demetrio Madrid, las «mareas» gallegas de González Laxe… y en Asturias descubrimos a Pedro de Silva. Y empezamos a decir que había sido el mejor presidente que había tenido Asturias. De una manera que podía no ser exactamente halagüeña para Pedro, porque cuando decíamos «este fue el mejor presidente», podía no ser tanto un «este fue un buen presidente» como un «este presidente fue el menos malo». Algo que no hablara bien de él, sino muy mal de los demás.
En todo caso, se hacían elogios sinceros. Pedro había sido un presidente asturianista, antes de una cadena de presidentes, no ya no-asturianistas, sino militantemente antiasturianistas. Pedro no declaró la oficialidad del asturiano, pero llegó tan lejos como pudo o le dejaron. Pedro había sido un presidente no corrupto y que no se agarró a la poltrona, sino que la abandonó por propia decisión cuando percibió que no le permitían desarrollar su programa. Pedro había sido un presidente, si no ecologista, al menos ecológico, que había promulgado la ley de costas más proteccionista del país y había evitado a Asturias los horrores urbanísticos litorales que vemos, no ya en el Mediterráneo, sino en Cantabria… Pedro, en general, era alguien que había querido otra Asturias, y cuya visión —decíamos en aquel momento de grandonismo— podíamos retomar ahora, quizás para llevarla más lejos o a otra parte, pero, en todo caso, partiendo del mismo sitio. Haciendo rebrotar ese Guadiana.
Quienes, perteneciendo a mi generación y a mi campo político, lean las memorias de Pedro —y yo les recomiendo encarecidamente que lo hagan— no van a encontrarse, como es obvio, una mala palabra sobre el «régimen del 78». Pero tampoco van a leer las palabras típicas ni los lugares comunes de la defensa de su origen. Lo que va a decirnos Pedro es que aquella transición «de la ley a la ley» llegó adonde llegó gracias a Adolfo Suárez, a Torcuato Fernández-Miranda, al rey Juan Carlos, a toda esa «delantera eléctrica» de padres oficiales de la patria. Pero gracias, también, a los sindicatos de clase. Que fueron responsables, y por eso firmaron los Pactos de la Moncloa, que es lo único por los que el relato canónico los recuerda, cuando se acuerda de ellos. Pero también fueron ambiciosos y tradujeron esa ambición en huelgas masivas, ocupaciones de fábricas y acciones de todo tipo, legales o ilegales. Pedro nos va a decir, nos va a reflexionar, y es una reflexión inusual y muy interesante, que la Transición no fue tanto un pacto político entre la derecha y la izquierda, entre la dictadura y su oposición, como un armisticio entre el ejército y los sindicatos.
Se va a encontrar también el lector a alguien que formó parte de aquello que se llamó el «rodillo socialista», y que es amigo íntimo de algunos ministros emblemáticos de Felipe González. Pero que no formó parte de la beautiful people y no se fue a vivir a Villa Meona, sino a un piso en Nuevo Gijón. Y que, de todas las personas de las que habla en el libro, tal vez de la que peor hable, o de la que menos mejor, sea de Felipe González. Pedro no habla mal-mal de nadie. Pero Felipe, y también Alfonso Guerra, salen de este libro dejándose muchas plumas. Yo confieso que una de las partes que más he disfrutado son algunas malicias sobre González y Guerra. Pienso, por ejemplo, en una escena que involucra un plato de lentejas en el Palacio de la Moncloa.
Pedro quería una España federal, pero federal de verdad, que no es lo que es nuestro Estado de las autonomías. Y por eso chocó con Felipe González. La España que Felipe construyó —sobre cimientos puestos por Suárez y por Calvo-Sotelo, pero la construyó Felipe Gonález— es un país muy descentralizado políticamente, pero hipercentralista y megacefálico en todo lo demás. Un embudo que cae hacia un Madrid que en años recientes se ha convertido directamente, no ya en sumidero, sino en aspiradora. Y Pedro no quería eso. Pedro quería una España no radial, sino anular. En la que a Asturias, por ejemplo, le preocupase más conectarse con Francia o Gran Bretaña que con Madrid, algo que yo solo les he oído decir así de claro a los nacionalistas asturianos más celtistas.
A Pedro no le asusta ni le saca granos la palabra nacionalista ni la idea de una España plurinacional, aunque condene el Procés por saltarse el orden. Y Pedro tiene muchas críticas que hacerle a Pedro Sánchez; se las leemos también en el billetín. Pero le desagrada más la mezquindad y la deselegancia del antisanchismo. Y por eso no se suma a un alzamiento anti-Sánchez al que vemos sumarse a una parte pequeña, pero influyente, de su partido.
Pero ojo: Pedro también quería y sigue queriendo un federalismo fractal, que es un concepto que lanza aquí y que también me ha interesado mucho. Un federalismo que no solo fraccione el país, sino que fraccione cada una de esas fracciones, y las fracciones de esas fracciones. Ya sabemos que los centrífugos lo son muchas veces de puertas para fuera, pero centrípetos de lo suyo. Y Pedro tampoco quiere eso. Quiere una España de la que Asturias sea una federación, pero no sea ella misma un embudo que caiga hacia Oviedo, o adonde sea, sino que reconozca, cuide y potencie la identidad y las competencias singulares de las comarcas, y dentro de estas, de los concejos, y dentro de estos, de las parroquias.
Pedro, si uno lo piensa, es un poco fractal él mismo. Se utilice la lente que se use para escrutar a Pedro, vemos el mismo puzle a diferentes escalas. La misma variabilidad que tienen sus billetinos la tienen sus libros gordos. Uno nunca sabe de qué va a ir el siguiente. Ha podido ser un ensayo histórico, uno filosófico, un libro de poemas, una novela ambientada en la Semana Negra o hasta una erótica. O unas memorias de mil páginas.

Mil páginas de las que —como dice su editor— no sobra ni una, porque este libro son muchos libros en uno. Tenía que ser así. No solo son las memorias del presidente del Principado de Asturias entre 1983 y 1991, que ya serían un libro muy interesante y necesariamente grueso. Sino que son también las de un descendiente de Jovellanos, un militante antifranquista, un diputado en el Congreso del 23-F, el diputado que defendió (en términos marxistas que no gustaron mucho a Felipe González) la expropiación de Rumasa… Y también un poeta y un narrador con cosas enjundiosas que contar sobre qué es la poesía y cómo se escribe y para qué. Y un amante de Asturias que la conoce muy bien y que nos regala cavilaciones cautivadoras sobre el Picu Urriellu, el cantón gijonés o la Universidad Laboral, ese pozo minero inverso.
Es también un libro de semblanzas, un bestiario por el que desfilan todos los personajes que han sido o son algo en el pasado y el presente de esta región, ya sea en la política, la economía, la cultura o hasta la religión. Pedro no menciona a nadie de pasada, sino que se detiene a hacer un retrato atento de cada uno, ya sea su chófer o Juan Carlos I. Aplica al hacerlo una máxima gramsciana. Gramsci dijo una vez, en una carta desde la cárcel a su hijo Delio, que le había dicho que le gustaba mucho la historia, que si quería ser historiador o escribir sobre historia, fuera cual fuera esa historia, e incluso si era una biografía, tenía que contar en ella la historia de muchos hombres, de todos los hombres que fuera posible.
Por eso yo quiero acabar esta perorata hablando un poco del otro autor del libro, de César Iglesias. Que me parece que era la persona ideal para hacerle a Pedro esta larguísima entrevista. Porque él es un periodista culto que también conoce muy bien Asturias, todas las asturias, y porque pertenece a la generación más adecuada para un trabajo así. Una generación que también estaba allí en 1975 y también hizo la Transición, pero no como capataces, sino como obreros; no como tenores, sino como coro; no como generales, sino como infantería. Los jóvenes estudiantes que estaban ahí al fondo, acompañando un proceso que aún no tenían edad para encabezar.
César (¡me cuesta llamarle César, porque para mí es Julio, o Xunetu!) sí pudo votar a Pedro de Silva y de hecho lo hizo. Y para él, los ochenta no son historia, sino recuerdos. El recuerdo, también, de todo lo que estaba en juego para España y para Asturias. Pero como era un extra y no un protagonista de aquella película, no deja de ser capaz de tomar distancia. Y es un entrevistador que a veces no hace una pregunta, sino una reflexión, y que siempre las hace muy agudas. Por ejemplo, la de esas «cuatro ilustraciones» que él detecta que se suceden en la historia de Asturias: la de Jovellanos, la de Clarín, la de los ateneos obreros… y la cuarta, la de Juan Cueto y Pedro de Silva. Desde que se la oí por primera vez, no he dejado de citarla, y él siempre dice que no hace falta que se la atribuya; una generosidad intelectual poco habitual en este tiempo de infladas vanidades.
Este libro está, y es, un libro ilustrado y un libro que ilustra. Editado, que esto también hay que decirlo, con la profesionalidad y la militancia que caracterizan a Trea. El antes mencionado Bertolt Brecht se preguntaba quién construyó Tebas, la de las Siete Puertas; y no siempre nos acordamos de que los libros meritorios también —y a veces sobre todo, aunque este no sea el caso— son mérito de sus editores, sus correctores, sus maquetadores… Ediciones Trea es un auténtico «intelectual colectivo» de esta región que no siempre se lo ha agradecido debidamente.
Yo he disfrutado muchísimo estas memorias. Agradezco mucho a sus autores que pensaran en mí para comentarlo con ellos en esta puesta de largo. Y a todos ustedes por haberme escuchado



























