Hay películas que parecen surgir de un sueño febril, de un cruce improbable entre la literatura gótica, el surrealismo y una imaginación cinematográfica sin domesticar. “El manuscrito encontrado en Zaragoza” (1965), dirigida por Wojciech J. Has a partir de la novela homónima de Jan Potocki, escrita en 1804, pertenece a esa estirpe. Un filme polaco que, sin embargo, respira un exotismo mediterráneo y una fantasía tan desbordante que llevó a David Lynch a declararlo una de sus obras de cabecera. No es difícil entender por qué: su estructura de historias dentro de historias, al estilo de “Las mil y una noches” o “El Decamerón”, su humor extraño, su atmósfera espectral y barroca…
Con el tiempo, este clásico excéntrico ha acumulado un sinfín de anécdotas y curiosidades. De entrada, su rodaje fue casi tan laberíntico como la trama que narra: un joven oficial que atraviesa Sierra Morena y se ve atrapado en un torbellino de apariciones, princesas fantasmales, hermandades secretas, filósofos iluminados y soldados errantes.
La película, ambientada en parte urante la Guerra de la Independencia, no se rodó en Zaragoza, a cuyo asedio por Napoléón se hace referencia, sino en unos estudios polacos ubicados en la ciudad de Łódź.

Con más de tres horas de duración, durante años “El manuscrito encontrado en Zaragoza” solo pudo verse en versiones mutiladas que circulaban por cineclubs y copias televisivas. Fue gracias al empeño conjunto de Martin Scorsese y Francis Ford Coppola, grandes admiradores de la película, que se emprendió una restauración que la devolvió a su metraje original y permitió redescubrir su ambición formal: largas panorámicas, juegos temporales que se pliegan sobre sí mismos, un sentido de lo fantástico que no necesita efectos especiales para resultar perturbador. Lynch expresó públicamente su entusiasmo cuando la versión restaurada se exhibió en Estados Unidos; afirmó que verla era “como asistir a un cuento infinito que se despliega ante ti”.
No faltan quienes describen la película como la obra que un Tim Burton o un Terry Gilliam polaco de los años 60 habría rodado si hubiera tenido ocasión: humor negro, romanticismo decadente, esqueletos que hablan, aristócratas malditos y una estética entre gótica y carnavalesca. Aunque Has no compartía el gusto burtoniano por lo naïf, sí coincidía con él en la fascinación por los mundos marginales, por lo grotesco y lo fantástico, y por esa frontera borrosa entre la vida y la muerte.
Convertida hoy en película de culto, “El manuscrito encontrado en Zaragoza” sigue sorprendiendo por su frescura y su imaginación desbordante, y es una muestra del talento de Wojciech Jerzy Has, un cineasta cuyo centenario se celebra este año, y cuya obra es practicamente desconocida en España a pesar de la admiración que Luis Buñiel profesaba por él.
La película se proyecta este domingo a las 19h en el Teatro Filarmónica de Oviedo/Uviéu dentro del ciclo RADAR.



























