El pasado año fallecía en Santander Isabel Tejerina, catedrática de Didáctica de la Lengua y la Literatura en la Universidad de Cantabria, y militante de la izquierda social y política desde los tiempos del antifranquismo. Este jueves se presentaron en La Revoltosa de Xixón sus memorias, “Al cabo de los años : Autobiografía interrumpida”, editadas por La Vorágine, y que Tejerina no pudo llegar a terminar.
“Sin Isabel Tejerina Lobo es imposible entender una buena parte de las militancias, resistencias y compromisos sociales de la Cantabria contemporánea. Su inconfundible voz y su fuerte personalidad han acompañado, impulsado y agitado los espacios de dignidad social en los que se ha luchado por lo imprescindible” destacan los editores de la autobiografía de la profesora y militante social y política.
Nacida en 1949 en Mieres, en una familia numerosa y de clase media, Tejerina no pudo estudiar periodismo por razones económicas, así que se inclinó por Filología Románica, una titulación que sí existía en la Universidad de Oviedo, donde pronto destacó como activista estudiantil y cultural, en el teatro universitario.
La guerra de Vietnam, “Esta fue la primera guerra en la que tomé partido por los malos“, las inquietudes culturales, en especial el teatro, la influencia de su primer novio, Antonio Masip, “el nieto rojo de un banquero millonario”, así como su hermano Gonzalo Tejerina, influyeron decisivamente en su politización de izquierdas a finales de los años 60, rompiendo con la tradición conservadora de su familia para evolucionar hacia el comunismo en su versión maoista:
“De forma repentina, casi sin transición, me liberé de las cadenas machistas y tradicionales, del aburrimiento de los rosarios, de la misa obligada del domingo, del sopor de los oficios de la Semana Santa, del peso del pecado y de los horrores del infierno eterno. Como dijo Miguel Hernández: «Me libré de los templos, ¡sonreídme!». La alegría no duró mucho. La verdad fue que cambié unas normas obligatorias por otras: las prohibiciones familiares por las incontables restricciones de la clandestinidad y el dogma religioso católico por el marxismo-leninismo-pensamiento Mao Tse-Tung”.

Su militancia arrancó en Oviedo/Uviéu, en el clandestino Frente de Liberación Popular, germen de la llamada “nueva izquierda” en España, y semillero de otras organizaciones políticas. Tras la disolución del partido, en 1969, ingresó en el maoísta Partido Comunista de España (internacional), posteriormente denominado Partido del Trabajo de España, del que llegaría a ser una de sus principales dirigentes en Cantabria, donde se mudó al terminar la carrera:
“El Felipe pedía compromiso, pero el PCE (i), luego denominado Partido del Trabajo, exigía la entrega absoluta: 24 horas al día los siete días de la semana. Había que vivir para ello, aspirar al máximo heroísmo y forjarse como el acero (…) Y, puesto que en el Partido había pocos obreros, propiciamos la obligada «proletarización» de estudiantes universitarios, que tuvieron que abandonar la carrera. Entre otros muchos, perdonen la referencia personal, mi futuro marido, Félix Churiaque —brillante alumno de Físicas y delegado de su Facultad—, que, de la noche a la mañana, se colgó de un andamio para organizar la primera huelga general de la construcción en Cantabria”
Detenida en diferentes ocasiones por su militancia política, durante la Transición representó al PTE en la Junta Democrática de Cantabria, llegando a encabezar su candidatura municipal en Santander en las elecciones de 1979. La lista, respaldada por la Organización Revolucionaria de Trabajadores, obtuvo el 6% de los votos y un asiento, convirtiéndose así Tejerina en la primera concejala democrática del Ayuntamiento.

“Creo que es innegable que, durante una larga marcha de intensos años, levantamos a obreros y a estudiantes, a vecinos y a amas de casa, a profesores y profesionales progresistas, azuzamos la rebelión contra la tiranía y llenamos las plazas de gente con mítines incendiarios, aunque luego no nos votasen. Con todo, los vecinos y vecinas de los barrios populares abandonados premiaron nuestro tesón y, en las primeras elecciones municipales de la democracia, las del 3 de abril de 1979, conseguimos ganar algunas alcaldías y bastantes concejalías en diferentes localidades, entre ellas la mía, en una de las capitales de provincia más conservadoras de España: Santander”
Muy activa como portavoz de las luchas vecinales, en 1982 fue expulsada del Ayuntamiento de Santander, gobernado por el derechista Juan Hormaechea, por participar en la protesta contra el desahucio de una familia que ocupaba un piso social que llevaba una década vacío:
“Nos desalojaron a golpes de porra; nos sacaron esposados y a empellones, y nos retuvieron en comisaría hasta la llegada de la orden del juez que decretaría prisión incondicional e incomunicada para ocho de los nueve detenidos, entre ellos mi marido. A mí me libró una vez más la sociedad patriarcal y el comisario jefe con estas palabras: «Ande, ande, vaya usted a recoger a su niña a la guardería, que ya son las 8 de la tarde»”
Tras la disolución del efímero Partido de los Trabajadores, fundado tras la unificación del PTE y la ORT, abandonó la militancia partidaria, pero no el activismo social y cultural. Fue una de las impulsoras de la asociación Universidad y Solidaridad, la plataforma Ciudadanía contra la exclusión sanitaria o la Asamblea cántabra en defensa de las libertades, así como el grupo de teatro Unos cuantos.
El miércoles 17 el libro volverá a presentarse, esta vez en el Local Cambalache de Oviedo/Uviéu.



























