“Conviví mucho tiempo con la culpa por haber salido del Sáhara”

La periodista Ebbaba Hameida presentó en Asturies ‘Flores de papel’, una novela sobre tres generaciones de mujeres saharauis.

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Diego Díaz Alonso
Diego Díaz Alonso
Historiador y activista social. Escribió en La Nueva España, Les Noticies, Diagonal y Atlántica XXII. Colabora en El Salto y dirige Nortes.

Ebbaba Hameida (Tinduf, 1992) es periodista, doctora en Periodismo, vicepresidenta de Reporteros Sin Fronteras en España y autora de ‘Flores de papel’, novela que recorre la historia contemporánea del pueblo saharaui a través de tres generaciones de mujeres.

Nacida en los campamentos de refugiados en Argelia, creció entre Italia y España, y desde 2018 trabaja en Radio Televisión Española. Como reportera ha estado en Cisjordania, Ucrania, Irán, Líbano o Somalia. También ha abordado la crisis migratoria en Melilla, Ceuta, las Islas Canarias y en países de tránsito como Marruecos y Túnez.

Su trabajo ha sido reconocido entre otros con el premio Periodismo Digital, el premio Desalambre al Mejor reportaje, el XVI Premio Paco Rabal de periodismo cultural en la categoría Joven Promesa que otorga la Fundación AISGE o el VI Premio de Periodismo Feminista María Luz Morales.

Esta semana estuvo en Asturies invitada por CODOPA para presentar su debut literario con La Revoltosa de Xixón y La Ciudadana de Oviedo/Uviéu, en un acto celebrado en colaboración con la Asociación Asturiana de Sociología y la Universidad coincidiendo con Día Mundial de los Derechos Humanos.

¿Están las mujeres de tu familia reflejadas en el libro?

Sí, con ese trabajo busco recopilar, documentar, investigar y reconstruir un relato sobre las mujeres de mi vida, principalmente mi madre y mi abuela. En la ficción encuentro un herramienta para completar esa historia, porque no tenía toda la información, sobre todo la parte más emocional. Los hechos históricos son tal cual, pero la ficción que me ha servido para completar una realidad y sentirme legitimada para contarla. Me daba miedo no ser rigurosa o no ser fiel a lo que ellas vivieron, por eso me alío con la fantasía en determinadas ocasiones.

Saltas del periodismo a la ficción para contarlo

Como periodista he sido incapaz de contar el Sáhara. Contarlo desde los medios ha sido una misión imposible por el componente emocional que me atraviesa y me impide vestir el traje de periodista. Algunos jefes me pidieron que lo intentara, pero va en contra de mi idea del periodismo y de la distancia que exige. Cuando hablo del Sáhara no puedo ser periodista. Esa incapacidad me ha llevado a buscar otras herramientas. La literatura, enfrentarte a un papel en blanco, recurrir a la ficción… te ayuda a completar una historia. Para mí no ha sido solo un libro: ha sido un proceso de sanación, de reconciliación con mis raíces. Y además me ha permitido contar el Sáhara hasta el mínimo detalle, algo que en un artículo de prensa no se puede.

¿Cómo es pasar la infancia en un campamento de refugiados? ¿Cómo es la vida para un niño en Tinduf?

Viví allí hasta los cinco años. Tengo recuerdos muy difusos de mi infancia, pero sin duda fue una infancia feliz. Para los niños y niñas saharauis el desierto es un aliado: libertad, castillos de arena amables, carreras… Es un lugar donde puedes ser muy feliz. En los campamentos crecemos ajenos a lo que hay fuera o a lo que nos falta, porque no conocemos otra cosa. Y hay mucho amor. Mis pocos recuerdos son rodeada de mujeres, con mucho cariño, y siendo una niña muy libre. Esa libertad que muchas veces en una ciudad no se puede disfrutar.

“Para los niños y niñas saharauis el desierto es un aliado”

¿Esa libertad se vuelve en algún momento sensación de encierro?

Sí, sobre todo cuando creces, sales y descubres a través de un móvil que hay un mundo fuera. Cuando estudias en países vecinos o en Europa y luego tienes que volver, el impacto es enorme. Es un lugar sin perspectiva de futuro, donde no puedes construir tu propio porvenir. Solo hay horizonte y espejismo: un futuro imaginado. Es un territorio prestado donde los saharauis no pueden construir nada, y ese “nada” es literal.

¿Hay un sentimiento de culpabilidad entre los jóvenes que optan por el exilio frente a quienes se quedan?

Sí. Yo conviví mucho tiempo con esa culpa. Con el tiempo y la terapia se trabaja, pero claro que existe. Primero con tu familia, preguntándote por qué tú sí y ellas no. Y luego con la gente de tu edad, con mis sobrinas pequeñas, preguntándome qué futuro les espera. Esa culpa se convierte en una mochila y una responsabilidad: quien ha podido salir siente que debe hacer algo por quienes se quedan.

En España hay un gran consenso social a favor del Sáhara, pero luego esa simpatía no cambia nada políticamente. ¿Por qué?

Es verdad: el Sáhara ha sido un elemento de consenso que hasta hace poco unía a todas las ideologías. Aunque eso ha cambiado en los últimos dos o tres años, a raíz del giro de Pedro Sánchez reconociendo la marroquinidad del Sáhara.

¿Ves alguna perspectiva de solución o de avance para el movimiento saharaui?

Creo que sí, que tiene que haber una solución. La historia demuestra que los conflictos o se resuelven o estallan de nuevo, como vemos en Palestina. La esperanza es lo último que se puede arrebatar a un pueblo. Pero la situación es muy compleja, sobre todo porque es un conflicto silenciado. No está en las agendas mediáticas, políticas ni sociales. Aunque en España hay un movimiento enorme, familias de acogida y asociaciones muy potentes, como la que tenéis en Asturias, cuesta mantener viva la llama después de 50 años.

Ebbaba Hameida en La Revoltosa Foto: David Aguilar Sánchez

¿Cómo ha influido en tu trabajo como periodista haber nacido en un campamento de personas refugiadas?

Me he visto cubriendo migraciones y viendo en algunos menores a mi hermano pequeño. He estado en Ucrania y hablando con las babushkas veía a mi abuela contando el drama del Sáhara. En el Líbano, con los refugiados sirios, veía reflejada nuestra historia. Mi experiencia vital marca cómo cuento las cosas. Aun así, creo que el periodismo tiene herramientas de sobra para que cualquiera pueda contar esos acontecimientos sin necesidad de haber vivido un conflicto. Pero soy consciente de que, sin ser saharaui, sin amar la radio, sin haber visto el impacto del silencio en la vida de las personas, quizá no sería periodista.

Perteneces a Reporteros sin Fronteras. ¿Qué es y en qué estáis trabajando?

Reporteros sin Fronteras defiende a periodistas y la libertad de prensa en todo el mundo. En los últimos dos años hemos estado muy volcados en Gaza. Más de 240 periodistas han sido asesinados deliberadamente por el ejército israelí. Es uno de los episodios más sangrientos de la historia del periodismo. También defendemos a compañeros perseguidos en México, Rusia, China, Irán o Afganistán tras la vuelta de los talibanes. Y alertamos del deterioro de la libertad de prensa en EE. UU. con Trump o en la Argentina de Milei. Donde la prensa se debilita, la democracia también. Vivimos un momento de crispación, desinformación, polarización y mucha precariedad. Por eso es más importante que nunca proteger la libertad de prensa.

¿Qué papel deben jugar los medios públicos?

Los medios públicos deben garantizar la libertad de prensa. Tienen el privilegio de no depender de intereses económicos ni publicitarios. Son de la ciudadanía que los paga con los impuestos, no de los gobiernos. Deben ser ejemplares, salvaguardar su independencia y fiscalizar el poder. Hay que confiar en los consejos informativos y en los profesionales que los integran para que sean un verdadero servicio público.

¿Cómo deben relacionarse los periodistas con las redes sociales?

Con mucho cuidado. Somos periodistas, no influencers. No creo que haya que desaparecer de las redes: hay que estar, ocupar espacios y llegar a públicos jóvenes. Pero nunca sacrificando la información. Las formas no pueden ir en detrimento del fondo, y las redes son solo un canal para difundir un trabajo periodístico ya elaborado, riguroso y verificado.

Las extremas derechas han convertido al islam y a los inmigrantes musulmanes en un chivo expiatorio, últimamente en nombre de los derechos de las mujeres. ¿Como mujer nacida en un país musulmán cómo ves esta ofensiva?

Es una pregunta compleja. En España vivimos en un Estado laico: todas las confesiones son aceptadas. El islam es tan legal como el cristianismo o el judaísmo, pero un Estado laico también implica normas: por ejemplo, no permitir símbolos religiosos en colegios. Y yo defiendo esa laicidad. La religión debe quedar en el ámbito privado para que todos podamos convivir. El islam no es una religión feminista, igual que tampoco lo es el cristianismo. Con respecto al velo, por ejemplo, hay que respetar cómo viste cada persona, pero tampoco permitir que los símbolos religiosos o el relativismo cultural oculten los derechos de las mujeres. Para mí el velo es un símbolo machista. Hay que señalarlo sin caer ni en el racismo ni en el discurso de odio que alimenta la extrema derecha. Es una línea fina, pero importante. Muchas jóvenes y muchas feministas laicas del Magreb y Oriente Próximo reclaman avanzar.

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