Hacer animación en Asturias: entre la excepción y la persistencia

Un recorrido por La diva, mi abuela y yo, de Inés G. Aparicio, para pensar la animación, la memoria y el audiovisual contemporáneo en Asturias.

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Ismael Juárez Pérez
Ismael Juárez Pérez
Graduado en Periodismo. Ha escrito en La Voz de Avilés, Atlántica XXII, El Norte de Castilla y El Salto. Fue coeditor y redactor en la revista de cortometrajes Cortosfera.

“Si hubiera sabido lo que suponía hacer una animación, igual no me habría metido.” Inés G. Aparicio lo dice ahora, cuando La diva, mi abuela y yo acaba de iniciar su recorrido por festivales y empieza a ocupar un lugar poco habitual en el audiovisual asturiano. Pero cuando todo comenzó, el corto no era un proyecto cinematográfico ni una estrategia de circulación. Era, simplemente, una necesidad personal que terminó convirtiéndose en una excepción cultural.

Durante la pandemia, mientras una de sus abuelas perdía la memoria y la otra —Esperanza— todavía conservaba la suya, Aparicio empezó a grabar audios para no perder esas historias. En una de esas conversaciones apareció una canción: Batallón de modistillas. Una letra antigua, cantada de memoria, que hablaba de mujeres organizándose para ir a la guerra. “Cuando le pregunté de dónde la conocía, me dijo que ya se la cantaban cuando era pequeña”, recuerda. Ahí empezó todo.

Inés G. Aparicio durante el Aguilar Film Festival. Foto: Wifredo Román.

Una canción, un archivo, una genealogía

A partir de ese hallazgo, la investigación llevó a Lilian de Celis, la artista que popularizó el cuplé en los años cincuenta. Aparicio la contactó casi sin saber qué iba a salir de ahí. La respuesta fue inmediata: acceso a su archivo personal, fotografías, recuerdos. A ese material se sumaron las imágenes familiares de su abuela.

“La animación no fue una decisión estética desde el principio”, explica. “Pero yo tenía claro que quería trabajar con las fotos, con los archivos, y eso pedía otro lenguaje”. El formato permitió cruzar tiempos, cuerpos y memorias sin someterlos a una reconstrucción literal. La música funcionó como hilo conductor de un viaje que mezcla documentación, imaginación y relato personal.

“Creo que aquí no se entienden bien los tiempos de la animación, porque no hay tradición ni estructura alrededor”.

Aprender a animar casi sin darse cuenta

Hasta entonces, Inés G. Aparicio venía del documental. Su contacto con la animación fue casi accidental, en plena pandemia, a través de ejercicios colectivos impulsados por Isabel Herguera. “Estábamos en casa sin poder salir, no sabíamos qué iba a pasar con los rodajes y la animación me pareció muy flexible”, cuenta.

Esa flexibilidad tenía trampa. Lo que pensó que sería un proyecto breve se convirtió en cuatro años de trabajo, más presupuesto del previsto y una complejidad que no había anticipado. “La animación parte de cero. Si te falta una escena, no puedes tirar de recurso ya que hay que dibujarla y animarla entera. Son muchísimas horas y muchísimo dinero”.

El proceso del corto se desarrolló, además, en un momento vital marcado por los cuidados. Aparicio, madre monomarental y activista en diferentes causas sociales, ha construido su trabajo desde una práctica atravesada por la vida cotidiana, sin separar del todo creación, militancia y experiencia personal.

Hacer un corto de animación desde Asturias implicó, además, trabajar sin una industria cercana que acompañara el proceso. “Creo que aquí no se entienden bien los tiempos de la animación, porque no hay tradición ni estructura alrededor”.

La Diva, mi abuela y yo. De Inés G. Aparicio.
La Diva, mi abuela y yo. De Inés G. Aparicio.

Un recorrido fulgurante (y todavía inicial)

A pesar de todo, La diva, mi abuela y yo ha tenido un arranque contundente. Estrenado en octubre de 2025, el corto pasó por la Semana Internacional de Cine de Valladolid (SEMINCI), el Festival Internacional de Cine de Gijón/Xixón, ZINEBI y Bogoshorts, uno de los principales festivales de cortometrajes de Sudamérica, entre otros, y recibió el Premio al Mejor Cortometraje de Animación en el Aguilar Film Festival, uno de los certámenes clave del cortometraje en España.

“Acaba de empezar”, insiste Aparicio. “Los cortos tienen una vida de dos años en festivales y estamos solo al principio”. Aun así, el recorrido confirma que la pieza ha conectado con públicos y programaciones muy diversas.

“Antes de La diva, mi abuela y yo, la última obra asturiana de animación incluida había sido El Diañu, finalizada siete años atrás.”

Entrar en el catálogo, aparecer como excepción

El corto forma parte del catálogo de distribución de Laboral Cinemateca, un paso importante en términos de visibilidad y archivo. Pero el dato adquiere otra dimensión cuando se mira con perspectiva: antes de La diva, mi abuela y yo, la última obra asturiana de animación incluida había sido El Diañu, estrenada siete años atrás.

“La animación aparece, pero no de forma continuada”, podría resumirse. Su presencia depende más de esfuerzos individuales que de una estructura capaz de sostenerla en el tiempo. No como escena, sino como excepción. Y en ese hueco intermitente se mueve el trabajo de Aparicio, que entra en el catálogo sin que eso implique todavía la consolidación de un tejido estable.

Fotograma de El Diañu (2018), de Samuel Fernadi, sobre un minero que encuentra un extraño caballo blanco con una mancha negra en la frente. No sabe que es el Diañu burllón de los cuentos en los que ya nadie cree. El corto está realizado en lengua asturiana.

Inversión, cautela y ecosistema

En paralelo, el Principado de Asturias ha anunciado en los últimos meses un refuerzo de la inversión en cine y audiovisual. Aparicio recibe esas noticias con una mezcla de celebración y escepticismo. “Ojalá todo lo que sea inversión en cultura se lleve a cabo y se mantenga en el tiempo”, dice. “Pero el papel lo aguanta todo”.

Para ella, el riesgo está en lanzar grandes medidas sin haber consolidado antes el ecosistema. “Las ayudas al cine son muy recientes, todavía se están ajustando. Hay comunidades con mucho más recorrido que tampoco lo están logrando”. La animación, con procesos y tiempos propios, corre el riesgo de quedar diluida si no se comprende su especificidad.

Quién decide lo que vemos

A esa fragilidad estructural se suma otra cuestión sobre la que la cineasta reflexiona: ¿Quién ocupa los espacios de decisión dentro del audiovisual? “Hay muchísimas mujeres trabajando en festivales, en producción, en prensa”, señala Aparicio. “Pero cuando miras quién dirige o quién programa, ahí es donde aparece el desequilibrio”.

“Obras como Portales, de Elena Duque —un trabajo experimental que cruza documental y animación—, o la docuficción Campolivar, de Alicia Moncholí, ambas incluidas en el catálogo de Laboral Cinemateca, están teniendo recorridos internacionales y estatales destacados.”

No habla de una supuesta “mirada femenina”, sino de poder, de quién decide qué películas circulan, cuáles se visibilizan y cuáles quedan fuera del foco. “Al final, quien programa decide lo que ve el espectador. Y si esos puestos siguen ocupados mayoritariamente por hombres, el filtro existe, aunque no sea consciente”. Aparicio no lo plantea como una queja personal —su propio cortometraje está teniendo un recorrido amplio—, sino como una manera de pensar cómo se construyen los equilibrios dentro del ecosistema audiovisual.

Ese filtro no solo opera en la programación, sino también en la forma en que se construye el relato cultural más cercano. Obras como Portales, de la avilesina Elena Duque —un trabajo experimental que cruza documental y animación—, o la docuficción Campolivar, de la ovetense Alicia Moncholí, ambas incluidas en el catálogo de Laboral Cinemateca, están teniendo recorridos internacionales y estatales destacados, con premios y presencia continuada en festivales de prestigio, sin que esas trayectorias terminen de ocupar un lugar equivalente y continuado en la cobertura informativa regional.

Sin hablar de generaciones ni de etiquetas, el mapa empieza a dibujarse solo. Cineastas asturianas, con arraigo en Asturias, con lenguajes contemporáneos y proyección fuera, cuya presencia en el imaginario cultural local sigue siendo irregular. No por falta de obras ni de recorrido, sino por cómo se articula aquello que acaba ocupando el centro del relato que cuenta la vida cultural de Asturias.

Fotograma del cortometraje Campolivar, de Alicia Moncholí.

Diez minutos y todo lo que se genera alrededor

Mientras el corto sigue su camino internacional, Aparicio lo mueve también en Asturias. Pases en casas de cultura, coloquios “con café y galletines“, encuentros donde se muestran materiales del proceso de animación y se conversa con el público. “Un corto de diez minutos puede generar mucho más que diez minutos”, afirma.

En esas proyecciones, el cine se convierte en excusa para compartir memoria, hablar de procesos y abrir preguntas. Quizá ahí esté una de las claves de La diva, mi abuela y yo. No en representar nada más allá de sí mismo, sino en evidenciar todo lo que todavía está por construirse. “La animación entra”, dice Aparicio. En Asturias lo ha hecho otras veces. La diferencia es si esta vez habrá algo que la sostenga cuando el aplauso termine.

La diva, mi abuela y yo podrá verse el próximo 9 de enero, a las 19.00 horas, en la Casa de Cultura de Cangues d’Onís, dentro del ciclo Cine + café + cuplé. La proyección irá acompañada de un coloquio posterior con su directora, Inés G. Aparicio, y con Lilian de Celis, protagonista del cortometraje. La entrada es libre hasta completar aforo.

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