Los incendios forestales no son sólo llamas. Son el resultado de siglos de interacción entre el hombre y la naturaleza, del abandono rural, de la percepción cultural del monte y del cambio climático. En el trágico mes de agosto, el fuego se llevó por delante 400.000 hectáreas de monte, cultivo y hogares en España. El Gobierno del Principado ha anunciado, de cara a 2026, un presupuesto de 272 millones de euros para reforzar la protección rural. La Consejería de Medio Rural y Política Agraria, con Marcelino Marcos a la cabeza, promete un incremento del 48% para recursos destinados a la prevención de incendios, mejora de infraestructuras, la gestión forestal sostenible, la seguridad de los pueblos y la generación de empleo ligado al cuidado de los montes y del territorio.
España es, tras Finlandia, el segundo país europeo con mayor superficie forestal. Sin embargo, los bosques vírgenes no son parte de esa riqueza vegetal. Como recuerda Abel Vega, doctor de Ingeniería de Montes: “España es un país cien por cien antropizado. Cada robledal, cada encinar, cada pradera ha sido moldeada por siglos de explotación humana. El mito del bosque primario apenas se sostiene. Incluso Muniellos, en Asturias, fue talado para la Armada Invencible”. El agitado siglo XIX, con su inestabilidad y consecutivos conflictos, se consagró, también, como el peor momento de desertificación de la Península Ibérica, convirtiéndola en un auténtico erial. Tuvo que llegar la República para que se pusieran en marcha los planes de reforestación estatales que tanto se necesitaban. Durante el franquismo -como con tantas otras cosas que se truncaron para volver a retomar- se copiaron y se terminaron de ejecutar. De estos planes rebrotaron muchas de las masas arboladas actuales, concebidas tanto para frenar la erosión como para generar riqueza rural. No deja de resultar paradójico que hoy España viva el momento histórico con mayor superficie forestal arbórea registrada.
“El abandono rural es la principal causa de todo esto”
Hasta los años 80 y 90, la agricultura y la ganadería extensiva sostenían el paisaje peninsular. Con el ganado se limpiaban las praderas, los cultivos se trabajaban todo el año y los terratenientes cuidaban los montes que tenían a su nombre. La despoblación y el abandono del campo rompieron esta armonía. “El abandono rural ha dejado miles de hectáreas sin uso productivo. La ganadería intensiva, encerrada en establos, ya no cumple la función de “limpiadora” del territorio. ¿El resultado? Un medio rural cargado de combustible vegetal, explica el Doctor Vega.

Cristina Santín, del Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (CSIC – UniOVi), recuerda que los científicos llevan una década advirtiendo de los futuros -ahora presentes- incendios extremos. “Un día te levantas y están aquí, a la puerta de tu casa”, explica. El Bierzo, su tierra natal, se quemó “por los cuatro costados”, y Asturias vivió una oleada inédita en verano, cuando tradicionalmente los incendios se concentraban en primavera. La simultaneidad de focos, las evacuaciones masivas y los récords batidos en España y Europa son, para ella, una estruendosa alarma: “Tenemos que ponernos todas las pilas, asumir corresponsabilidad y prepararnos para la siguiente oleada”.
Más días secos consecutivos, temperaturas más altas y veranos más largos retroalimentan la mecha
Más días secos consecutivos, temperaturas más altas y veranos más largos retroalimentan la mecha. Lo que antes eran 30 días de sequía estival hoy pueden ser más de 50. Abel Vega refuerza la postura de su colega: “El cambio climático multiplica el problema. La continuidad del combustible y las condiciones extremas hacen que los incendios sean cada vez más virulentos”.
El cambio climático es un amplificador. Las primaveras lluviosas hacen germinar una abundante vegetación, seguida de veranos secos que convierten el paisaje en un polvorín. Lo que antes era excepcional se está volviendo habitual. Los científicos ya no hablan de si habrá incendios, sino de cuándo y con qué intensidad.
“Los incendios no conocen límites administrativos. Asturias ha recibido fuegos procedentes de comunidades vecinas como León o Zamora”, señala con acierto Cristina Santín. “Además, ciertos fenómenos naturales como las tormentas eléctricas secas, cada vez más frecuentes, se suman a las causas humanas. El incendio de Las Médulas, en El Bierzo, fue un claro ejemplo de cómo un rayo puede desencadenar una catástrofe”.
Abel Vega distingue entre bosques “naturales” —robledales, castañares, encinares— y plantaciones forestales, interpretadas como cultivos con doble finalidad: ecológica y económica. Entre ambos, se extiende un mosaico de terrenos en sucesión vegetal, compuesto por praderas abandonadas que se transforman lentamente en matorrales y, con los siglos, en bosques. El problema es que esas etapas intermedias acumulan una enorme carga de material vegetal inflamable, especialmente en un país mediterráneo, seco y caluroso.
La cultura tradicional del fuego
En Asturias, el 70% de los incendios afectan al matorral. La razón no es sólo ecológica, sino cultural. “El monte se percibe como sucio”, señala Santín. “Esa idea de que hay que ‘limpiar’ el monte alimenta prácticas ilegales de quema que reinician constantemente el ciclo de sucesión vegetal. Los tojos y brezos, especies adaptadas al fuego, vuelven a brotar tras cada incendio, perpetuando el problema. En los últimos 40 años, una cuarta parte de la superficie asturiana se ha quemado al menos una vez, y algunas zonas hasta diez veces”.

Quemar rastrojos o restos de poda ha sido, desde siempre, parte de la cultura rural. El Doctor Vega insiste en que tampoco se trata de demonizarlo. “El fuego ha sido, históricamente, una forma -no sólo en España, en todo el mundo- de gestionar el entorno rural”, explica Vega. “Pero en un contexto de despoblación y falta de control, esas prácticas tradicionales se tornan riesgos. Una chispa de tractor, una hoguera mal apagada o una quema fuera de temporada pueden desencadenar catástrofes. La mayoría de los incendios no son provocados con intención, sino que son fruto de negligencias accidentales”.
Cristina Santín advierte contra la simplificación: “Aunque no hubiese incendiarios, seguiríamos teniendo incendios”. Los accidentes inevitables y las condiciones climáticas extremas son una garantía de que el fuego siga presente. Por eso, insiste en que “la prevención debe combinar educación social, medidas legales y gestión activa del territorio”.
La respuesta institucional
El Principado de Asturias publica diariamente el Índice de Riesgo de Incendio Forestal (IRIF), que condiciona el uso del fuego y las actividades en el monte. Además, existen Zonas de Alto Riesgo (ZAR), una Estrategia Integral de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales (2020‑2025) y planes anuales de prevención y extinción. La normativa es estricta: en riesgo muy alto o extremo (IRIF 4 y 5) se prohíben todas las quemas y el uso de fuego en zonas recreativas.
El fuego seguirá existiendo. “Siempre habrá incendios forestales de una forma o de otra”, concluye el Doctor Vega. “La magnitud de su impacto dependerá de nuestra capacidad para revitalizar el mundo rural, gestionar activamente el territorio y asumir corresponsabilidad social. No estamos en un punto de no retorno, pero sí complicado”. Para esta virulenta problemática no existe una solución mágica, pero parece que todos los expertos apuntan hacia lo mismo. La despoblación y el abandono hacen florecer paisajes cargados de combustible vegetal; mientras que la actividad agrícola, ganadera y forestal mantiene el territorio vivo y bien gestionado. Un campo activo es menos vulnerable al fuego que un territorio abandonado.



























