Un PSOE en caída libre y un PP vencedor, pero en manos de un Vox crecido. Segunda fuerza en Badajoz, la ciudad más poblada de Extremadura. Todo ha salido, más o menos, según lo previsto.
En mitad de este panorama sombrío y desolador, con las derechas arrasando en la comunidad autónoma más pobre de España, el único consuelo para la izquierda son los resultados de Unidas por Extremadura. La confluencia de Podemos e IU obtiene un 10% de los votos y siete escaños, unos resultados no solo mejores que los de 2023, sino también superiores a los obtenidos en 2019.
Si bien Unidas por Extremadura no logra capitalizar más que una mínima parte del desgaste del PSOE, su 10% refuerza el llamamamiento que, desde tierra, mar y aire, se está haciendo a las cúpulas de los partidos de izquierdas para construir algún tipo de frente amplio de cara al próximo ciclo electoral. Puede que mañana empecemos a ver cambios, o al menos, modulaciones en el discurso.
Ciertamente, en Extremadura esa unidad no se improvisó ni se llegó a ella en el tiempo de descuento, sino que responde a una dinámica consolidada, basada en el respeto mutuo, y no en ajustar cuentas con el “aliado” haciéndole pasar por debajo del futbolín. Un poco más de buen rollo, y un poco menos de cálculo cortoplacista, suele sentarle bien a las alianzas políticas. Tal vez por eso también el electorado se ha creído un poco más la propuesta encabezada por Irene de Miguel y Nerea Fernández, dos mujeres que, en plena guerra civil de las izquierdas, han logrado construir, a contracorriente, un perfil unitario, autónomo de las cuitas de sus respectivas organizaciones, apegado al territorio, y, asunto importante, orgullosamente periférico.



























