Es muy difícil no ser racista, porque renunciar a los privilegios no es algo que hagamos de manera instintiva, lo instintivo es agarrarnos a ellos. Si pienso en cuánto desearía que los refugiados en los campos de exterminio sionista en Gaza tuvieran casas prefabricadas en vez de tiendas de plástico, que tuvieran garantizadas raciones de comida diarias, agua, ropa limpia, atención médica, que dejaran de ser el objetivo de bombas y ataques continuos, esa vida que imagino sigue estando a años luz de la mía, en la que hay libros, hay música, hay viajes, hay objetos con historia, que me traen el recuerdo de los que están y de los que ya no están, y hay otros nuevos, como un pequeño bol de cerámica con un mochuelo dibujado que compré hace una semana en el mercadillo de artesanía de LABShop sin necesidad ninguna, por el puro gusto de comprar un objeto que era bonito y que coloqué, nada más llegar a casa, delante de mi minicolección de libros sobre aves. Pero si pienso en las víctimas del genocidio en Gaza pienso en lo básico, se me olvida que también ellas necesitan algo más que una manta y un pedazo de pan, que sus vidas son algo más que sobrevivir, pese a los muchos años de imposición de apartheid por parte de Israel, que tienen derecho también a lo superfluo, a escuchar su música favorita, a ir al cine, a tumbarse en un sofá a mirar el techo, a sentarse en una terraza con quien quieran, a regalarle un libro a su crush.
Cuál es el límite entre una vida que merece la pena ser vivida y una que no es algo muy subjetivo. Para Sócrates no era digna de ser vivida una vida sin conciencia, sin reflexión. En Bajo el Volcán, la joya de Malcolm Lowry, una novela que leí más de tres veces en otra vida, cuando leía las novelas más de tres veces, se repetía una frase, “No se puede vivir sin amor, dijo el cónsul”, que vale tanto como una máxima socrática. Para Virginia Woolf todas sabemos muy bien qué vida no merecía la pena vivirse. Y, sin embargo, cuando pienso en Gaza me olvido y creo que a los gazatíes les basta con no verse amenazados de muerte a diario.

Soy consciente de mi racismo, pero trato de mantenerlo a raya, a mucha distancia, a mundos de distancia de lo que nos está tocando ver últimamente. Se ha dicho muchas veces que lo que estamos permitiendo en Gaza (una limpieza étnica, un genocidio ejecutado por motivos racistas y económicos) tiene consecuencias en otros lugares. Hemos visto cómo los sionistas impedían el paso de camiones con ayuda humanitaria, o cómo disparaban contra el personal sanitario que acudía en ayuda de heridos; sabemos también que el ejército de Israel niega, incluso, el acceso a maquinaria con la que desenterrar los cadáveres bajo los escombros. No se permite el paso de ayuda ni para los vivos ni para los muertos. Pero la peste racista se expande impunemente, está viviendo un gran momento. En Badalona, un grupo de inmigrantes, desalojado del instituto que ocupaban, ha estado durmiendo (es un decir) bajo un puente, en una autopista, justo los días en los que una fuerte lluvia azotaba Cataluña. Unos vecinos les han impedido acceder a una parroquia, donde se les iba a ofrecer refugio provisional, y han impedido también que la Cruz Roja descargase colchones y otros enseres básicos. Yo me pregunto si esto no es delito, ya no solo denegar auxilio, sino atacar a quien auxilia. En Gaza y en Badalona.
Es el racismo lo que hace que sea más probable recibir palos de la policía por protestar contra el genocidio en Gaza que por impedir a la Cruz Roja ayudar a inmigrantes. En Italia se considera delito de antisemitismo cualquier crítica al estado de Israel (aquí me entran dudas: decir que Israel es un estado genocida, pero sin criticar que lo sea, ¿sería antisemitismo?, ¿sería antisemitismo si se dice con reproche y no lo sería si se dice con complacencia?, puestos a debatir idioteces me pido prímer); en Alemania es delito decir “Desde el río hasta el mar” porque se considera un lema de Hamás. En Reino Unido se ha declarado grupo terrorista a Palestine Action, activistas que lo único que hacen es sabotear intereses israelíes en suelo británico como protesta por el genocidio; si los defiendes, es decir, si defiendes a quienes se oponen al genocidio, terrorista tú también por la propiedad transitiva.
En la historia cultural hay una categoría, la del “mundo al revés”, lo carnavalesco, que abarca formas de expresión a través de las cuales se da rienda suelta a comportamientos habitualmente reprimidos, pero que sobre todo se materializa en la inversión de las jerarquías y de las normas. Aunque sé que el teórico de referencia sobre esta cuestión fue el ruso Mijaíl Bajtín, como no me he leído su obra no me voy a hacer la lista, pero sí me atrevo a decir (la ignorancia se atreve a todo) que no hay mundo al revés ni carnaval que supere este espectáculo en el que todas somos terroristas menos los genocidas confesos y todos somos paganos y adoradores de Satán menos los ayusers que cantan villancicos bobalicones en la Puerta del Sol mientras propagan racismo y odio a manos llenas. El problema es que el carnaval dura un día, una semana como mucho, pero la estampa indecente que ofrece la sarta de villanos que nos atormentan dura ya demasiado. Feliz Navidad a quien se opone al genocidio, al racismo y a las guerras.



























