Un hogar herido

En poco más de una década, arrasaron barrios enteros, cobraron los seguros y lograron arrojar de sus hogares a toda esta gente que no les convenía.

Recomendados

Paquita Suárez Coalla
Paquita Suárez Coalla
Escritora en asturiano y en castellano, traductora y profesora en el Borough of Manhattan Community College, de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

En la novela autobiográfica de Leslie Feimberg, Stone Butch Blues, un documento estremecedor del mundo queer y del activismo sindical en el estado de Nueva York en los años 60 y 70, hay un episodio –ya casi al final– que sobrecoge especialmente en esta obra que apenas le da tregua al lector desde el principio. Es el momento en el que la protagonista de la historia, Jess, vuelve del gimnasio en una de esas noches pegajosas del verano neoyorquino y encuentra su calle en el Lower East Side llena de gente y de luces inusuales. Jess escucha el fuego antes de verlo, y lo siente bramar en las ventanas de su edificio mientras se agita enloquecido como un volcán en erupción. El paisaje es de una osadía asombrosa, y entre las chispas que se desprenden de las llamas y van tapizando los techos cercanos, Jess alcanza a ver las cortinas amarillas de su cocina flotando entre esquirlas de cristal roto. No hacía mucho que Jess se había mudado de Buffalo a Manhattan, dejando atrás una biografía marcada por los abusos y la violencia extrema, y este apartamento, situado en la calle cuatro con la Avenida A, era el primer lugar que había conseguido transformar en casa, ese espacio en el que las paredes empiezan a fundirse con los cuerpos que albergan y cualquiera de sus rincones se convierte en un refugio.

Era el comienzo de la gentrificación en la ciudad de Nueva York, y los propietarios de los edificios prendían candela a todas las viviendas alquiladas a bajo coste para deshacerse de los inquilinos menos rentables. En poco más de una década, arrasaron barrios enteros, cobraron los seguros y lograron arrojar de sus hogares a toda esta gente que no les convenía. Su agenda, diseñada por la codicia más extrema, tuvo un éxito rotundo.

Leslie Feimberg en un acto público.

En la madrugada del 30 de diciembre, mientras pasábamos las fiestas de Navidad con nuestra familia en Texas, nos despertarmos con la noticia de que nuestro piso en Nueva York había sido inundado por el agua que los bomberos tuvieron que usar para apagar un incendio en el apartamento encima del nuestro. Imaginamos daños menores, y mi mayor preocupación era pensar en los libros que, por falta de espacio, había ido acumulando últimamente en el suelo, y en las alfombras de la sala que, de dejarlas en remojo, acabarían dañando el parqué. Intenté recordar si tenía algún libro especialmente importante y le pedí a una de las vecinas que los pusiera encima de la mesa. Pasé el día moderadamente preocupada por las alfombras y los libros, hasta que horas más tarde supimos que algunos de los techos de la casa habían empezado a desplomarse. Era una noticia peor, pero tampoco tan mala. Todas las amigas con las que iba compartiendo el incidente me aseguraban haber estado en situaciones similares que se habían acabado resolviendo en un tiempo prudencial: no incendios ni inudaciones, pero sí huecos de tamaños importantes en el techo de sus viviendas. No había razón para pensar que lo nuestro fuera algo diferente, por eso, cuando supimos que no era lo mismo, y que tendríamos que desalojar el apartamento por un tiempo indefinido, y sacar absolutamente cuanto ha hecho de este espacio nuestro hogar en los veinticinco años que llevamos viviendo aquí, nuestro estado de ánimo se vio obligado a cambiar. Y el estado de ánimo que tienes que gestionar en estos casos es imprevisible y no siempre hay una forma mejor de organizarlo.

La noticia no era buena, pero también era verdad que podría haber sido mucho peor. El fuego, que no llegó a nuestra vivienda gracias al agua que acabó inundándola, podría haberlo devorado todo en cuestión de minutos: muebles, libros, ropa, fotos, cartas, documentos… y cualquiera de esos objetos intranscendentes en los que acabamos afirmando nuestra identidad. Alguno de nosotros también podría estar muerto, o con algún tipo de lesión, y los daños materiales de la casa no hubieran sido siquiera secundarios.

Llevamos repitiendo esta obviedad, y nos la han repetido como un mantra, desde la mañana del 30 de diciembre cuando nos enteramos de lo que había ocurrido, pero además, y emociones personales interponiéndose, yo no podía dejar de pensar todo este tiempo en la gente que no tiene dónde dormir porque la echaron de una casa que no podía pagar. En los emigrantes que se cobijan día y noche bajo un puente, o en un barracón abandonado del que también los echan. En las casas deliberadamente arrasadas de las familias palestinas que no arreglará nunca ningún seguro de propietarios ni ninguna suma de dinero, aunque la tuviesen. En tantas personas, algunas de ellas cercanas, que viven día a día en el abismo, totalmente a la intemperie, sin más protección que la de su propia piel. Aún así, la noticia de que no iba a poder estar en mi casa a la vuelta de nuestras vacaciones en Texas me producía una congoja explicable, y me resistía a aceptar la noticia y a imaginar las pérdidas, y me agobiaba la idea de que mis planes de descanso en Asturias, en compañía de mi madre, dedicados a leer y a escribir, y a tomarme un Godello en La Fresa con mi amiga Elvi, se hubieran ido al traste. Porque es normal sentir esta desazón profunda cuando te quedas, así sea temporalmente como nosotros, sin el espacio material que da forma al hogar, como también es normal que cualquier pequeña satisfacción como ver una película, hacer un viaje o comprar una bobería innecesaria –lo dice Marta González– sean deseos y necesidades legítimas. Lo que no es normal, ni admisible, ni moralmente tolerable es que hayamos normalizado sin ningún tipo de escrúpulo ni de responsabilidad social el hecho de que haya personas que no lo pueden hacer por lo difícil que resulta ocupar tu tiempo en algo que no sea subsistir si no tienes casa, ese abrigo necesario al que cualquier ser humano de este planeta tiene derecho, aunque sea, como lo es el mío en estos momentos, un hogar herido.

Actualidad

spot_img