Sergio C. Fanjul (Oviedo, 1980) tenía pendiente ajustar cuentas con el tiempo. Desde bien pequeño, las agujas del reloj moviéndose le producían al escritor y periodista una tremenda ansiedad. En “Cronofobia” (Arpa Editores), Fanjul indaga en nuestra conflcitiva relación con el pasado y con el futuro.
¿Muchos lectores se han sentido identificados con la sintomatología cronófoba que expones en el libro?
Sí, desde que publiqué el libro recibo muchos testimonios de gente que me dice que es cronófoba y que tiene problemas con el tiempo. Es un libro que se está vendiendo bien, y creo que es porque el público potencial es todo el mundo. La cronofobia, claro, ¿a quién no le afecta?
¿Cómo hemos llegado a ser una sociedad con una relación tan conflictiva con el tiempo?
En el libro hablo de mi cronofobia de forma autobiográfica, pero quería que fuese también algo sociológico, y por eso hablo de ese miedo al futuro abolido que se corresponde con una mirada nostálgica hacia el pasado. Se habla mucho de la nostalgia, pero creo que se mezclan muchos tipos de nostalgia: la política, cultural, personal…Ha habido unos debates sobre si la nostalgia es reaccionaria o no, si es buena o es mala. Pero yo creo que se ha metido todo en un mismo saco, y que no es lo mismo tener nostalgia del franquismo que tenerla del Estado de bienestar. Y esto, a su vez, no tiene nada que ver con la nostalgia cultural convertida en producto de marketing. Luego está la nostalgia personal, que es la que tú puedes tener de La Calleja La Ciega. Pero hay una nostalgia social y política que está muy vinculada a esta sensación de futuro abolido. ¿Que por qué se da? Yo creo que porque el sistema está en declive. El movimiento antiglobalización ya alertaba del declive que podía suponer el neoliberalismo salvaje. Muchas de las cosas que dice Trump tienen consonancia con lo que decía el movimiento antiglobalización: el proteccionismo, la reindustrialización, las clases medias depauperadas…Todo eso lo alertó el movimiento antiglobalización, que era de izquierdas, y ahora lo está capitalizando la derecha populista. Los perdedores de la globalización somos las clases medias occidentales, y los ganadores son las élites y las clases medias de países emergentes, sobre todo China. La globalización se hizo en los términos que se proponían en Occidente, pero al final salió el tiro por la culata. Yo creo que de eso viene la desafección por la democracia y la desconfianza en el futuro.

¿Crees que el tiempo es realmente la mercancía más valiosa de la que apropiarse?
Para Marx el tiempo es fundamental, porque dice que las cosas valen en función de cuánto trabajo se ha empleado en ellas. Las mercancías valen tanto como el obrero ponga en su producción, y luego el capitalista se queda la plusvalía. Políticamente, creo que hay una lucha por el tiempo que se refleja, por ejemplo, en la lucha por reducir la jornada laboral. Creo que estas luchas por el tiempo son fundamentales para la izquierda, que no está sabiendo enfocarlas y relacionarlas con la libertad. La derecha está muy engorilada con el término libertad, entendido de una forma muy adolescente, de hacer lo que me da la gana, y la izquierda no se ha metido a disputar un término tan prestigioso como ese. La libertad te la da tener sanidad y educación, pero también soberanía sobre el tiempo o no tener una vida precaria. La precariedad laboral tiene que ver con no disponer de tu propio tiempo porque dependes constantemente del trabajo, ni poder hacer planes a largo plazo, que es el problema que tienen los jóvenes.
El tiempo es una mercancía valiosa que también ha sido desrregulada en las últimas décadas para remover cualquier obstáculo que dificultase su explotación e impidiese sacarle el máximo rendimiento al tiempo de los trabajadores.
También la tecnología ha influido mucho en eso. A veces estoy por ahí con mi familia y recibo un mensaje de trabajo fuera de hora o en fin de semana y me pongo a responderlo, sin saber bien por qué, como si me viese obligado a hacerlo. Es algo que temenos muy interiorizado. El trabajo se ha expandido por todo el día. Hay una desorganización total de tiempo de hacer las cosas. Nunca sabes cuándo es el tiempo de hacer nada. Y ahora que soy padre, la disciplina de tener una hija y de tener que cumplir unos horarios me cuesta mucho más, porque vivimos en una sociedad completamente desorganizada temporalmente. En cualquier momento enciendes el móvil y miras las redes sociales; en cualquier momento surge un mensaje que te descoloca o que pide algo de ti. Con la tecnología todo se ha vuelto un totum revolutum.
“Vivimos presos en una madeja de tiempo”
¿Quiénes han sido los ganadores y los perdedores de esa aceleración constante y esa medición cada vez más precisa del tiempo?
El ganador es el sistema productivo. En el libro cuento cómo desde la Revolución Industrial el tiempo se empezó a medir de una forma cada vez más detallada. Antes de la Revolución Industrial había un tiempo de los acontecimientos, que era un tiempo relacionado con el día y la noche, con las cosechas, con las estaciones del año…La gente vivía acorde a esos tiempos, que son los tiempos naturales y que tienen mucho que ver con la biología humana. Pero a partir de la Revolución Industrial empieza a crearse un tiempo de la máquina que tiene que ver con los relojes mecánicos. En un principio, los relojes solo marcaban las horas, y luego fueron marcando los minutos, los segundos… Poco a poco, se va creando un tiempo que es ajeno a la naturaleza y al ser humano, un tiempo mecánico y cada vez más preciso que pone a la humanidad a funcionar a ese ritmo. Se crea entonces esa red de tiempo universal que es como una jaula que domina la actividad humana en todos los lugares del planeta, y ahora con Internet mucho más. Vivimos presos en una madeja de tiempo.

Dices que la prisa nos vuelve peores personas y que vuelve peores nuestras vidas. Nos hace más superficiales, nos aísla y nos vuelva autistas en cierto modo, privados del contacto con los demás y con el mundo
La prisa es objetivamente mala por el estrés, los efectos en la salud, la ansiedad y todas estas cosas que crean mucho malestar. Pero hay también un discurso cultural que habla de que la prisa es algo que hace la vida excitante. También los ricos se presentan a sí mismos como gente muy ajetreada, y ese es un cambio cultural muy grande. Hubo un tiempo en el que las clases altas eran clases ociosas, y no hacer nada estaba bien visto. Pero ahora los megarricos, como Elon Musk o Jeff Bezos, presumen de estar muy ajetreados. Es muy gracioso, porque ahora que no te dé la vida es casi algo deseable, como una forma de distinción y prestigio.
En ese sentido, ¿volverse lento es una forma de boicotear el sistema?
Podría verse así. Hay un libro que se titula “Los lentos” que cuenta cómo los lentos han sido siempre perseguidos. Pueden ser los indígenas o la gente que en Europa emigraba del campo a la ciudad. Los lentos podrían entrar en esa categoría de gente marginada y fuera de la sociedad de la que hablaba Foucault.
Esa forma tan insana de vivir el tiempo no afecta solo al trabajo, sino que pasa también al ocio basado en “vivir experiencias”
Sí, la palabra experiencia está de moda. Creo que vivimos el ocio de una manera productivista. El ocio de experiencias es, al final, ocio de consumo. Cuando se habla de vivir experiencias nadie te habla de meditar, de dar un paseo o hacerte voluntario en la cocina económica. Son experiencias siempre vinculadas con ir a restaurantes o de compras. Es un ocio vinculado al sistema económico: durante tu jornada trabajas y en el tiempo libre consumes, que es como trabajar al revés. Necesitamos que nuestro ocio sea también productivo y, cuando no lo es, nos rayamos. No se puede estar sin hacer nada, sin tener planes. Quedarte en tu casa o hacer algo que no sea productivo no es considerado ocio real, sino perder el tiempo. Miro mi calendario y tengo cosas que hacer por la semana, pero luego llega el fin de semana y cuando espero ver los días vacíos, también tengo ahí puestas cosas como quedar con no sé quién, ir a no sé dónde. Te da una sensación de que nada para. A mi chica le gusta mucho venir a Asturias, porque aquí los domingos existen. En Madrid los domingos han sudo abolidos, al menos en el centro, porque en los barrios sí siguen existiendo. El concepto de domingo clásico, de todo cerrado, ir a darte un paseo y tomar algo tranquilamente, ha desaparecido.
“Todo está montado para que no vivamos en el momento: desde las redes sociales hasta el trabajo y el ocio”
¿Has descubierto alguna fórmula para combatir esa ansiedad cronófoba?
La idea de cómo luchar contra este ajetreo es muy antigua. A mí me cuesta practicarla, pero todas las tradiciones filosóficas o espirituales tienen la misma, que es vivir en el momento. Lo dicen los estoicos, lo dice el budismo zen. Filósofos contemporáneos como Harmut Rosa, el gran filósofo de la aceleración, hablan de las experiencias de resonancia, que tienen que ver con estar presente y conectado con las cosas buenas de la vida. Pero eso es complicado, porque todo está montado para lo contrario. Desde las redes sociales, que no tienen horario, hasta el consumo y el ocio.
Y respecto a esa visión del futuro abolido, tan apocalíptica, ¿hay alguna forma de hacer que el futuro vuelva a ser un lugar deseable?
A veces he pensado que puede ser interesante no necesitar la idea de futuro. Abandonar la idea de progreso y ya está. Creo que hay una confusión muy grande entre la idea de progreso y la de innovación. Hoy hay muchas innovaciones, y todos los vendemotos del emprendizaje te hablan de innovar como si fuera progreso. Pero el progreso humano no va necesariamente unido a la innovación. Creo que muchas veces innovamos en cosas que ya están bien. ¿Quién necesita un móvil mejor? Ya podemos plantarnos aquí y dejar de innovar, porque está visto que esa innovación ni siquiera hace nuestra vida mejor. De hecho, la hace peor y más engorrosa en muchos aspectos. A veces se ha tachado a la izquierda actual de reaccionaria, y yo me siento muy reaccionario respecto al tema tecnológico, y no lo veo como algo malo. Se ha dado la vuelta a las tornas, y ahora es la derecha la que habla de modernización, que suele significar privatizar, despedir a gente y aumentar los beneficios. Si eso es la modernización, entonces la izquierda es conservadora. Creo que la idea de progreso tal y como se entiende ahora, ese ir cerrilmente hacia adelante, habría que abandonarla para quedarnos con una idea de progreso humano.



























