No hay mejor defensa
que cruzar los brazos
pasar de largo
cruzar los brazos
(De “Cruzar los brazos”, de Víctor Manuel, 1986)
El cine acabará sin duda retratando con humor a un personaje tan estrafalario, ridículo, malévolo y peligroso como Donald Trump, pero es difícil que supere el retrato delirante y satírico que Charles Chaplin hizo de Hitler y Mussolini en 1940, ya empezada la Segunda Guerra Mundial, con “El gran dictador”.
En la película Charlot ridiculizaba a los dos dictadores que habían provocado aquella tragedia, de la que parece que la humanidad no ha tomado buena nota. Hoy probablemente lo haría con el cruel y megalómano Trump, pero también con una multitud de estadistas, políticos y empresarios rendidos a sus pies. Una ola de sumisión recorre el mundo y el espectáculo es tan patético como el mismo presidente de los Estados Unidos. El guión está escrito en la actualidad diaria y todos somos espectadores a través de los medios.
Charlot no necesitaría ahora apelar a la ficción, le bastaría con utilizar imágenes reales. Los informativos son una sucesión diaria de escenas y actuaciones cómicas de Trump y una cohorte de seguidores y mandatarios mundiales postrados a sus pies. En agosto reunió a siete grandes líderes europeos, entre ellos los de grandes potencias como Francia, Alemania y Gran Bretaña, o la de la Unión Europea, y los aleccionó sentándolos frente a él en el Despacho Oval. Trajeados, pegaditos en sus sillas y prestando atención a las órdenes del jefe, parecían un grupo de vendedores de seguros aguantando la turra del jefe de la compañía. Hace unos días los humilló aún más haciendo pública una foto trucada de aquella ceremonia de poderío ante los fieles subordinados, en la que aparecía al fondo un mapa de Groenlandia con la bandera de los Estados Unidos.
Algo parecido hizo con los grandes empresarios del petróleo de todo el mundo, compatriotas suyos la mayoría, tras secuestrar en Venezuela al presidente Nicolás Maduro y a su esposa Cilia Flores, imponiendo en el país un régimen colonial sin derrocar la dictadura. Trump demuestra así que su poder es absoluto, el político y el económico, y lo exhibe públicamente para que sus subordinados empresarios millonarios parezcan lo que son, unos pobres hombres cargados de dinero, como lo es también él.

Sobre sus planes para apropiarse del petróleo de Venezuela fue claro y advirtió a sus chicos a lo que se debían atener: “Si alguien no quiere participar, tengo veinticinco personas dispuestas a tomar su lugar”, dijo. Es un mentiroso compulsivo, pero en esto no faltaba a la verdad. Nadie abrió el pico, a no ser para hacer la pelota al amado líder de pelo color zanahoria. Uno de los más serviles fue el único representante español, el expresidente del PNV Josu Jon Imaz, actual consejero delegado de Repsol, que se apresuró a decir que su empresa estaba preparada para triplicar la producción en Venezuela, para que Trump no tuviera dudas.
La operación política y militar en Venezuela demuestra que la sumisión ante Trump es un fenómeno transversal que se extiende a derecha e izquierda y entre hombres y mujeres en el país caribeño. Instala en el poder para suceder a Maduro a Delcy Rodríguez, que le entrega obedientemente la soberanía nacional y el petróleo, y aparta sin más consideraciones a Corina Machado, la líder de la oposición derechista que había ganado unas elecciones con pucherazo del régimen bolivariano. La exhibición impúdica de Machado compartiendo el Nobel de la Paz con el infantil y narcisista Trump fue un espectáculo tan bochornoso que difícilmente esta mujer podrá aspirar en el futuro a otra misión que no sea reír las gracias al inquilino de la Casa Blanca.

Entre los aduladores del presidente estadounidense sería difícil elegir al número uno, dada la competencia universal, pero el secretario general de la OTAN, el expresidente holandés Mark Rutte, no tiene rival, ni siquiera Corina Machado. Llama a Trump “papi” y “líder del mundo libre”, y se arrastra como una serpiente ante cualquier capricho o imposición del amo. Parece incluso que su amor y veneración por el republicano va más allá de lo político, si interpretamos con morbo el mensaje que le envió hace poco a costa de las amenazas de Trump sobre Groenlandia: “No puedo esperar para verte. Tuyo. Mark”. El propio Trump lo tomó a cachondeo y filtró esa comunicación, como hace a menudo con Rutte y con cualquiera a quien pretenda humillar. Ya tiene dicho, y no le falta razón, que hay cola para limpiarle el culo.
De la ola de sumisión que invade el mundo no se libra ni Trump, su gran impulsor, porque los abusones y pendencieros son implacables con los de abajo y débiles contra los que ven a su altura o por encima. El presidente estadounidense ofende públicamente a quien ve menos poderoso o no se pliega a sus imposiciones, especialmente a los europeos, por el complejo de un rico e ignorante patán del otro lado del Atlántico, pero se humilla ante el dictador imperialista Putin, que le toma el pelo y en vez de besarle el culo limpia el suyo con los planes de Trump para frenar la guerra en Ucrania.

La sumisión va de abajo a arriba, como la corrupción. La de las alturas es muy visible y desoladora en relación a la condición humana. Y no solo en la política y las finanzas. Ahí tenemos al nuevo entrenador del Real Madrid, un Estado en lo deportivo, Álvaro Arbeloa, cogiendo la pelota del Bernabéu y botándola ante Florentino Pérez, una de las personas más poderosas de España. Como algunas voces pedían la dimisión del presidente en el estadio, el empleado al que colocó en el banquillo salió en su defensa diciendo que se trataba de una quinta columna de antimadridistas. Los enemigos del patrón son mis enemigos, piensa.

En la vida cotidiana, sobre todo en las empresas y centros de trabajo con los jefes y empleadores, la sumisión es a menudo tan valorada como el rendimiento laboral y un gran problema para quien no la practica. No hay nada que deteste más un sumiso que un insumiso testigo de su bajeza, que se convierte de inmediato en su enemigo, porque lo pone en evidencia.
Vivimos una época de perplejidad y nadie sabe muy bien como hacer frente al neofascismo que representan Trump y sus sumisos seguidores, que no faltan en la derecha y la extrema derecha española, y eso que la Historia siempre ofrece sabias lecciones. La de los años 30 del siglo XX es bien reciente. Lo que parece obvio es que a la sumisión en la que anida el huevo de la serpiente se la combate con la insumisión, una de las palabras más bellas del diccionario, y motor del progreso de la humanidad. Avanzamos, como personas y socialmente, cuando decimos no, como hizo Rosa Parks en el autobús de la segregación racista. O pasando de largo ante el militarismo, como propone Víctor Manuel en “Cruzar los brazos”, una canción bellísima de 1986 que hay que volver a entonar.
Los jóvenes rebeldes, indignados con el trato que reciben y la marginación que padecen, se equivocan canalizando la rebeldía hacia la extrema derecha. Pagarían los primeros las consecuencias de la equivocación, porque serían carne de cañón si se imponen los tambores de guerra que agitan Trump y sus aduladores con total frivolidad, la Internacional reaccionaria.

Hace treinta años los jóvenes insumisos españoles se plantaron, se negaron a ir a filas o a acatar una prestación sustitutoria y acabaron con el servicio militar obligatorio. Ahora hay voces que proponen recuperar “la mili” en esta locura del expansionista belicista, que llega hasta las escuelas, donde se celebran actos militares.
El mundo necesita una ola de insumisión para frenar a la Internacional Reaccionaria y tumbar su agenda, no solo en la estrategia belicista con medidas como la vuelta a la mili en España y otros países europeos como Alemania. Una insumisión cívica, inteligente, no violenta. Bajarse del autobús que nos lleva a la barbarie. Pasar de largo. Esta película ya la vimos hace mucho tiempo. Una adaptación de “El gran dictador” más de ocho décadas después no tendría ninguna gracia.



























