El Centro Niemeyer acoge desde este viernes una exposición de fotografías de Ramón Masats, uno de los grandes renovadores de la fotografía en España. Nacido en 1931 en Caldes de Montbui, Barcelona, en una familia dedicada a la venta de pescado, Masats descubrió la fotografía mientras realizaba el servicio militar, y en contra de la voluntad familiar decidió dedicarse a la fotografía de manera profesional.
Galardonado con el Premio Nacional de Fotografía en 2004, Masats documentó de 1955 a 1965 la realidad de un país marcado todavía por la pobreza material, pero que se encontraba ya en plena transformación hacia la sociedad de consumo. Y es que el final de la autarquía y el Plan de Estabilización de 1959 abrieron España al turismo y las inversiones extranjeras propiciando el llamado “milagro español”, un periodo de enorme crecimiento económico, pero construido sobre las espaldas de la sobrexplotación de unas clases populares privadas de derechos y libertades.
Fue en ese contexto de despegue económico en el que Masats, un joven fotógrafo que trababa de abrirse camino en el mundo del reporterismo y la prensa ilustrada, fue contratado por el Ministerio de Información y Turismo para viajar por el país retratando sus paisajes, su patrimonio y sus gentes. El objetivo, “vender” España como destino turístico. Los encargos permitieron a Masats comer y pagar las facturas, pero también hacer una serie de fotografías más personales, no destinadas a la publicación, sino a su archivo personal. Están entre lo más valioso de una obra que puede ahora verse en la muestra “Ramón Masats. Visit Spain”.
Chema Conesa, comisario de la exposición, ha sido el encargado de seleccionar algunas de estas instantáneas que no llegaron a ver la luz pública hasta los años ochenta, y que ofrecen una imagen de la España de los 50 y 60 muy diferente a la del relato oficial de un país feliz, de sol, playa, toreo y flamenco.
Un seminarista tratando de parar un gol, cursillos de cristiandad, la tenebrosa Dirección General de Seguridad, procesiones de Semana Santa, reuniones de ex combatientes de la División Azul, jornaleras y jornaleros trabajando en el campo, obreros de la construcción haciendo una parada en el tajo, críos en una embarrada plaza de un pueblo castellano, el rodaje de “El Cid”, o Franco encaramado a una tribuna, en una imagen en contrapicado en la que se ve el dedo índice derecho del dictador apuntando al cielo, a modo de profecía, y el papel con el discurso tapándole por completo la cara, son algunos de los ejemplos de una muestra en la que Masats despliega toda su agudeza visual, ternura, sentido artístico y fina ironía.




“La fotografía no afirma, sugiere” expuso el comisario de la muestra en la presentación a los medios de la retrospectiva, que podrá verse hasta principios de mayo, y en la que no hay subrayados, pero sí mucha humanidad.
Conesa, fotógrafo y teórico de la fotografía, además de amigo de Masats, estuvo este viernes acompañado por Sonia, hija del fotógrafo, que definió a su padre, fallecido en 2024, como un hombre inquieto y con un gran amor por la libertad. “No quiso hacerse funcionario de TVE cuando tuvo la oportunidad. Se definía como un anarconazarí. Le encantaba Granada y Andalucía” explicó Sonia Masats, que considera que la muestra “refleja a mi padre por dentro”.
Conesa destacó el carácter “expresionista” de la obra de Masats, muy relacionada con la de otros fotógrafos de su época, como Miserachs, Terré, Maspons o Pérez Siquer. A diferencia de muchos de ellos, Masats sí pudo profesionalizarse, si bien con los años cambiaría la fotografía por la realización televisiva y el documentalismo.
Conesa destaca que “los aficionados cambiaron la fotografía” ya que contaban con más libertad que los profesionales, sometidos a la rigidez de la censura o de las exigencias empresariales. “Los fotógrafos de entonces empezaron a pensar que había que huir del ‘salonismo’ para intentar hacer un realismo más actual y del momento, con la fotografía francesa como espejo”. La singularidad de Masats estuvo en poder combinar el oficio con el que se ganaba la vida con esta Cara B que ahora puede disfrutarse en el Niemeyer.



























