¿Para qué sirve un humedal?

El Principado cuenta con dos humedales de importancia internacional: la Ría de Eo, incorporada a la lista Ramsar en 1994, y la Ría de Villaviciosa, en 2011.

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María Ameigeiras
María Ameigeiras
Es licenciada en veterinaria y forma parte de Ecoloxistes n'Aición d'Asturies.

Cada 2 de febrero se conmemora el Día Mundial de los Humedales, en recuerdo de la firma del Convenio de Ramsar en 1971. Más de medio siglo después, lejos de celebrar avances, la situación de estos ecosistemas es alarmante. Los humedales se han convertido en los espacios naturales más degradados del planeta y en uno de los símbolos más claros del expolio sistemático de la naturaleza por parte de un modelo económico que prioriza el beneficio de unos pocos frente a la vida.

En España, 76 humedales forman parte de la lista Ramsar. Sin embargo, el 85 % de ellos se encuentran en un estado de conservación calificado como preocupante. Las causas de esta degradación son bien conocidas: la sobreexplotación de acuíferos, la expansión de la agroindustria intensiva, la contaminación difusa y la especulación urbanística siguen secando, degradando y privatizando estos espacios. No se trata de errores técnicos ni de mala suerte, sino del resultado de decisiones políticas concretas que han favorecido intereses económicos privados frente al interés general.

Ría del Eo. Foto: Turismo de Castropol.

Asturias no es ajena a esta realidad. El Principado cuenta con dos humedales de importancia internacional: la Ría de Eo, incorporada a la lista Ramsar en 1994, y la Ría de Villaviciosa, en 2011. Son espacios de altísimo valor ecológico, con una extraordinaria abundancia y diversidad de aves, comparables únicamente al tramo costero Ría de Avilés-Luanco y a los embalses centrales. En ellos, las aves migratorias descansan, se reproducen y encuentran refugio, mientras prospera una rica diversidad de flora y fauna acuáticas. Sin embargo, estos ecosistemas sufren una grave presión por la contaminación derivada de vertidos de explotaciones ganaderas, una deficiente depuración de aguas residuales y residuos industriales y mineros.

Mención aparte merecen las turberas, grandes olvidadas de las políticas ambientales. Se trata de ecosistemas húmedos de agua dulce asociados a zonas de encharcamiento permanente, donde las condiciones del sustrato y la acidez del terreno favorecen una flora muy específica y singular. Las turberas cumplen funciones esenciales: actúan como reservas de agua dulce, regulan el drenaje natural del territorio y desempeñan un papel clave frente al cambio climático, ya que secuestran CO₂ atmosférico, uno de los principales gases responsables del efecto invernadero.

En Asturias, la mayoría de las turberas se encuentran muy degradadas o en serio riesgo de desaparición. La turbera de Dueñas estuvo amenazada por planes urbanísticos del Ayuntamiento de Cudillero, una agresión que, de momento, se ha logrado frenar. La turbera de La Molina, en Salas, está en peligro por la explotación de una cantera. En los Picos de Europa, la turbera de la Vega de Comeya sufre la presión del ganado vacuno al encontrarse en zona de pastos, lo que provoca erosión por pisoteo, contaminación por nitratos y un grave impacto sobre especies vegetales singulares.

En el contexto actual de elaboración del Plan Nacional de Restauración por parte del Gobierno español, impulsado tras la aprobación del Reglamento Europeo de Restauración de la Naturaleza, resulta imprescindible un cambio profundo de rumbo. Desde Ecoloxistes n’Aición d’Asturies se reclama que la restauración de humedales ocupe un lugar central y no se limite a actuaciones cosméticas ni se convierta en una nueva forma de greenwashing institucional.

La experiencia demuestra que, cuando se eliminan las presiones, se devuelve el agua a los ecosistemas y se antepone el interés general al beneficio privado, los humedales responden: la biodiversidad regresa y la vida se abre paso.

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