«¡A Dios se le pone dura con los marines! … ¡porque matamos a todo bicho viviente!». Allá por los 80, Kubrick quería provocar repugnancia en el espectador con la zafiedad violenta del sargento Hartman, de La chaqueta metálica. «Dios está muy orgulloso del trabajo que estoy haciendo». Esta la dijo Trump en la vida real. Después de soltar a los quinquis del ICE por Minneapolis para amedrentar y matar, de decir de los inmigrantes que eran animales, de insultar a los aliados y humillar a la sierva Corina y a su país, después de medidas sociales de impiedad máxima y de rugir con Stephen Miller que tienen derecho a coger lo que tengan poder militar para coger, después de todo esto, decir que Dios está orgulloso de él no es igual que decir que a Dios se le está poniendo dura, pero suena casi igual. Solo que estos no son los 80. Ahora se trata de provocar repugnancia en los adversarios ideológicos, paralizarlos de estupor, porque ahora siendo repugnante para cierta gente no se repugna a los demás, sino que encima te votan y a más de uno se le pondrá dura. Por la misma senda, Ayuso farfulla que México es un narcoestado (¿se imaginan el berrinche del facherío si fuera la Generalitat la que anduviese jugando a tener política exterior?), dice con desvergüenza que los trenes chocan por blanquear el independentismo, se inventa una medalla al faro de la libertad para Trump (asemejándose así en cerebro, dignidad y patriotismo a Corina Machado, ese lastimoso felpudo) y proclama que son unos tristes quienes claman porque se deja la salud de los madrileños flotando en una bacanal de latrocinio, lucro e intereses privados. Y no contenta con eso, les dice a los suyos que repitan con ella «sooon unoos triiiistees», y los peperos, sin rastro de dignidad ni de vergüenza, en sede parlamentaria allá fueron: «sooon unoos triiiistees». Qué papelón. Habrá diputados que hayan estudiado una carrera, para acabar con el baldón de que una choni pija les haga repetir «sooon unoos triiiistees». Qué bochornazo. Pero estos no son los 80.
Parece que la estupidez cotiza alto y que las derechas respiran bien en esa atmósfera. Martín Caparrós describe el fenómeno en El País, con garra y buen juicio («¡Es la estupidez, estúpido!»). Los estúpidos hablan solo con absolutos, sin grados; Trump no dice que una reunión salió bien, sino que fue increíble, ni dice que alguien se equivoca, sino que es un narco; con el mismo librillo Ayuso dice que la sanidad de Madrid es la mejor del mundo. Para los estúpidos todo es ya, nada es poco a poco. Mienten y escandalizan, son cínicos y chabacanos, para que la inteligencia o la decencia elemental se paralicen de estupefacción. Alardean de maldad para ser repulsivos a sus rivales y que no haya debate público, sino chapoteos en una charca de zafiedad. Se jactan de su estupidez. Estos no son los 80.
El aluvión de datos disponibles es puro ruido, porque va acompañado de una atención escasa y un procesamiento poco demorado. En su día hubo que explicar que el tabaco con el que se estaban forrando algunos provocaba cáncer. Los que se forraban se resistieron. Hubo que decir que el alcohol era malo y que no se podía incentivar su consumo con publicidad. Los que se forran con el alcohol no querían límites. Ahora los mercaderes de los datos y de la atención están haciendo daños parecidos con sus redes sociales y se resisten a cualquier límite como todos los que se forran con el daño colectivo. Pero estos, con los implantes cognitivos que van depositando sus algoritmos, y con sus inmensas fortunas, tienen poder y quieren más. Ellos hacen el ruido en el que la atención es una mercancía preciosa que ellos regulan. El ambiente es propicio. Como dice Caparrós, la gente malvive tras haber sido gobernada por inteligentes que los menospreciaban. Así que, de caer mal los inteligentes, se pasa a que caiga mal la inteligencia en sí. Probemos entonces con la estupidez, a ver qué tal. En el océano de ruido, se destaca más por estúpido que por inteligente. La zafiedad y la estupidez, el malismo de Mauro Entrialgo, te da la atención. Y qué hacemos ante esto. Es difícil saber qué hay que hacer, pero es fácil saber por dónde hay que empezar: por ser claros y reconocibles. Así se nos ve en el mar de ruido.
“En política no se hace ni se dice nada si no estás contradiciendo y molestando a alguien.”
La izquierda se va por el desagüe porque se esconde, no habla claro, tiene miedo de asustar u ofender. Y culebreando es como no se le entiende, no atreviéndose cuando tiene poder es como fueron desapareciendo los partidos socialdemócratas. Lionel Robbins dijo que la economía aparece cuando los recursos no son suficientes para todas las pretensiones y hay elegir cómo gastar esos recursos insuficientes entre varias opciones. Por eso se asoció la economía con la gestión de la escasez. La cuestión es que hay que elegir entre distintas formas de organizarse y que hay que gestionar los desacuerdos. Una sociedad tiene que juntar recursos para asuntos comunes. La forma de juntar esos recursos y la relación entre los recursos (ingresos) y gastos es la política. Es política, por ejemplo, decidir que la gente tiene derechos, que hay juntar recursos para los servicios que los gestionan y que en la forma de juntar los recursos los que tienen más tienen que poner más, y así se redistribuye la riqueza. Es política porque otros dirán lo contrario. Como la economía, la política gestiona la escasez, hay que tomar decisiones sobre cómo convivir. En política no se hace ni se dice nada si no estás contradiciendo y molestando a alguien. Decir que tenemos que ser menos egoístas y pensar en los necesitados no es política, porque eso lo puede suscribir el secretario de CCOO y Florentino Pérez. Si no llevas la contraria a alguien, si no molestas a alguien, no estás haciendo política. Y la izquierda de poder tiende a no molestar a nadie.
Por ahí va lo de ser reconocibles. Impuestos, por ejemplo. La izquierda los tiene que reivindicar, pero no como un mal que te hago para que tengas médico y perdonen las molestias. Cuando llega la campaña del IRPF, la izquierda tiene que saludar el momento como fiesta de la democracia, como momento en que los que tienen más tienen que repartir para que todos tengamos médico, es el momento en que nos hacemos una sociedad donde nos protegemos unos a otros (patria, quizás) y no una tierra salvaje de bandas. Tiene que llamar infierno fiscal a esas sociedades de ricos en palacios y niños pobres viviendo entre charcos; y paraíso fiscal a esas sociedades con parques, escuelas y hospitales. La izquierda tiene que proclamar que no se puede arreglar el problema de la vivienda sin conflicto. Cuando se llega al punto de trabajar para el casero, se está conculcando un derecho de más jerarquía que cualquier derecho a la propiedad. Con la Constitución en la mano, se puede recurrir a impuestos que golpeen el uso de los pisos para algo que no sea vivir en ellos y se puede recurrir a expropiaciones. Y eso debe estar encima de la mesa. Y vendrá el conflicto y en medio del ruido seremos reconocibles unos y otros y así no será tan fácil el bulo de que no hay pisos porque se los dan a los inmigrantes. La izquierda huye de que la llamen comunista. Y lo cierto es que no tiene por qué esconder que para ella el capitalismo se parece al héroe Blade, mestizo entre vampiro y humano y que con sus poderes de vampiro protege a los humanos. Pero se chuta un suero para calmar la apetencia de sangre y así no matar humanos como los vampiros. Hay algo malo dentro de mí, le explica a una niña que lo mira chutándose el suero. El capitalismo, incluso en las sociedades más justas, tiene algo malo dentro de sí. Necesita un suero, un estado que intervenga y corrija, para que no devore la sangre de la gente. ¿Se imaginan a Sánchez proclamando esta evidencia, que está en su ideario? ¿Y a Barbón? Al final el malismo se evapora cuando se pasa del videojuego a la vida real. Los asesinatos de Minneapolis impresionaron, la medalla de Ayuso por la defensa de la hispanidad a quien envía bandas a matar a quien hable en español es una estupidez que puede acabar no cotizando. Al final la gente quiere tener médico. No es fácil saber qué hay que hacer, pero sí por dónde hay que empezar: claridad, contundencia y ser reconocible.



























