“¿Te imaginas residir en un centro regentado por monjas, que te venga a ver tu novia y te morree en el pasillo?” explica Marga Llorente, presidenta de la asociación Cantapaxarina, un proyecto de ayuda mutua para lesbianas mayores de 55 años, que acaba de arrancar en Asturias, y que plantea trabajar en varias direcciones, con la idea de poner en marcha también espacios residenciales en un horizonte no muy lejano.
“No hay, que yo sepa, nada igual en toda España. Se puede encontrar algún modelo con cierto parecido en Alemania, pero al margen de aspectos coincidentes, el sistema es distinto” explica Llorente. Así que, como no existía un molde en el que pudieran encajar sus propósitos, lo inventaron: “Como no podemos empezar la casa por el tejado, lo primero es ir conociéndose, generando confianza, vínculos y lo demás ya irá llegando sobre esos cimientos”.
Cantapaxarina empieza con una página web, con unos protocolos de seguridad para evitar incidentes que puedan afectar a la privacidad de las asociadas. A partir del alta -para las personas verificadas con abono de la cuota anual- cada una podrá disfrutar de los recursos disponibles. Uno de ellos es la llamada red de cercanía. Esta es la única abierta a la participación libre, externa. Supone que una o dos tardes al mes “se pueda acudir a un local donde encontrarte con otras lesbianas y quedar para charlar, planear una excursión o dar un paseo, por ejemplo. Está pensado también para mujeres viajeras”.
Como la propuesta tiene vocación estatal, el tejido se extenderá por diversas ciudades españolas localizables en un mapa de la mencionada página. En Gijón, la librería La Habitación Propia se constituirá como uno de esos lugares de encuentro.

También se pondrá en marcha la red de cobijo, que implica ofrecer tu casa para recibir a otras socias o acudir al hogar de alguna de ellas. Se establece un compromiso máximo de cinco días, siempre sujeto a acuerdo entre las partes. Previamente la interesada habrá localizado en la web la ubicación nacional y la disponibilidad de ese sitio, sus características, sus normas de convivencia – por ejemplo, sin mascotas o no fumadoras-.
No se paga por estar en el domicilio de esa otra persona, pues lo que se busca es combatir la soledad no deseada y generar vínculos emocionales entre las participantes, así que “la finalidad no es ahorrarte el hotel, sino compartir espacio y tiempo”. De momento hay afiliadas de Asturias, Ávila y Madrid. La red vacacional funciona de manera similar, pero está enfocada a estancias más largas. “Por ejemplo, si alguna de las inscritas tiene un lugar de descanso, pero le da pereza ir sola, es una oportunidad para unas vacaciones en compañía”.
Finalmente, plantean la posibilidad de viviendas colaborativas para esquivar la soledad no deseada: “Todas las actividades indicadas se orientan a que la gente se vaya conociendo y que luego se puedan agrupar para convivir en una casa, la suya o la de otra. Se impartirán talleres para ir perdiendo miedos”. En el horizonte más lejano también contemplan la posibilidad de alquilar alojamientos grandes, con huerto: “¿No lo hacen los fondos buitre, que los están copando? Pues nosotras podemos cogerlos también, porque siempre hemos sido muy luchadoras y rendirse a estas alturas no tiene sentido”. Por ello, están abiertas a patronazgos, herencias, donaciones o subvenciones que garanticen la sostenibilidad de este proyecto que desea consolidarse como espacio pionero de socialización para lesbianas, y que ya cuenta con el apoyo de la Dirección General de Participación Ciudadana,
Transparencia, Diversidad Sexual y LGTBI.



























