Lo de Galileo Galilei

El movimiento, como dijo el científico italiano, es un cambio de la posición de un objeto a lo largo del tiempo respecto a una referencia.

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Ernesto Díaz
Ernesto Díaz
Es consultor medioambiental.

El movimiento es un cambio de la posición de un objeto a lo largo del tiempo respecto a una referencia. Esto, ya sabéis, es algo a lo que Galileo dedicó algunos de sus estudios.

Había mucha gente, muchísima, en la calle. Tanta y desde tan temprano que, cumpliendo con lo que marca la tradición de los eventos que concitan mucha expectación, la cola daba vuelta a Cea Bermúdez. Muchos jóvenes y muchas mujeres. Esto ya es bien, porque las movilizaciones políticas de la izquierda en los últimos años venían siendo como un desfile de trajes regionales, que tiene su encanto, pero siempre somos los mismos los que procesionamos con las gaitas, las dulzainas y los pendones. La izquierda necesita rock&roll. Me lo transmiten en la calle las integrantes de un corrillo de mujeres con las que hablo, todas votantes del PSOE, pero que creen que el de Móstoles y el de Santa Coloma son la chispa de una izquierda que necesita alegría y el punto de descaro que pide el electorado.

Subieron al escenario Gabriel Rufián, Emilio Delgado y Sara Santolaya. Sonaron aplausos y silbidos de ánimo, con una primera ovación de apoyo a Sara tras las amenazas y las machiruladas sufridas. El escenario tenía aromas a periferia, y eso siempre mola. Uno de Móstoles, otro de Santa Coloma de Gramanet y una salmantina estudiada en León. En el fondo de pantalla el lema del encuentro –“Disputar el presente para ganar el futuro”– junto a un puño en vertical que recordaba a aquel cartel que apretaba el gañote del fascismo. Y a ello entró Rufián -que lleva un polo níveo de manga larga y chulísimas zapatillas, cómo cuida la imagen el tío- sin mucho tardar cuando dijo que él quería ganar, que el resto son pamplinas si está Abascal a estas horas probándose gorras de ministro del interior. Para ello apeló a un acto de generosidad sin precedentes en el sarampión de los partidos de la izquierda basado en orden, eficiencia y método. Casi nada la del bote, amiguín.

Me lo dicen así -“el tío es bueno”- dos chicos muy jóvenes que llegan desde Guadalajara

Nah, pero el tío es bueno. Me lo dicen así -“el tío es bueno”- dos chicos muy jóvenes que llegan desde Guadalajara. Me lo dice hasta Bárbara, por mensaje desde Villablino, que apenas sigue la crónica política, pero Rufián le parece valiente y coherente. No conoce a Emilio Delgado, para ella Emilio Delgado es el portero de Aquí no hay quien viva y solo por eso ya le daría su voto. Vamos bien, Emilio, tira de ese filón. Un Emilio que comenzó escuchando al catalán con esa pose mansa del gladiador en descanso, pero que en seguida saca munición. “Hay que intervenir de manera furiosa el mercado de la vivienda”, dice, y uno ve a Delgado con esas manos como raquetas y piensa que si suelta esa furia de la que habla y te endiña una hostia te pone en órbita.

Un momento del encuentro.

Un amigo desde Murcia se siente ilusionado y resume su cosquilleo de una forma muy gráfica: “Con tal de que no lleguen a La Moncloa esa piara de fascistas tenemos que intentarlo, no nos quedan muchas bazas, y esta es buena”. Tiene miedo, como Rufián, que lo expone sin tapujos cuando dice “Tengo miedo como demócrata, quizá porque soy muy consciente de lo que viene y lo que viene no es la alternancia política de siempre, lo que viene es salvaje, lo que viene son imitadores baratos de Trump y Milei”. Hostia, como pa no tener miedo.

“Rufián me da la esperanza de que por fin un político de la izquierda goza de enorme carisma y despierta ilusiones tan desbordantes que hasta podría parar a la derecha. Pero obviamente nada de confiar a ciegas”. Me dice una barcelonesa que olfatea el resto del territorio, y parece talmente que la escucha Rufián cuando casi al tiempo que recibo ese mensaje recuerda que no pide a nadie que renuncie a sus siglas, que él solo pone su carita de chico travieso y su gracia -esto no lo dijo, esto es de quien firma- para “ganar provincia por provincia a Vox, escaño a escaño”.

El acto va terminando con un alegato de Emilio Delgado -“Hay que decirle a la gente que estamos al otro lado y que estamos dispuestos a pelear por este país”-. Es una ardua tarea, pero estos dos tienen mimbres para llegar a la patata de la gente y lograr aquello de Spinoza que recordaba Juan Ponte en estes mismo medio hace pocas horas: “Ningún afecto puede ser reprimido sino por un afecto más fuerte y contrario al afecto que ha de ser reprimido”.

Galileo, que da nombre a la calle y a la sala en que se celebró el acto, se enfrascó en líos como la batalla de los cuerpos flotantes, inventó el pulsómetro -un cachivache que permite medir el pulso- y revolucionó la teoría del movimiento al observar que todos los objetos aceleraban a la misma velocidad con independencia de su tamaño. Yo qué sé, curiosas coincidencias con el reto que Delgado y Rufián tienen por delante. Ya sabéis cómo estuvo a punto de acabar Galileo, chamuscado como un calçot. Cuidemos a estos chicos.

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