Lo único que pide es que no la arrastren por el pelo, que no la golpeen, que no la tiren y la pateen en la calle. No lo dice, pero seguro que lo está pensando: que no la violen. Sabe que pueden agarrarla en cualquier momento de camino a casa o al trabajo y que no hay resistencia que sirva, por eso solo desea que respeten la integridad de su cuerpo y que no le hagan ningún daño físico. De los muchos miedos posibles, solo se puede permitir el lujo de sentir este, y su conformidad se reduce a ser tratada como debiera ser tratado cualquier ser vivo si llegan a detenerla. Como ella, hay cientos de miles de personas que viven a diario pidiendo permiso para existir, sin más opción que esconderse detrás de su piel y buscar refugio y consuelo en las oraciones. Se les aconseja que tengan cuidado, que se protejan, que se informen de sus derechos, pero ninguna de estas personas ha llegado a este país de vacaciones y la solución de quedarse en casa para estar más seguras no es solución. Todas y cada una de ellas han venido a trabajar, a malvivir para vivir materialmente un poco mejor y ayudar a los que se quedaron y, si pudieran, que tampoco pueden, de vacaciones se irían al lugar del que salieron. Y si pudieran, que no pueden tampoco, algunos se quedarían allí.
A pesar de las evidencias que apuntan a otra cosa, lo siguen llamando “el sueño americano”, y se sigue creyendo que, en este país, con esfuerzo, con sacrificio, con un sufrimiento que nadie se merece, hay muchas oportunidades. Aunque las oportunidades pasen por dejarse explotar y por sentirse agradecidos cuando se recogen las sobras que el sistema ofrece. Sin ignorar, además, que estas mismas oportunidades se quedan ahí en demasiadas ocasiones, en el imaginario de quien después de tantísimos trabajos no puede perder la confianza.
Hablar de emigración es complicado, y es un tema sobre el que solo tengo “algo” que decir, aunque sea una experiencia que no me resulta ajena y aunque viva en una ciudad formada por un espectro muy complejo de emigrantes. No todos los que llegaron aquí han cruzado las fronteras más ásperas del continente a pie, ni han llegado en flotadores por las costas del Caribe, ni siquiera han venido a este país porque en el suyo vivieran mal, sino porque las inquietudes personales son legítimas, y el espejismo de los Estados Unidos poderoso. Lo que nos lleva a cada uno de nosotros a dejar nuestro lugar de origen es, por otra parte, absolutamente personal, y nadie tendría que dar ningún tipo de explicación por habitar una tierra distinta a la tierra en que nació, mucho menos tener que depender de la suerte para que no te persigan ni criminalicen, y para que no te traten como escoria si los profesionales de la persecución te encuentran.
“Es imposible pretender que no existes, y una vergüenza y una obscenidad que te obliguen a ser invisible y a apretar el aliento para que no te sientan respirar.”
Desde que el actual gobierno de los Estados Unidos empoderó a los agentes del ICE hace poco más de un año para que hagan lo que quieran con las personas sin documentos, el estado de terror es el estado natural de toda esta gente, y la mayoría de sus escasos caminos están totalmente atascados. Salir a la calle es un riesgo, quedarse en la casa –acabo de decirlo– es técnicamente imposible y no es siquiera garantía de seguridad. Por eso, con el miedo a cuestas, amparada por la fe y empujada por la necesidad la gente sale. La mujer que da masajes y arregla las uñas en un salón de belleza tiene que seguir yendo todos los días al salón de belleza a arreglar uñas y a dar masajes para llegar a fin de mes; el muchacho que vende tamales y arroz con leche a la salida del metro no tiene más remedio que seguir haciéndolo para pagar el cuarto que renta, comprar su comida y enviarle un dinero a esa madre suya que le enseñó a hacer los tamales; el señor que va a llevar los nietos a la escuela, mientras su hija vende pastelitos de yuca en un puesto del barrio, no puede dejar de acompañar a esos niños aún demasiado pequeños para que vayan solos a la escuela. Es difícil vivir como si no vivieras y no hacer lo que tienes que hacer. Es imposible pretender que no existes, y una vergüenza y una obscenidad que te obliguen a ser invisible y a apretar el aliento para que no te sientan respirar. Cuando el señor se acerca al puesto de los pastelitos de yuca de su hija, después de dejar a sus nietos en la escuela, recupera por segundos una tranquilidad siempre breve al ver que su hija sigue allí, y alimenta el deseo de que esa noche, una vez más, esté toda la familia en la casa y puedan cenar juntos. Y así hasta el día siguiente, todos y todas rompiéndose en el intento continuado de tener que fingir fortaleza cuando no la hay, de esconder el cansancio para seguir con la vida, de buscar la calma donde no existe y nutrir la esperanza de pertenecer, así sea por un instante como me escribió una alumna hace poco, a un lugar que no duela.



























