Xixón presume de cifras récord de turismo y festivales multitudinarios. ¿A quién no le va a gustar un plan de música en directo a dos pasos de San Lorenzo? Claro que el modelo de ocio se replica del mismo modo que lo hace el turbocapitalismo en cualquier resquicio de hedonismo consumista. La efervescencia de macrofestivales movidos por empresas gigantescas, algunos asociados al fondo sionista KKR, han ido desplazando en los últimos años a la cultura independiente —la que sostiene el tejido creativo, la que forma comunidad, la que crea identidad—.
“Sin escena no hay ciudad”, reflexiona Tono Permuy, de Toma 3 – Espacio Cultural. Permuy recuerda que Xixón siempre fue una ciudad musical, pero que esa identidad no se sostiene sola ni se alimenta únicamente de grandes nombres o festivales multitudinarios. “Se construye desde abajo, en espacios pequeños, en conciertos donde todavía se está aprendiendo, en noches donde el riesgo es mayor que la rentabilidad. Y ahí, hoy, estamos fallando”.
La caída de Siente Xixón
No son pocas las opiniones que apuntan a que la suspensión de Siente Xixón no fue simplemente una anécdota administrativa. Para Tono Permuy aquel programa permitía que bandas emergentes tocaran en condiciones viables —entrada libre, taquilla inversa, formatos flexibles— y ofrecía algo insustituible: escenario y público.
“La situación del ocio nocturno es un poco el reflejo de toda una estructura económica y social. Hay unos pocos apadrinados por poderes políticos y mediáticos, muy satisfechos con el estado actual de las cosas, y luego un clamor de descontento general sumido en una crispación constante”, explican Leticia Carrera Pérez y Daniel Menéndez Boto, aka Dani Tizón, promotores del sello Acordes Subterráneos. Para ellos, basta con abrir el periódico para entender cómo funciona el apoyo institucional. “Ves las mismas caras defendiendo los mismos proyectos, a veces con el mismo nombre y otras con otro distinto. Tienen un impacto económico real e inmediato, eso es innegable. Pero la cultura también puede crear otro tipo de riqueza: una sociedad cultivada y abierta genera bienestar y buena convivencia a largo plazo”, afirman estos agentes culturales.

A día de hoy podemos encontrar dos salas que programan con constancia, Albéniz y Acapulco, otras más pequeñas, Codigo 23 o el Meidinerz Jazz Club, y proyectos con apoyo institucional como Encaja2, que pelean por mantener la dinámica cultural. También viejas y nuevos locales de asociaciones que, como La Münster, Les Naves, Les Cigarreres, Paspartú o La Caja de Músicos, demuestran que desde lo colectivo se puede seguir avanzando, a pesar de las limitaciones existentes.
Pero se echa en falta una pieza central. “El salto entre un bar pequeño y un espacio mayor es, para muchos proyectos, económicamente inasumible. Sin escalones intermedios, las bandas no crecen: se quedan estancadas o desaparecen”, lamenta Tono Permuy.


“Las salas pequeñas son imprescindibles para el desarrollo de bandas locales, de una escena de DJs rica y de colectivos que organizan eventos. Pero necesitamos facilidades institucionales para que estos espacios sean accesibles. Tenemos locales para 80 o 100 personas y otros de 500 en adelante, pero faltan salas de 200 o 300. Son imprescindibles para bandas emergentes y para que las locales puedan crecer”, coincide Miguel Rodríguez aka Miguina Selektah, director de Ximiélgalo Radio Show y miembro de Radio Kras.
Desde Acordes Subterráneos señalan que el mayor obstáculo es la falta de locales con licencia para conciertos. “Los espacios que reúnen las condiciones necesarias son prácticamente nulos. Durante unos años existió Siente Xixón, pero cayó porque no tenía un recorrido legal sólido. Mucha gente invirtió en acondicionar sus negocios para nada”, recuerdan. “¿Por qué en esta ciudad es tan complicado montar un bolo para 100 o 150 personas? La situación es absurda”. Por eso reclaman que las instituciones no se limiten a explotar la ‘gallina de los huevos de oro’ del ocio masivo, sino que protejan la cultura independiente y la libertad creativa.

“No hay sitios para hacer eventos pequeños. Las salas que hay están masificadas o tienen problemas de permisos cada poco. Para una fiesta de 100 personas no tienes dónde ir. Para un concierto de 300, tienes que irte a una sala grande y pagar un sonido carísimo”, añaden desde el colectivo musical Ciares Soul Club.
“Las salas que hay están masificadas o tienen problemas de permisos cada poco. Para una fiesta de 100 personas no tienes dónde ir”
Tono Permuy tiene una solución en mente. “La ciudad dispondrá de un lugar idóneo: Tabacalera. Deberían habilitar un espacio modular, con equipamiento técnico público de sonido e iluminación, que abarate costes y facilite el acceso. Lo público debe intervenir allí donde el mercado no llega, especialmente cuando hablamos de cultura emergente y riesgo artístico”.

Miguina Selektah identifica un cambio evidente a raíz de la pandemia: “El mayor cambio es el horario. Se organizan más eventos matinales o de tardeo, que atraen a público de más de 30 años que ya no trasnocha tanto. Hay muchas iniciativas, tanto sin ánimo de lucro como de promotores profesionales. Quizás lo que falta es infraestructura donde realizarlas, apoyo institucional y más público joven”. Permuy coincide en que su generación sale menos, la juventud busca experiencias de festival y el entretenimiento digital compite con cualquier plan nocturno. Precisamente por eso, insiste, hace falta una política cultural valiente.
Dinámicas colaborativas desde abajo en un modelo de ciudad en disputa
A pesar de las dificultades, quedan focos de colaborativos como Asa People, Ciares Soul Club, Colectivo Bruxista, NC248Radio, HHopcast, Héroes ensin nome, Emerxentes… “Nos inspiran mucho ciertos proyectos asociativos que demuestran que mediante la unión se puede ganar terreno”, dicen desde Acordes Subterráneos.

Permuy recuerda que hace no mucho tiempo la oferta musical era tan amplia que Xixón parecía “el Austin del norte del país”. Eso no ocurrió por azar, sino por una combinación de espacios, iniciativa privada, riesgo compartido y complicidad institucional. Hoy, en cambio, el apoyo tiende a concentrarse en grandes eventos o propuestas de rentabilidad garantizada. Eso genera cifras, pero no crea tejido. Los agentes culturales de la ciudad no piden privilegios, sino condiciones mínimas para que la cultura de base exista sin miedo, sin ruina económica y sin depender de la excepcionalidad.
Mientras tanto, la escena sigue latiendo gracias a la insistencia de quienes creen que Xixón puede ser algo más que un escaparate estival, una ciudad con oferta cultural independiente todo el año.



























