En Asturias hay dos hombres que hablan una lengua que no pertenece a ningún país. “Saluton”, es como suelen saludarse. No es una extravagancia ni una rareza filológica. Es una decisión sostenida en el tiempo. Carlos Enrique Carleus Artime, profesor de Estadística en la Universidad de Oviedo, tiene 52 años. Faustino Castaño Vallina, jubilado, roza los 83. Entre ambos mantienen viva en Asturias una lengua nacida como utopía internacionalista: el esperanto.
En una comunidad donde, según calculan, apenas “unas decenas” lo practican activamente, el idioma sobrevive lejos de focos institucionales y sin apoyo oficial. “Siempre habrá necesidad de un idioma que simbolice lo universal”, afirma Carlos. “El inglés es el idioma de los ingleses y de su imperio. El esperanto surge con la idea de unir pueblos.”
Faustino remite a su fundador: “Zamenhof hablaba de la interna ideo —la ‘idea interna’ del esperanto—. No era solo una lengua fácil. Llevaba implícita la fraternidad, la comprensión entre culturas, el amor al prójimo.”
Una lengua nacida para no pertenecer a nadie
El creador del esperanto fue L. L. Zamenhof, médico judío nacido en Białystok en 1859, entonces parte del Imperio ruso. Publicó la lengua en 1887 bajo el seudónimo “Doktoro Esperanto” —“el que espera”—, nombre que acabaría designando al propio idioma.

Zamenhof no pretendía sustituir las lenguas nacionales. Su propuesta era una segunda lengua común, neutral, fácil de aprender, que facilitara la comunicación entre pueblos sin imponerse como identidad.
“Quizá valoró demasiado el conflicto lingüístico”, matiza Faustino. “Hoy vemos más claro que lo que divide a la gente no es solo el idioma, sino los intereses, la lucha de clases, el dominio.”
Cómo empezó todo: una feria y un curso en 1975
Carlos tenía doce años cuando lo descubrió en la Feria de Muestras de Gijón. En un puesto estaban Faustino y el ya fallecido Santiago Mulas vendiendo diccionarios y libros. “Me interesé allí mismo”, recuerda. Empezó de forma autodidacta.
Faustino había comenzado antes. En 1975, meses antes de la muerte de Franco, se apuntó a un curso en Gijón. Su motivación inicial era práctica: quería estudiar hebreo y pensó que el esperanto podría servirle para contactar con hablantes en Israel.
“Me sorprendió la enorme facilidad con la que se aprendía. Había estudiado francés, inglés, latín, griego… El hebreo lo estudié seis años y no lo domino. En cambio, en cuatro meses ya entendía lo que decían en esperanto y me podía expresar.” Desde entonces, el interés se convirtió en compromiso.
¿Cuántos son?
No existe un censo oficial, porque el esperanto no es lengua de ningún Estado y sus hablantes están dispersos por decenas de países. La Universala Esperanto-Asocio (UEA) —fundada en 1908 y con miembros en más de 120 Estados— actúa como principal organización internacional del movimiento, aunque no dispone de estadísticas exhaustivas sobre el total de hablantes.
Las estimaciones académicas más citadas sitúan el número de personas que hablan esperanto con distintos niveles de competencia entre cientos de miles y hasta uno o dos millones en todo el mundo.

El lingüista finlandés Jouko Lindstedt, en un cálculo ampliamente referido en estudios sobre el idioma, propuso una estimación orientativa por niveles: en torno a 1.000 hablantes nativos, unos 10.000 con dominio alto, cerca de 100.000 usuarios activos y hasta un millón con conocimiento funcional. Se trata, en cualquier caso, de aproximaciones, no de datos censales.
En España, la Federación Española de Esperanto agrupa asociaciones territoriales y organiza congresos estatales anuales. Las cifras de membresía directa son reducidas —varios centenares—, pero el propio movimiento sitúa en alrededor de un millar o algunos miles las personas que lo utilizan con cierta regularidad.
Cataluña y el País Vasco han concentrado históricamente mayor actividad organizativa. En Asturias, en cambio, la implantación es mínima. “Activos, unas decenas como mucho”, calcula Carlos.
Los restos de una asociación
En Asturias existe formalmente la Asociación Asturiana de Esperanto, registrada como entidad cultural en Gijón desde los años noventa. En los años setenta y ochenta llegó incluso a editar boletines periódicos bajo el nombre de Astura Esperanto Asocio.
En Asturias existe formalmente la Asociación Asturiana de Esperanto, registrada como entidad cultural en Gijón desde los años noventa
Hoy, como reconocen ellos mismos, son “los restos” de aquella estructura más viva. La asociación no ha desaparecido, pero funciona de manera residual. Y su principal presencia pública es digital. La página web la mantiene Faustino. Él mismo la actualiza y la sostiene como archivo, memoria y punto de contacto. Es una forma de continuidad discreta: la institución se ha reducido, pero no se ha extinguido.

Internet ha cambiado el ecosistema, aseguran. Hay menos reuniones presenciales y menos publicaciones en papel, pero más foros, redes sociales y traducciones de software libre. El movimiento es menos visible, tal vez, pero más disperso.
Esperanto, asturianu e identidad
En un territorio donde el asturianu sigue reclamando reconocimiento oficial, la pregunta es inevitable: ¿es el esperanto aliado o competidor?

Carlos lo ve como complemento. “Si todos compartimos un idioma internacional neutral, cada comunidad puede preservar el suyo sin presión imperial.” En teoría, el esperanto permitiría que el asturianu, el catalán o el euskera no tuvieran que elegir entre invisibilidad o subordinación a una lengua dominante. Pero la práctica es más compleja.
“Muchas lenguas minorizadas optan por el inglés antes que por el esperanto como herramienta internacional”, reconoce. En Cataluña o Euskadi, frente al español, el inglés funciona como lengua global de proyección. Aunque también admite que en territorios con fuerte conciencia lingüística propia puede haber proporcionalmente más sensibilidad hacia el esperantismo.
¿Tiene ideología el esperanto en 2026?
Faustino no duda: “A los poderes dominantes no les interesa que la gente conozca estas alternativas. Les interesa que el inglés sea el idioma internacional. Y punto.” Para él, la hegemonía lingüística forma parte de un sistema más amplio.

Carlos adopta un tono más pragmático. Mientras el inglés funcione y los traductores automáticos mejoren, el incentivo práctico para aprender esperanto será limitado. Pero introduce una variable geopolítica: “Si en el futuro hay choque de bloques o declive de hegemonías, quizá resurja la necesidad de algo verdaderamente neutral.”
Lengua pequeña, convicción persistente
Cuando conversan entre ellos alternan castellano y esperanto. No es pose, es práctica. Carlos llegó a enseñarlo a sus hijos; uno lo habla con fluidez junto al inglés. La transmisión es doméstica.
El esperanto en Asturias no es un movimiento masivo. Es una persistencia tranquila. Una forma de sostener una idea en tiempos poco propicios para las neutralidades.
Mientras el inglés domina y la tecnología traduce casi en tiempo real, dos asturianos siguen hablando una lengua creada hace más de un siglo con una ambición sencilla y radical: entenderse sin imponerse. Quizá esa sea su mayor rareza en 2026. Adiaŭ.



























